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Violeta

📚 Relato corto

La Violetita nació un domingo 18 de octubre, con el puño en alto, dispuesta a siempre hacer valer sus derechos.


Era un día de esos en que no sabes si salir con paraguas o terminarás tirándote un chapuzón a la piscina. Un clima impredecible, tal como es ella desde que era una semillita.


Con su mami mirábamos una de nuestras series favoritas en la habitación del hospital: “The Office”, y Michael Scott nos acompañó entre risas y pensamientos preocupantes (en una temprana etapa del embarazo supimos que este nuevo camino sería difícil e incierto, porque la bebé venía con trisomía 21, más conocida como síndrome de Down).


La Cari no estuvo ni 10 minutos sentada en la pelota de parto; bastaron un par de contracciones más y ¡puf! No sabía si se había hecho pipí de la risa o había roto bolsa. Evidentemente, era la segunda opción.


No me sorprendí cuando después la matrona me dijo: «¡Qué valiente es tu señora, no me pidió analgésico y ya tenía 5 cm de dilatación!». Tampoco me sorprendió que en menos de 30 minutos la Viole ya estuviera naciendo y la Cari no alcanzara ni a recibir la epidural. Una grande la Cari, como pocas mujeres existen y con una fortaleza de otro mundo.


Y para sumar a lo anecdótico, ahí, en pleno clímax del parto, me suena el celular a todo volumen. En mi mente peleaba con los ejecutivos de Movistar que me llaman permanentemente para portarme a su compañía, siendo que ya soy cliente de ellos. Pero no eran ellos, era mi amigo Pablo, que no encontró mejor momento para llamar insistentemente.


A las 18:16, entre los gritos de la Cari y las llamadas de Pablo, nació la pequeña y esperada Viole, pesó 2.486 kg y midió 48 cm. Era hermosa, con sus ojitos achinados y su cuerpecito de color violeta, haciendo honor a su nombre (tomó el color normal a los minutos).


Luego de la limpieza que le hacían a la Cari y que yo obviamente evitaba mirar, la dejaron en puerperio para esperar juntos a nuestra bebé.


Fueron horas de muchísimo amor. Nos turnábamos para tomar en brazos a la pequeña, nos alegramos por la rapidez con que aprendió a succionar leche y todo era felicidad, hasta que, la mañana siguiente, nos dijeron que se la llevaban a la UCI para una posible operación por un problema complejo en su sistema digestivo. Creo que el dicho «Me cayó como un balde de agua fría» no es ni comparable a lo que realmente se siente cuando te dan ese tipo de noticias; más que eso, sentí que se me caía el mundo. Por más que uno trata de ser optimista, la mente se llena de pensamientos de todo tipo; las imágenes de nuestras otras hijas (Dani, Adela y Cata) jugando y regaloneando a Violetita se volvían difusas y lejanas, pero, aun así, nos conteníamos uno a uno con la Cari y, haciendo tripas corazón, me fui con la Violetita al Calvo Mackenna porque la Cari tenía que esperar el alta del día siguiente.


En la sala de espera de la UCI y con actividades paranormales incluidas, que les puedo contar en otra oportunidad, pasé la madrugada pensando y cuestionando a la vida. ¿Por qué tiene que ser tan dura a veces? ¿Por qué un ser tan indefenso tiene que pasar por estas dificultosas e injustas situaciones? No hay respuesta que convenza y, al final, uno termina culpándose y cuestionándose, o por lo menos eso me pasa a mí.


En fin, como aquí la protagonista es otra, les sigo relatando esta odisea.


El día 3, la Violetita tuvo su primera cirugía, y para qué explicar el torbellino de emociones que teníamos con la Cari. La familia y amigos estuvieron muy presentes, y es algo realmente necesario cuando pasan estas cosas. Soy un convencido de que las personas necesitamos de una palabra o un abrazo, por más fuertes que pretendamos ser.


Ese día, por más que la Cari trató de acelerar su alta voluntaria, no alcanzó a llegar antes de la operación. La Viole entró a pabellón y pude acompañarla hasta que la anestesiaron. No puedo olvidar sus ojitos mirándome fijo, hasta que pronto se cerraron y la dejé en manos de los médicos y también de Dios (o la vida, o el Sol, la energía o en lo que sea que crean ustedes).


Después de aproximadamente tres horas de incertidumbre y angustia, nos avisaron que todo había salido bien y la Violetita ya estaba recuperándose en la UCI. Claramente, la Cari entraría primero a llenarla de besos y arruruchos. Y así estuvimos todo el día, la noche y el siguiente día, llenándola de amor y regaloneos, felices porque todo marchaba bien. Pero la felicidad es momentánea, como digo yo, y, por otro lado, hay veces que la vida pareciera ensañarse con uno y pisarte las manos como Scar a Mufasa. El día 5 nos dicen que se la llevan a pabellón urgente porque hay que corregir la colostomía y entra a su segunda operación en su corta y acontecida vida.


¡Ya basta! Me gustaría gritar, ¿y por qué no llorar también? Pero no queda de otra más que nuevamente buscar la tranquilidad y la esperanza; al final, no por nada es el sentimiento que nos regalaron en la caja de Pandora.


«Resultó bien la operación», nos dice el cirujano, y el alma nos vuelve al cuerpo de nuevo.


La acompañamos durante el día, y ella nos acompaña a nosotros en nuestro dolor, haciendo sus pequeñas gracias, como agarrarnos el dedo, abrirnos los ojitos o chupar su chupete, cosas que parecieran simples, pero para nosotros son inefables y reconfortantes.


Hoy domingo cumple su primera semana, ha estado estable, se alimenta bien y sus hermanas mayores, Dani y Adela, pudieron verla, mientras Catita espera con ansias poder conocerla.


Así comienza la historia de Violeta, con penas y alegrías, con llantos y risas; mas, como leí en algún lugar: «Las dificultades preparan a personas comunes para destinos extraordinarios», aunque Violetita no tiene nada de común, pero sí mucho de extraordinaria.

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Comentarios (1)

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D

dr.zosimo.maravi

• 11 horas, 23 minutos

Muy emotiva historia de vida amigo. Solo desearte mucha fuerza en estos momentos. Todo es momentáneo… muy pronto las cosas mejorarán y recordarás esta etapa como una gran prueba de la vida para ustedes. Eres fuerte y una buena persona. Violetita tendrá una vida feliz junto a ustedes. Un abrazo

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