Peñasco de los hombros,
elevándote en el viento,
acompáñame sonriente.
No dejes que el rocío de la pena
humedezca mi rostro.
Permite que la espada de la boca
exprese sus deseos.
Que el fuego en mi pecho
latente, sin resignación,
encuentre valentía,
abra nuevos rumbos,
como un susurro de luz en la oscuridad,
hasta cubrir el manto infinito de los sueños.
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