Removiendo cosas encontré una foto mía.
Aún me veía vivo en ella.
Ignoraba lo que vendría el día después.
…
Quizás tendría que romperla,
pero eso no me haría olvidar
lo que hoy quiero borrar.
Como si fuera fácil
borrar… ¿no?
Podría
descargar lo sucedido tras esa foto
en un escrito todo, pero solo sería
alivio de un momento.
Señalar un culpable,
poner una excusa,
intentar responder
el porqué.
¿Alguna vez te sentiste
preso de un momento?
…
Primero pensé que dejar pasar
el tiempo lo arreglaría.
Luego cedí a lo que me decían,
diciéndome: quizá tienen razón.
Pensé y repensé todo,
pero nada servía.
Mientras tanto,
una solución crecía escondida
mientras intentaba ser funcional.
La negaba al principio,
pero se fue acomodando…
poco a poco.
Cuando la acepté,
el alivio fue instantáneo.
Fue raro.
Nada pasaba por mi cabeza.
Despejada, como el cielo de la tarde.
Con todo listo,
eche un último vistazo:
todo iba a quedar
inerte dentro de un momento.
Una carta esperando ser leída,
los mensajes que ya no
tendrían destinatario.
La paz de ese momento
no se puede describir.
Todo terminaría esa tarde.
La viga era fuerte,
de hierro, capaz de soportar
el peso de todo lo que cargaba.
La cuerda, gruesa,
pero por las dudas
la puse doble.
Algo curioso:
nunca supe cómo hacer un lazo
y quizás por instinto
salió como si siempre los hubiera hecho.
…
Miré el celular.
Por alguna razón,
ese día muchos me habían escrito.
Ninguno fue leído
ni contestado.
Llegó el momento, ¿no?
Me pregunté a mí mismo.
Trepe en un viejo soporte
de un torno.
Ajusté todo,
tiré de la cuerda con bastante fuerza.
Sin dudas,
aguantaría.
La presión del lazo
fue gratificante al apretarlo.
Recuerdo cómo,
al dejarme caer,
mientras el peso de mi cuerpo
hacía que la cuerda apretara.
Mi perra me miraba,
sentada en el marco de la puerta.
En todo el día
no se había despegado de mí.
Ese día.
En ese momento,
la razón volvió.
No quería esto.
¿Qué estaba haciendo?
Entre el balanceo,
aún no recuerdo cómo logré zafar de eso.
Solo recuerdo que,
al estar de pie,
ya sin la soga al cuello,
todo lo que no me había molestado
ese día volvió de golpe:
angustia, dolor,
culpa, arrepentimiento.
Caí al suelo,
ya sin fuerzas para mantenerme en pie,
mientras miraba los mensajes
y el llanto no paraba.
Ella se movió
sin desviarme la mirada.
Mi perra se acercó
y, dejando escapar un resoplo,
se recostó a mi lado.
Raro.
Pero fue ella la que me hizo desistir.
la que me salvó la vida.
Comentarios (0)
Inicia sesión para dejar un comentario
Iniciar sesiónNo hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!