Pesadilla al atardecer
sonsi85
CAPÍTULO 1:
Era una noche calurosa de verano. Con la taza en la mano se acercó a la ventana, intentando respirar algo de brisa, pero el calor era tan asfixiante, que no pudo sentir nada de aire en su cara.
Miró el líquido que contenía aquella taza, su favorita, no porque fuera muy bonita, sino porque había sido un regalo de alguien muy importante para ella, y con eso la bastaba. En su interior, la infusión que le ayudaba a conciliar el sueño cada noche, humeaba sin parar. La dio mucha pereza tomarse aquel líquido tan caliente, con la temperatura exterior que imperaba en el ambiente, así que decidió ir a la cocina y añadir un hielo al humeante líquido, con lo que consiguió que fuera más apetecible de tomar.
Aún así, decidió beberlo a sorbitos, como a ella le gustaba, mientras volvía a aquella ventana, a observar lo que había a su alrededor. Hacía tiempo que había decidido mudarse a aquella casa tranquila a las afueras, rodeada de vegetación, de árboles, y con el sonido del agua del río, que era lo que a ella más la gustaba. Desde allí se divisaban unas maravillosas puestas de sol, de esas que ella siempre contemplaba y fotografiaba.
La tranquilidad de aquella casa la relajaba mucho y la hacía olvidar todo lo vivido tiempo atrás, cuando su vida cambió para siempre, por eso, había decidido dejar atrás todo aquello y empezar de nuevo en ese lugar, lejos de todo y de todos.
Mientras estaba absorta en sus pensamientos, escuchó un ruido, pensó que tal vez sería un animal, pero aún así, el miedo se apoderó de ella y cogió un cuchillo, el más afilado que guardaba en el cajón de la cocina. Con él de la mano se acercó lentamente a la puerta de la casa y, muy despacio, sujetó el manillar con intención de abrir la puerta.
No la dio tiempo ni a sujetar el pomo de la puerta, al otro lado se oyó el girar de la llave, se asustó, levantó el cuchillo, pero se paró cuando escuchó una voz que no la resultaba del todo desconocida:
- ¡Cuidado, querida, casi me asesinas! Si llego a saber que venir a comprobar que estás bien me cuesta la vida no lo hago_ contestó un alto y apuesto hombre al otro lado de la puerta.
_ Ella permaneció allí, inmóvil, lo había olvidado, antes de irse le había dejado la llave a su incombustible y fiel amigo Pablo, ese, que siempre había estado allí y nunca la había fallado. Aún con el susto en el cuerpo, bajó el cuchillo y acercándose a su amigo le dijo:
- Perdóname, cariño, tú mejor que nadie sabes que tengo motivos para ser una desconfiada. Había olvidado que te dejé las llaves de mi casa para que pudieras venir cuando quisieras. Pasa y ponte cómodo.
_ Anne cerró la puerta y acompañó a su visita al salón, donde le hizo sentarse en aquel sofá que ella misma había elegido, sencillo, pero cómodo a la vez, de aspecto rústico que hacía juego con el paisaje que envolvía los alrededores de la casa.
_ Tras ofrecerle una copa, que él aceptó encantado, se sentó a su lado. Anne siempre se sentía segura al lado de Pablo. Ambos podrían haber sido grandes amantes, pero lo suyo no habría funcionado, así que se convirtieron en los mejores amigos y confidentes. Si Anne hubiera hecho caso a su amigo antes...nada de lo que la sucedió habría ocurrido, pero al final era tan orgullosa, que se dejaba llevar por su cabezonería.
Después de dar un suculento trago de aquella copa de ginebra, que Anne sabía que tanto le gustaba a su amigo, Pablo se decidió a preguntar a su amiga:
- ¿Y qué tal te va todo? Veo que no necesitas nada, por el momento te noto bien aquí.
- Estoy muy bien. Era lo que necesitaba para escapar de...aquello- dijo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, su amigo, pasó su dedo meñique por sus ojos y se los limpió, mientras decía con cariño:
- - No te preocupes. No retrocedas en el tiempo. Aquello pasó, y ahora estás aquí, a salvo, para empezar una nueva vida.
Anne se acurrucó junto a su amigo, aún sollozando y, abrazada a él, se quedó dormida.
No tardó en volver a otros tiempos, como cada noche hacía, solo que está vez se sentía más segura, abrazada a Pablo, y les recordaba a ambos, tan solo 10 años atrás, paseando por la playa del Sardinero, su favorita de Santander.
Se conocían desde pequeños, se habían criado en el mismo barrio, prácticamente eran vecinos, y sí, Pablo estaba secretamente enamorado de ella, aunque nunca se atrevía a confesárselo. Ella, que hasta hace un tiempo solo lo veía como un gran amigo, estaba empezando a ver en él algo más. Pablo, como siempre iba bromeando, mientras la miraba sin parar. Esos ojos verdes le impactaban desde siempre. A ella la pasaba lo mismo con los ojos azules de él, aunque no quisiera reconocerlo.
De repente, Anne echó a correr, bromeando, con su vestido blanco vaporoso, y fue hacia el agua. Poco a poco se fue sumergiendo en ella. Detrás de ella, Pablo empezó a correr y llegó hacia donde ella estaba. Juntos jugaron en el agua, hasta la puesta de sol y volvieron hacia su barrio, riendo, como siempre hacían cuando estaban juntos.
Tras despedirse de Pablo, Anne se dirigió hacia su casa, estaba apenas dos calles más arriba que la de Pablo. Siempre Pablo la acompañaba hasta la mitad del camino y luego se despedía de ella en la distancia. Ella le lanzaba un beso y después dirigía sus pasos alegremente hacia su casa.
Pero aquella noche, mientras buscaba las llaves para meterlas en la cerradura del portal, alguien llamó su atención. Se asomó para ver de quién se trataba y se sorprendió al ver a un hombre, un poco más mayor que ella, pero no mucho, situado justo enfrente de ella, observándola:
- Buenas noches, señorita, creo que me he perdido.
- En Santander es fácil perderse, aunque depende de donde quiera llegar yo podré ayudarle.
- Pues verá, soy turista, he venido a pasar unos días en la ciudad y la verdad estaba buscando un sitio donde tomarme algo. He tenido un día muy largo de viaje y me gustaría descansar tomándome una copa antes de irme a dormir.
_ Anne le miró extrañada:
- ¿Viene usted a Santander sin informarse antes de lo que hay que ver o hacer, o dónde puede usted comer o tomar una copa?
- En realidad he venido a lo que vienen todos: Playa, paseos, tranquilidad...ya sabe. Conozco la zona de la playa y poco más.
- ¡Pero Santander es mucho más que la playa! Tiene muchos lugares y tesoros por descubrir.
- Me encantaría hacerlo, pero si voy solo, me puedo perder, soy un desastre. ¿Le importaría acompañarme y enseñarme la ciudad?
- Puedes tutearme y no sé si es una buena idea. Acabo de venir de dar un paseo y me disponía a llegar a casa. Si tardo me echarán de menos y se preocuparán.
- Bueno, pues déjame tu teléfono y si quieres, ya me enseñarás la ciudad otro día.
La propuesta de aquel chico la pareció apetecible, así que al final aceptó, guardó las llaves en el bolso y, sin dudarlo, se dispuso a acompañar a aquel apuesto hombre, que aunque parecía algo alocado, tenía cierto atractivo. Alto, moreno, con unos ojos marrones profundos y una simpatía que fue lo que más llamaron la atención de Anne. Enseguida él la cogió del brazo y la dijo:
- Bien, señorita, enséñame la ciudad. Por cierto, me llamo Santi.
- Yo soy Anne. Encantada de conocerte. Y, ¿Tienes pensado pasar mucho tiempo aquí?
- Pues depende. En principio he venido por una semana. Pero soy artista, concretamente pintor, y si el lugar me gusta, tal vez venga para pasar largas temporadas.
Anne lo miró: ¡un pintor! Aquel detalle la asombraba y sorprendía aún más de él. Como hechizada por aquel hombre, se agarró fuerte a su brazo y le guió por la ciudad.
Pronto llegaron al Puerto de Santander, y contemplaron los barcos allí parados. A Santi le pareció una zona maravillosa. Después recorrieron los jardines Pereda, que de noche tenían un encanto especial, y por último, decidieron tomar algo en Cañadío. Tras varios vinos y algunas raciones de calamares, mejillones, anchoas y otros productos de la zona, ambos acabaron paseando por la Plaza del ayuntamiento a altas horas de la madrugada.
Anne estaba tan inmersa en aquella cita con ese desconocido que olvidó que no había dicho nada en casa. Así que pronto su teléfono móvil sonó. Su padre, estaba preocupado por ella. Hacía poco que la madre de Anne había fallecido, y su padre no se había acostumbrado a la soledad y a estar sin ella, ahora mismo su hija y su fiel gato Zarpas, eran su mejor compañía, por eso, aunque sabía que su hija solía salir a pasear, a la playa o a tomar algo con su amigo Pablo, siempre avisaba si se retrasaba y esta vez estaba tardando demasiado en volver, así que decidió llamarla.
Anne escuchó el teléfono y, al mirarlo y ver que era su padre, se giró hacia aquel hombre y le dijo:
- Me tengo que ir. Lo hemos pasado tan bien que se me ha hecho tarde. Espero que hayas disfrutado de los encantos de la ciudad.
- Si, por supuesto, ahora sé que Santander es algo más que playa y casas burguesas.
- Otro día tienes que ir hasta el faro de Cabo Mayor, desde allí se ve una de las mejores puestas de sol de la ciudad.
- ¿Y por qué no me acompañas? – dijo él dirigiéndola una mirada que no permitía rechazar la propuesta.
- Tal vez, si tu estancia no es muy corta, o vuelves por aquí, podré acompañarte –dijo mientras él no paraba de mirarla a sus intensos ojos azules.
- En principio me quedaré una semana- dijo mientras cogía una servilleta de uno de los bares de la plaza y anotaba en él un número- Este es mi número de teléfono, me gustaría que volviéramos a vernos.
Anne lo miró y cogió aquella servilleta, que guardó con cuidado en el bolso. Después llamó a un taxi para ir a su casa, que no quedaba muy lejos de allí, pero era algo tarde. Santi decidió dar un último paseo por su cuenta y se despidió de ella lanzándola un beso desde la distancia:
- ¡Espero tu llamada!
Ella se quedó mirándole mientras se montaba en el taxi y en el trayecto hacia su casa iba en completo silencio, pensando en aquel hombre que la había hecho olvidarse de que el mundo existía a su alrededor.
CAPÍTULO 2:
Aquella noche no durmió nada. El recuerdo de su encuentro con Santi la desveló. Aquel hombre y su alocada simpatía habían calado fuerte en ella, y sentía una atracción hacía él que no lograba apartar de su pensamiento.
Al día siguiente, Anne sintió la necesidad de hablar con aquel apuesto hombre, y por eso, tras dar los Buenos días a su padre con un tierno beso, decidió llamarle. Al otro lado del teléfono, Santi se puso muy contento al escuchar su voz:
- ¡ Ey, señorita Anne, no pensé que tardarías tan poco en llamar.
- Hace mucho que no voy al faro del Cabo Mayor y me apetece ir hoy. ¿Te parece que quedemos sobre las 7? Te recojo en tu hotel.
- Está bien, aquí te espero. Me pondré mis mejores galas.
- No es necesario, yo llevaré lo primero que encuentre- era mentira, pues ella misma sabía que tardaría un buen rato en decidir qué ponerse.
_ Su padre, que se encontraba desayunando en la pequeña mesa del salón, la miró algo sorprendido:
- ¿Con quién hablabas?
- Nada, eran unos clientes. Quieren que les haga unos arreglos en el vestido que compraron. Así que me voy corriendo a la tienda- dijo mientras cogía una galleta y se la comía a toda velocidad, marchándose sin apenas desayunar. Su padre la miró enfadado y la regañó:
- - ¡Pero hija! ¡No te vayas sin desayunar! ¡Vas a caer enferma!.
- Me llevo algo de fruta- respondió.
A continuación, cerró la puerta tras de sí y se dirigió a su trabajo. La tienda en la que trabajaba, que vendía ropa hecha a medida no estaba muy lejos de su casa, así que podía permitirse el lujo de ir andando, ya que la gustaba pasear por su barrio y por su ciudad. Durante el camino no podía parar de pensar en Santi y en su encuentro la noche anterior. Tan ensimismada iba, que no vio que su amigo Pablo estaba pasando justo por enfrente de ella:
- ¿Tan dormida vas que no eres capaz de ver a los amigos?
- Pablo, disculpa, no he tenido una buena noche...
- ¿En serio? ¿Qué te ha ocurrido? ¿Puedo ayudarte en algo?
- No te preocupes. Algo debió sentarme mal anoche y he estado toda la noche con dolor de estómago.
- Vaya...te sientan mal los chapuzones en el mar acompañados de ahogadillas.
- Puede ser. Oye, si me disculpas, llego tarde al trabajo y me estarán esperando.
- Claro. ¿Nos vemos esta tarde? Me gustaría ir a tomar algo a Cañadío. Hace mucho que no voy por allí.
- Yo también hace tiempo que no voy -dijo mientras recordaba la noche anterior en los bares de Cañadío con Santi.
- Pues entonces, ¿qué te parece quedar sobre las 7?
Anne sabía que no iba a poder. Había quedado con Santi. Así que, muy en contra de lo que la gustaba hacer, mintió a su amigo:
- Esta tarde no voy a poder. Prometí a mi padre pasar la tarde con él. Ya sabes que desde que murió mi madre intentamos pasar ratos juntos.
- Lo sé, no te preocupes. ¿Quieres que os haga compañía? –preguntó Pablo viendo que esa tarde no podría disfrutar de esos ojos verdes que tanto le gustaban.
- No es necesario. Prefiero que disfrutemos el uno del otro- dijo mordiéndose la lengua, pues se sentía fatal por mentir.
- Está bien, como quieras, pero de mañana no pasa ir a Cañadío.
- Si, no te preocupes, mañana será otro día.
Ambos se despidieron y Anne se dirigió a su trabajo, aunque durante toda la mañana no paró de pensar en Santi, en su propuesta de ir juntos al Cabo Mayor y también lo sintió mucho por Pablo, por estar mintiéndole.
Aquella tarde, Anne empezó a arreglarse bien temprano. Estuvo más de media hora decidiendo qué ropa ponerse para su encuentro con Santi. Tras elegir un vestido azul con estampado de flores y unas sandalias plateadas atadas al tobillo, se maquilló discretamente y bajó hacia el garaje para coger el coche y recoger a Santi en su hotel. Iba nerviosa y ensimismada, pensando en lo bien que habían estado juntos la noche anterior, pero también la invadía un halo de tristeza al pensar en Pablo, su fiel amigo, al que había dejado plantado. Esperaba no arrepentirse.
Cuando llegó al hotel, llamó a Santi para decirle que le esperaba abajo, pero aún tardó un rato en bajar. Mientras ella daba paseos de un lado al otro de la calle. Al poco rato escuchó que alguien se acercaba a ella:
- ¡Estás más guapa que ayer!
Anne se dio la vuelta y se quedó atónita mirando al hombre que tenía delante. Se había puesto unos pantalones blancos con una camisa del mismo color, pero que dejaba su pecho al descubierto. Además, la luz del sol que lucía en aquel momento en Santander hizo que sus ojos se tornaran de un marrón aún mucho más bonito y que resaltaba su tez bronceada. Aún observándole, se decidió a hablar:
- Tú tampoco estás nada mal.
- No tanto como tú, que hoy tienes un rostro más brillante que ayer.
_ Anne se sonrojó y, haciendo ademán de que montase en el coche le dijo:
- ¿Nos vamos? Yo ya estoy preparada.
Santi la lanzó una mirada traviesa, mientras decía:
- Cuando quieras. Yo hoy me dejo guiar por ti.
Anne guió a Santi hacia donde tenía aparcado el coche y le invitó a subirse. A continuación, arrancó el coche y lo dirigió hacia el faro del Cabo Mayor.
Por el camino, Santi iba admirando la manera de conducir de Anne, que iba muy concentrada al volante:
- Créeme que nunca había estado con una chica que condujera tan bien como tú. Vas muy segura al volante.
- ¡No seas exagerado! Es la ciudad, por aquí por Santander se conduce bien.
- Ahí te voy a dar la razón. En Madrid no hay quién conduzca, es un horror.
- Nunca he conducido por Madrid. Siempre que he ido, lo he hecho en tren y he utilizado el transporte público, pero hay tanto tráfico, y tanta gente que, sí, no tiene que ser nada fácil la conducción en la capital.
Justo cuando acabó esta frase llegaron hasta el faro del Cabo Mayor. Había mucha gente, así que el camino hacia el mismo estaba lleno de coches. Pero Anne conocía bastante bien el lugar, por lo que pronto encontró un sitio donde aparcar. A continuación, ambos se bajaron del coche.
Justo al pisar el suelo estaba atardeciendo, así que se fueron directos a la explanada desde la que se podía contemplar mejor la puesta de sol, justo al lado del bar.
Anne disfrutaba tanto de las puestas de sol que no dudó en inmortalizarlas con su móvil, mientras Santi admiraba el encanto del lugar.
Pronto empezó a refrescar y Santi se apresuró a cubrir a Anne con su chaqueta, detalle que la chica agradeció. Después dieron un paseo por los alrededores y decidieron cenar en el bar, que tenía una terraza increíble con vistas al mar.
Después de cenar, optaron por tomarse una copa, aunque Anne la pidió poco cargada, puesto que tenía que conducir de vuelta.
Estaban tan ensimismados y disfrutando de su mutua compañía que se les hizo tarde. Anne miró el reloj:
- He de irme, o se preocuparán por mí.
- Pero ¿tú que eres? ¿Una Cenicienta o algo así, que tienes que llegar a casa antes de las 12?
- Ya son cerca de la 1 y mañana tengo que ir a trabajar.
- Es verdad, es lo que tiene estar de vacaciones, que no eres consciente de que los demás tienen que trabajar. Vámonos entonces.
Tras pedir la cuenta y pagar al camarero, ambos se dirigieron al lugar donde tenían aparcado el coche:
- He disfrutado mucho de esta noche- dijo Santi- gracias por enseñarme el lugar.
- De nada. Es uno de mis lugares favoritos y, siempre que puedo, me escapo a ver la puesta de sol. A Pa...a un amigo mío le encanta venir (dijo antes de pronunciar el nombre de Pablo, que sus labios no querían decir porque era consciente de que no se había portado bien con él)
- - No me extraña que os guste tanto, es una maravilla de lugar, de los que transmiten paz. Y estar aquí, en este lugar y contigo ha sido algo mágico- dijo mientras se acercaba a ella y la acariciaba la cara.
- A mí también me la transmite. Es uno de los mejores lugares para desconectar y olvidarse de todo.
- ¿Te olvidarás de este día y de mí?
- No lo creo, hay momentos y personas que son difíciles de olvidar- dijo mientras le contemplaba con sus intensos ojos verdes.
Él se acercó lentamente a ella y la besó. Ella quiso apartarse, pero estaba invadida por una extraña magia que la impedía alejarse de él. Parecía como si aquel hombre ejerciera un fuerte poder de atracción sobre ella, como un imán.
Cuando montaron en el coche siguieron con los besos, hasta que ella decidió arrancar antes de que se hiciera más tarde, en dirección al hotel donde se alojaba Santi. Una vez llegó allí, y tras bajarse, Santi abrió la puerta del coche y se despidió diciendo:
- ¿Volveremos a vernos?
- Quién sabe. Todo depende de lo que el destino tenga preparado para nosotros.
- Bueno, pues entonces no me despido, tal vez nos volvamos a ver antes de que me vaya.
Anne arrancó el coche, no quería preocupar a su padre, y más si a éste se le ocurría llamar a Pablo. No hacía más que pensar en su amigo y en la manera en que le había mentido, pero, por otro lado estaba como en una nube recordando aquella tarde con Santi y los besos que ambos habían compartido.
CAPÍTULO 3:
_ En ese momento Anne se despertó y sonrió al ver que su amigo Pablo seguía allí, después de que ella recordara todo esto:
- ¿Estás bien? – preguntó su amigo mientras la acariciaba la mejilla.
- Sí, he tenido un mal sueño, pero ya se pasó.
- ¿Estás segura? Mira que si quieres me quedo aquí contigo a pasar la noche.
- No. Vete a tu casa. Tu mujer te estará esperando.
- Bueno, mi mujer sabe lo importante que eres en mi vida y si la digo que te he venido a visitar se quedará tranquila.
- Como quieras, pero estoy bien, de verdad, me vienen bien estos pequeños ratillos de sueño que tengo.
- Pues entonces sí que me voy a ir, así duermes más tranquila.
- Está bien, como tú quieras.
- Pero volveré otro día. ¡No te libras de mí tan fácilmente!
- Lo sé, y agradezco mucho seguir contando contigo después de...
_ Pablo la interrumpió, no quería que su amiga siguiera sintiéndose en deuda con él después de todo lo que pasó:
- Después de nada. El pasado, pasado está. Cuídate mucho y, si necesitas algo...ya sabes dónde estoy.
- Muchas gracias por ser mi ángel de la guarda.
- Cuídate mucho- dijo mientras abría la puerta para marcharse del lugar. Después, la abrazó
_ Una vez su amigo se hubo marchado, Anne recogió los vasos que ambos habían estado utilizando y su taza y los fregó. Después, volvió al sofá y se arropó con la manta, mientras volvió a quedarse dormida y a remontarse tiempo atrás...
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_ Habían pasado varios meses desde su encuentro con Santi y no había vuelto a saber nada de él. Suponía que había vuelto a Madrid, a su taller de pintura. Mientras, ella estaba inmersa en la confección de algunos trajes para una importante boda que se celebraría en la ciudad. Así que este trabajo ocupaba parte de su tiempo.
_ Desde que conoció a Santi, su relación con Pablo había cambiado. Ella se sentía tan culpable por haberle mentido, que muchas veces era incapaz de mirarle a los ojos. Él sospechaba que algo le pasaba a su amiga, pero creía que era la presión por el trabajo acumulado.
_ Esa tarde, como tantas otras, habían decidido ir a pasear por la playa. Esta vez habían elegido ir a la del camello, que era más pequeña y tranquila que la del Sardinero. Mientras andaban por la orilla de la playa, Anne estaba muy pensativa. No podía quitarse a Santi de la cabeza. Su amigo notó enseguida que algo la estaba haciendo dar vueltas en esa cabeza suya:
- A ver, cuéntame lo que te pasa, porque esta no es la Anne que conocí.
- No me pasa nada, en serio, tengo mucho trabajo y eso es lo que me hace estar así, quiero que todo esté perfecto para ese día.
- Y lo estará. Con tu talento y tu tesón estoy seguro que las invitadas a la boda estarán radiantes y que toda la ciudad hablará de ellas.
- No me seas exagerado, que lo que yo hago es más bien normalito y surge de un patrón que la mayoría de las veces no es mío.
- Ya, pero aún así, tú tienes mucho mérito, así que no te lo quites.
Anne miró a su amigo. Tenía tanta suerte con él, que sentía que no le merecía.
Después ambos siguieron su camino, en silencio, como en los últimos meses. Parecía que, de repente ninguno de los dos tenía nada que decirse.
Y continuaron así, hasta que, en un momento dado, escucharon unos pasos detrás de ellos, Anne se giró, y se quedó de piedra al reconocer a Santi en el hombre que venía justo detrás de ellos, tan sorprendida estaba que no pudo articular palabra y fue él quien habló:
- ¿Qué pasa, Anne, tan pronto has olvidado a los amigos?
_ Incapaz de reaccionar, Anne seguía mirándole, mientras Pablo, sorprendido, no sabía cómo comportarse ante aquel hombre que parecía conocer muy bien a su amiga. Decidió ser él quién rompiera el hielo:
- Oye, Anne, ¿no me vas a presentar a tu amigo?
_ Ella salió del ensimismamiento que tenía y decidió presentar a ambos hombres:
- Si, perdón. Él es Santi, un amigo al que conocí este verano.
- Encantado- respondió Pablo tendiendo la mano.
_ Y Santi, este es Pablo, mi mejor amigo desde que tengo uso de razón.
- Pues es muy afortunado de poder conocerte desde hace tantos años- Santi le estrechó la mano a Pablo.
_ Desde el primer momento, Pablo vio algo raro en la mirada de Santi, pero pensó que solo era una impresión suya y no dijo nada.
_ Anne, recuperándose del shock, se atrevió a preguntar:
- ¿Y qué te trae de nuevo por aquí? Te hacía en Madrid.
- Y de Madrid vengo, pero desde que estuve la otra vez aquí llevo pensando que esta es una bonita ciudad para pintar grandes obras, que es un sitio tranquilo, con mar y preciosos atardeceres. Así que he decidido instalarme aquí para poder retratar todo esto que la ciudad me ofrece.
- ¿Instalarte? Preguntó Anne sorprendida.
- Si, solo durante algún tiempo, hasta que haya encontrado el cuadro perfecto que refleje la belleza de este lugar.
- ¿Y dónde te alojarás?- preguntó Pablo curioso.
- He alquilado un estudio no muy lejos de aquí, una buhardilla, más concretamente, desde la que se divisa el mar. Un bonito refugio para un pintor.
- Bueno, pues si necesitas algo, dínoslo. Los amigos de Anne, son también mis amigos.
Anne no pudo evitar sentirse fatal al recordar lo mal que se había portado con Pablo cuando conoció a Santi. En ese momento la mirada de Santi se cruzó con la suya, y ella no pudo evitar ruborizarse y bajar la cabeza.
- El Viernes doy una fiesta de bienvenida en mi buhardilla. Me encantaría que vinierais.
- Pues es que el Viernes justo habíamos quedado para cenar. ¿Verdad, Pablo?- preguntó esperando que su amigo acudiera en su rescate.
- Cierto, pero podemos ir a conocer tu buhardilla cualquier tarde de estas.
- Y yo estaré encantado de recibiros allí. Y ahora sigo mi paseo. No os molesto más. Os doy la dirección de la buhardilla por si os animáis a visitarme.
Santi se alejó, acercándose hacia las escaleras de salida de la playa. Mientras, Pablo y Anne siguieron su paseo. Pablo tenía muchas preguntas, pero no sabía si obtendría respuestas:
- ¿Cuándo has conocido a este chico tan extraño?
- Lo conocí hace unos meses. Una de las noches después de nuestro paseo. De repente apareció en mi portal diciéndome que se había perdido.
- Y tú le ayudaste a encontrarse...
- Le llevé hasta Cañadío, quería saber acerca de la zona de aquí en la que poder tomar algo y me ofrecí a acompañarle.
- Vaya... ¡pues sí que te tomas tú confianza con las personas que acabas de conocer!....- dijo Pablo con un atisbo de celos en sus palabras.
- Solo quise ser amable con una persona que había llegado nueva a la ciudad.
- Si tuviéramos que ser amables con todos los turistas que aparecen por aquí...- comentó Pablo, con un tono que molestó a Anne.
- Mira, tampoco tengo que darte explicaciones de con quién hablo o dejo de hablar, eres mi mejor amigo, no mi pareja como para tener que darte explicaciones de todo.
Este último comentario a Pablo le dolió, así que decidió dar por terminado su paseo:
- Me voy a casa. Empieza a refrescar y no he traído chaqueta- dijo con la tristeza reflejada en su voz.
- ¡Espera! Te acompaño, al fin y al cabo, vivimos en el mismo barrio.
- No, prefiero ir solo hasta mi casa, de verdad. Tú continúa con el paseo. Te vendrá bien.
Poco después. Pablo se alejaba de la playa, mientras Anne se quedaba observándole. No entendía muy bien su reacción. Ella no se daba cuenta de que él estaba profundamente enamorado de ella, aunque nunca se atrevió a decírselo.
La chica se animó a seguir paseando por la playa, absorta en sus pensamientos. Una vez más no podía quitarse a Santi de la cabeza, y se sentía tan mal por Pablo y también por ella misma. No entendía qué era lo que la estaba pasando.
Al poco rato, alguien se la acercó por detrás y la agarró por la espalda:
- Una chica tan bonita como tú no debería estar tan sola por la playa – dijo la voz detrás de ella, que no pudo evitar sobresaltarse al descubrir a Santi justo detrás de ella.
- ¡Santi! ¡Pensé que te habías ido!
- Y me fui, pero volví sobre mis pasos de vuelta a la buhardilla.
- ¿Y pilla muy lejos de aquí?
- No. La quise coger cerca del mar, así que, no pilla muy lejos de las playas.
- Una vista privilegiada, entonces.
- La mejor para un pintor- dijo con una mirada pícara.
- Bueno, pues deseo que logres esa inspiración que necesitas para tus cuadros.
- Creo que la inspiración ya la tengo justo enfrente mía.
- No seas exagerado, habrá otras cosas que te inspiren aparte de mí.
- Bueno, tienes razón, pero tú eres una de esas fuentes de inspiración. Anda, vente conmigo a la buhardilla y te enseño los cuadros que estoy pintando ahora.
- Es que se me va a hacer tarde, aún tardo en llegar a mi barrio.
- Pues hacemos una cosa, vente conmigo a la buhardilla y luego te llevo en el coche hasta tu casa. ¿Te parece?
Anne quería decir que no, que tenía que ir a su casa, que su padre se iba a preocupar si llegaba tarde. En realidad tenía en mente a Pablo, era demasiado importante para ella como para perderle de esta manera, pero esa fuerza que sentía cada vez que tenía cerca a Santi la hizo cambiar de opinión:
- Está bien. Estoy deseando conocer esa buhardilla.
Santi la tomó de la mano y juntos dejaron la playa atrás para acceder a las escaleras que llevaban al paseo marítimo. Mientras se dirigían a la buhardilla de Santi, Anne iba como en una nube, sin parar de mirar a Santi y sus intensos ojos. No llevaban mucho tiempo caminando cuando él se detuvo ante un edificio que parecía antiguo, pero reformado y dijo:
- Aquí es. ¿Estás preparada para descubrir mi paraíso?
- Claro que sí- dijo ella, con una seguridad, que impresionó a Santi.
Juntos tomaron el ascensor y subieron hasta la última planta. Santi giró la llave en la cerradura y, cuando la puerta estuvo abierta, la invitó a pasar.
Anne se quedó sorprendida del lugar. Era muy diáfano, y en muy poco espacio estaba muy bien organizado. Al entrar, tenía una pequeña entrada, luego un saloncito con una cocina americana, y, tras un pequeño pasillo, la habitación y el baño. El dormitorio daba acceso a una terraza bastante grande, con vistas al mar. Santi animó a la chica a salir a la terraza y ella, maravillada, contempló las hermosas vistas que se divisaban desde allí, y no sólo eso, pudo ver el cuadro que estaba pintando en aquel momento, en el que pudo divisar el cielo de Santander y la playa del Sardinero, un cuadro mágico, sin duda. Anne se giró hacia Santi, con la sorpresa aún en su rostro:
- Es un lugar con mucho encanto. Creo que aquí podrás hacer grandes creaciones artísticas.
- Eso espero. Anda, ven. Que te voy a enseñar algo.
Santi acercó a Anne a una pequeña puerta que había en la terraza. La abrió, y apareció un pequeño cuartucho. Ambos entraron dentro y, cuál fue la sorpresa de Anne al descubrir que, en su interior, había un montón de cuadros, todos ellos pintados por el propio Santi. Ella no podía parar de admirarlos y contemplarlos. ¡Estaba en el taller de un gran pintor! Y eso a ella la emocionaba mucho, aparte de la atracción, más que evidente que sentía por Santi:
- ¡Es una maravilla de lugar, sin duda!. Tal vez uno de con las mejores vista de la ciudad.
- Santander es una ciudad muy bonita y yo pienso que, desde cualquier punto se ve bien.
En ese momento, Santi desapareció y volvió al rato con dos copas de champagne:
- Pues brindemos porque he hecho una buena elección y por el reencuentro.
Santi dio una de las copas a Anne, que bebió un sorbo bastante largo de champagne. Él aprovechó ese momento para retirarla la copa y besarla. Ella, aunque sorprendida por el gesto, aceptó el beso y no se apartó. Después él decidió hablar:
- Desde que te ví aquella noche en aquel portal quedé prendado de ti. No he parado de pensarte ni un solo día.
- Tú también ejerces una especie de atracción en mí. Eres como un potente imán.
Él volvió a besarla y ella no pudo apartarse, respondiendo a ese beso. No sabía lo que sentía por ese hombre, lo único que sabía es que la gustaba y mucho y que necesitaba estar cerca de él.
Con cada beso, ella se iba ruborizando e iba sintiendo como su corazón le latía cada vez más fuerte. De los besos, pronto pasó a las caricias. Ella no pudo evitar sentir más deseo hacia aquel hombre que ejercía una especie de embrujo hacia ella.
Poco a poco, las caricias de él fueron bajando hacia diversas partes del cuerpo, ella empezó a estremecerse. Finalmente, ambos no pudieron contener el deseo y las ganas y acabaron rindiéndose a la pasión, entre caricias y gemidos.
Al cabo de un rato, ella despertó en los brazos de él. El tiempo se había pasado muy deprisa y se había hecho tarde:
- Mi padre estará preocupado. Tengo que ir a casa.
- ¿Por qué no le avisas que te ha surgido algo y pasas la noche aquí conmigo? Con lo agusto que estamos los dos, no vamos a estropearlo justo ahora.
Anne dudó mucho si hacer caso de lo que Santi le decía o marcharse para su casa. La verdad es que se sentía muy bien en los brazos de aquel hombre. No quería romper esa magia, así que, llamó a su padre y con la excusa de tener que terminar un vestido que necesitaba una clienta para el día siguiente, dijo que no pasaría la noche en casa.
CAPÍTULO 4:
Anne se despertó sobresaltada. Los recuerdos de aquella época volvían nuevamente a ella y la hacían revivir cosas que prefería olvidar.
Recordó, que, obviamente aquella no fue la primera vez ni la última que pasó en casa de Santi. Las visitas a la buhardilla eran cada vez más frecuentes, y eso empezó a hacer que descuidase su trabajo, a su padre, e incluso a Pablo.
Días después, Pablo, preocupado por ella, la llamó para ir a dar un paseo. Ella, aunque estaba deseando volver a encontrarse con Santi, accedió. Necesitaba recuperar a su amigo, del que se había distanciado en los últimos días.
- ¿Se puede saber qué has estado haciendo todo este tiempo? Nos tienes muy preocupados, a tu padre y a mí.
- Perdóname...yo... hay algo que ejerce una especie de embrujo sobre mí.
- ¿Algo o alguien?- preguntó Pablo creyendo averiguar el motivo de tan misteriosa desaparición.
- Desde que Santi apareció en mi vida, no puedo pensar en otra cosa, solo en pasar el máximo tiempo posible con él.
- Pero eso que dices es solo atracción y deberías intentar controlarla porque puede llevarte a la perdición y hacerte mucho daño.
- No puedo controlarlo, es algo superior a mí- confesó la chica.
- Pues te voy a dar un consejo. Conozco poco a ese hombre, le he visto un día, pero ten cuidado, por favor. No quiero que te hagan daño. ¿Lo harás?
- Si, lo haré, no te preocupes, estaré bien. Pero... ¿Ya no estás enfadado?
- Estaba preocupado, más que enfadado. Yo solo quiero que seas feliz. Espero que no te estés equivocando.
Estas palabras dejaron muy pensativa a Anne y meses después volverían a su cabeza una y otra vez.
Tras su encuentro con Pablo, Anne decidió pasarse por su trabajo. Llevaba días descuidándolo y su jefa empezaba a perder la paciencia. Con todos los trajes que tenían que hacer para la boda y Anne aparecía y desaparecía cuando quería. Era su mejor modista y no quería prescindir de ella, pero si la cosa seguía así, no quedaría más remedio que despedirla:
- Vaya, vaya, así que la señorita Anne se digna a aparecer, y puntual. ¿Tenemos que tocar las campanas?
- Lo siento, Mercedes, he tenido unos días muy ajetreados en casa. Te prometo que, a partir de ahora intentaré no faltar.
- ¿Tu padre se encuentra bien?
- Si, de momento sí.
- Bueno, pues si ha sido algo puntual sigue con tu trabajo, pero hoy tendrás que salir más tarde. La boda es dentro de dos semanas y aún falta mucho por hacer. No damos abasto.
- Descuida, Mercedes, que hoy no me iré de aquí hasta que no haya avanzado con todo lo pendiente.
Y así fue, Anne dedicó todo aquel día a su trabajo. Para ella era importante conservarlo. Además, la gustaba lo que hacía, y se la daba bien. Llevaba varios años trabajando para Mercedes, amiga de su madre y que la quería como a una hija.
Cuando llegó la noche, estaba tan cansada, que decidió irse a casa sin pasar por la buhardilla. Santi podía esperar.
Al llegar a su casa, se encontró que tenía un montón de mensajes y llamadas de Santi, parecía enfadado. Ella no tenía ganas de responder, así que apagó el teléfono, dio un beso a su padre, preparó algo de cenar para los dos, se dio una ducha, y se metió en la cama.
A la mañana siguiente, cuando fue a salir para ir a trabajar, Santi la estaba esperando en la puerta de su portal. Parecía enfadado:
- ¿Se puede saber por qué ayer no diste señales de vida en todo el día?
- Había mucho trabajo en la tienda y no puedo dejarlo, para mí es importante. Llevaba días yendo a deshoras y descuidándolo y mi jefa estaba algo molesta. No quiero decepcionarla. Ha puesto toda su confianza en mí.
- Entiendo que tu trabajo sea importante, lo que no alcanzo a comprender es que antes quedaras con Pablo y ni siquiera me avisaras de que no ibas a pasar a verme.
- Pablo es mi mejor amigo y estaba preocupado por mí. Llevábamos semanas sin vernos.
- Bueno, tal vez es que Pablo no te quiere tanto como tú crees, sino se habría interesado por verte antes.
- Se ha interesado, pero yo le he dado largas. Ya te digo que estaba muy preocupado.
- ¿Preocupado por qué? Estás conmigo, y a mi lado no puede pasarte nada. Así que no hagas caso. Pablo está celoso y solo quiere separarnos.
Anne dudaba mucho de las palabras de Santi, pero no se atrevió a decirle nada.
- Te espero para comer. He reservado en un restaurante cerca del puerto.
- Depende del trabajo que tenga. Te llamo cuando vea cómo avanzo con los trajes.
- ¿Me vas a dejar plantado? Me ha costado horrores poder reservar en ese restaurante. Casi siempre está lleno.
- Está bien. Me dejas tiempo para prepararle algo a mi padre y cuando acabe el trabajo de la mañana te veo allí.
- Te recojo a las 2.
- Está bien.
Anne se afanó en hacer todo lo que tenía pendiente, quería que el taller causara buena impresión en la boda para que les contrataran para más eventos, y no quería defraudar a Mercedes, que tanto la había enseñado y que había confiado en ella desde el primer momento, en cuanto acabó sus estudios de diseño.
En el descanso subió a su casa y le preparó a su padre algo de comer. El hombre, al verla subir tan de mañana y cocinando a esas horas la dijo:
- ¿Otra vez que no comes conmigo, hija?
- Lo siento, papá, tengo mucho trabajo, y no me da tiempo. Cogeremos unos bocadillos o algo.
- ¿Y vendrás a dormir?
- Pues no lo sé. Te aviso luego.
- Hija, últimamente has cambiado mucho. No te reconozco. Apenas pasas tiempo conmigo y ya sabes que yo...desde que falleció tu madre...
- Lo sé, papá, y siento no poder pasar tanto tiempo contigo como me gustaría. Cuando pase todo esto de la boda pasaremos más tiempo juntos, te lo prometo.
Tras despedirse de su padre y dejarle la comida en la encimera para que se la calentase, Anne volvió al trabajo. Por el camino se encontró con Pablo, que venía de tomar un café en el descanso de su trabajo:
- Anne, ¿Qué haces saliendo de tu casa? ¿Está todo bien?
- Si, solo vine a prepararle a mi padre algo de comer. Hoy me ha invitado Santi a comer en un restaurante y no quiero que coma cualquier cosa.
- Entiendo...bueno pues disfruta de la comida.
- ¿No te molesta?
- Yo solo quiero que seas feliz, y si lo eres con Santi, no soy quién para quitarte esa felicidad.
- Muchas gracias, Pablo. Eres un amigo de los de verdad. Hay muy pocos como tú- dijo mientras enfilaba la calle en dirección a la tienda.
Pablo la observó, con semblante serio. Realmente estaba preocupado por ella. Santi no le había causado buena impresión y ella había cambiado mucho desde que éste vino a vivir a Santander. Estaba descuidando todo lo que era importante para ella: su trabajo, su padre y a sus amigos.
Anne volvió al trabajo. Tenía mucho que hacer y poco tiempo si quería llegar a tiempo a la comida con Santi. A las dos en punto, el hombre apareció con su coche, un impresionante descapotable blanco, por la tienda para recoger a Anne. Ésta había acabado todo su trabajo pendiente y se despidió de Mercedes.
Subió al coche y acudió al restaurante con Santi. Durante la comida, él se mostró frío y distante:
- ¿Y vas a tener este trabajo todos los días?
- Hasta que llegue la boda sí, tenemos que hacer el traje de la novia y el de prácticamente todas las invitadas.
- Pues no vamos a tener tiempo de hacer planes juntos.
- Hoy los estamos haciendo, ya he sacado tiempo para comer contigo.
- Pero ya sabes que a mí me gusta tenerte todo el tiempo, y para mí solito.
- Pero eso no puede ser, mi vida se compone de otras cosas importantes para mí: mi padre, mi trabajo...
- Y tus amigos, como ese tal Pablo.
- Te repito que es mi mejor amigo.
- Pues la forma en que te mira no dice lo mismo.
- ¿Insinúas qué...?
- Sí, que ese al que llamas “mejor amigo” siente por ti algo que va más allá de la amistad. Así que a partir de ahora procura verle menos.
- Pero... ¡No puedes prohibirme eso! ¡Somos amigos desde pequeños!
- Bueno, pero ahora estoy yo, no necesitas a nadie más.
Anne se quedó callada sin saber bien qué decir. A veces estos comentarios de Santi la daban mucho miedo. Él quiso romper la tensión imperante en el ambiente y la propuso:
- ¿Te vienes esta tarde a la buhardilla? Hay un cuadro que quiero mostrarte.
- Pues no lo sé, Santi, ya te he dicho que en el taller hay mucho trabajo, y quiero dejar tarea adelantada para que no se me acumule para la semana de la boda.
- Pero será solo un rato. No te robará mucho tiempo.
Anne lo meditó mucho y, finalmente se atrevió a responder:
- Está bien, pero me pasaré cuando termine el trabajo que me había propuesto para esta tarde. Así luego tendré más tiempo disponible para tí.
A Santi la respuesta no terminaba de convencerle, pero sabía que si se negaba, no obtendría de Anne lo que quería, que era que fuera a su buhardilla, así que, tras unos minutos de silencio respondió:
- Propuesta aceptada. Cuando termines ese trabajo que te tiene tan entretenida te espero en la buhardilla.
- Pues nos vemos allí entonces.
Tras la comida con Santi, Anne dirigió sus pasos a la tienda. Él había querido acompañarla, pero ella rechazó su ofrecimiento, prefería ir sola, y es que, de un tiempo a esta parte, y sobre todo tras esta última conversación, se sentía asfixiada, notaba que Santi quería controlarla todo el tiempo y que no la dejaba apenas libertad para dedicar a lo que era importante para ella.
Durante este paseo se estuvo planteando seriamente dejar esta extraña relación que mantenía con él y volver a su vida de siempre, por lo que decidió que, tras salir de la tienda, se iría a dormir a casa, con su padre, que le prepararía la cena, y juntos verían alguna película de esas que a él le gustaban, y después llamaría a Pablo para charlar y verse al día siguiente.
Cuando llegó a la tienda se afanó en su trabajo para tenerlo todo listo y no tener que llevarse nada a casa. Mercedes la felicitó por la manera en que estaba trabajando los últimos días.
Al llegar la hora del cierre, Mercedes confió en ella y la dejó que cerrase la tienda, ella estaba recogiendo el último vestido cuando, tras el escaparte de la tienda vio a Santi. ¡No podía creérselo! Si le había dicho que iría a la buhardilla al terminar de trabajar. De nuevo volvió a sentir que se ahogaba y que aquel hombre no la dejaba respirar.
Quiso desaparecer y que la tierra la tragase. Entonces Santi entró en la tienda y se acercó a ella:
- ¿Has terminado ya?
- Estaba recogiendo el último vestido. ¿Qué haces aquí?
- Como no te he notado muy segura esta mañana, he venido a cerciorarme de que vendrías a ver el cuadro que te dije.
- Ya te dije que intentaría ir si el trabajo me dejaba. No sé cómo eres tan desconfiado.
- Bueno, por si acaso te arrepentías he venido a buscarte.
- Santi, estoy muy cansada. Había pensado irme a dormir a mi casa.
- Pues te vas a venir conmigo. He preparado una cena para dos que te vas a chupar los dedos.
- Pero...¿Y mi padre? Otra vez cenará solo...
- No te preocupes por él. Seguro que se las apaña.
Anne no se sentía tranquila. Necesitaba pasar por su casa y cerciorarse de que su padre estaba bien. Apenas le había visto en los últimos días, así que, a modo de súplica, le pregunto a Santi:
- Me gustaría saber que mi padre está bien. ¿Me acompañas a casa cinco minutos para que suba y le diga que hoy tampoco dormiré allí?
Santi dudó unos segundos, pero sabía que si quería tener a Anne a su merced, debía ceder en este tipo de cosas:
- Está bien, sube y habla con tu padre lo que necesites. Yo te esperaré en el portal.
Anne subió a su casa. Al entrar, encontró a su padre viendo la televisión como de costumbre. Ella entró, y le saludó alegremente:
- Hola, papá, ¿Qué tal has pasado el día?
- Pues aquí, con Zarpas. Apenas nos hemos movido. Hemos estado leyendo el periódico y viendo la tele.
- ¿Y no has salido ni un rato a que te diera el aire?
- Ya sabes que últimamente me duelen mucho las piernas y me cuesta salir de casa.
- Pero tienes que hacerlo, papá, sino cada vez te van a fallar más los huesos. Hacemos una cosa. Mañana intento salir antes de la tienda y vengo a buscarte y nos vamos los dos a dar un paseo por el puerto, que sé que te encanta.
- Ains hija, no sé si podré.
- Pues claro que vas a poder. Pero eso será mañana. Ahora voy a cerciorarme de que tienes algo de cenar y me voy. He subido solo para comprobar que estás bien y avisarte que no dormiré en casa.
- Últimamente no pasas nada de tiempo en casa, hija. Espero que sea porque por fin te has echado un buen novio, ya que a Pablo no le quieres como tal.
- Anda, papá, ¡no digas tonterías!. Sabes que tengo mucho trabajo. Y además, Luisa, mi amiga la que se fue a Londres, ha venido a pasar unos días a Santander, así que me estoy quedando en su casa, por eso no vengo a dormir muchas noches.
- ¡Ah! ¡Tu amiga Luisa! Una chica muy maja. Dala recuerdos de mi parte.
- Lo haré.
Tras comprobar que su padre se había preparado una tortilla francesa para cenar y prepararle una ensalada para acompañarla, Anne, que no tenía muchas ganas de encontrarse con Santi, se despidió de su padre con un beso en la frente y abrió la puerta para irse. Pero antes de salir escuchó una voz que la decía:
- No trabajes mucho, hija y ten cuidado, ya sabes que las calles de noche son muy peligrosas.
Anne no sabía si temer más a lo que pudiera encontrarse en las calles que al propio Santi. Aún así, prometió a su padre tener cuidado y se marchó.
CAPÍTULO 5:
_ Recordando esta angustia vivida, Anne se despertó sobresaltada. Aún el nombre de Santi le producía mucho miedo y a veces ni se atrevía a pronunciarlo, por más terapia que había hecho.
Tan inquieta estaba, que decidió levantarse y prepararse una nueva infusión. Siempre la ayudaban a relajarse mientras, a través de la ventana, contemplaba de nuevo el horizonte.
Poco después, y ya más relajada, volvió a la cama, esperando alejar los malos pensamientos y recuperar el tiempo perdido.
Pero no pudo evitar volver a aquella época, cuando de repente y sin saber cómo, fue abducida por aquel hombre.
Su mente viajó a unos meses después de aquella visita a su padre, sin saber que sería una de las últimas.
La boda había sido un éxito y Mercedes la había felicitado. Tan contenta estaba con su trabajo que había decidido darle unas vacaciones. Ella pensaba pasarlas con su padre y aprovechar para ir con él a la casa del pueblo, en Alar del Rey (Palencia). No iban desde antes de la muerte de su madre y pensaba que le vendría bien. También quería hacer algo con Pablo, una escapada de fin de semana, para compensarle por su ausencia en los últimos tiempos.
Pero, una vez más, Santi había hecho los planes por ella. Decidió recogerla a la salida del trabajo, montarla en un coche y llevársela. Ella se quiso bajar varias veces del coche, pero él no la dejó y amenazó con no dejarla volver a ver a su padre sino se estaba quieta.
Entonces Anne decidió no dirigirle la palabra en todo el tiempo. No sabía dónde iban. Solo esperaba volver.
Durante el camino no paró de pensar en su padre, en Pablo, en su amiga Luisa... Tanto Pablo como ella le habían advertido varias veces sobre Santi y ese afán que tenía de controlarlo todo. No pudo evitar que se la escapasen algunas lágrimas por haber sido tan tonta.
Santi la miraba, sin mostrar un ápice de compasión por ella y seguía conduciendo como si nada:
- ¿Y ahora me vas a llorar? Te llevan de vacaciones a un sitio ideal y tú no hace más que lloriquear.
- Santi, las cosas no se hacen así, yo no puedo irme así por las buenas, tengo gente que me necesita.
- ¿Cómo ese tal Pablo? A ver cuando te das cuenta que aquí el único que te apoya y te protege soy yo.
- No me refería a Pablo. Me refiero a mi padre. No puedo pasar tantos días fuera de casa. Él no puede sobrevivir solo tantos días.
- Tu padre ya es mayorcito y se las apañará.
Y diciendo esto, aceleró más el coche. Algo que aumentó la angustia de Anne.
Tras varias horas de camino, por fin Santi paró el coche:
- Te he preparado una maleta con lo necesario. Está en el maletero. Cógela y sígueme.
Anne obedeció. Por nada del mundo quería hacer enfadar a Santi si quería volver a ver a su padre nuevamente, así que, abrió el maletero y cogió una maleta que supuso sería la suya. Luego siguió a Santi por un camino que estaba oscuro y lleno de maleza.
Al rato, Santi sacó una llave de un bolsillo y ella pudo divisar una especie de cabaña. A ella cada vez la gustaba menos el lugar y tenía mucho miedo.
- Santi, ¿Dónde estamos? ¿No crees que este lugar está demasiado apartado de todo?- gritó intentando elevar la voz lo máximo posible por si alguien la escuchaba.
- Este lugar es perfecto. Ya verás, te va a gustar.
Cuando entraron en la cabaña, Anne pudo divisar que todo estaba bastante desordenado, aunque no se veía suciedad. Nada más entrar vio un pequeño salón con una cocina americana. Al fondo había dos puertas, una era de la habitación y la otra del baño. Santi la arrastró hasta la habitación y una vez allí la forzó, sin tener compasión de los gritos de ella.
A la mañana siguiente, ella despertó muy dolorida y avergonzada. Estaba llena de rabia, pero no encontraba la manera de escapar de allí. Pasó toda la mañana en la cama, pues apenas podía moverse.
Aproximadamente a las dos de la tarde apareció Santi, con una bandeja de comida. Ella no paraba de llorar:
- Santi. ¿Por qué me has hecho esto?
- Has sido una chica mala, y había que castigarte.
- Pero yo no he hecho nada sino lo que tú querías que hiciera.
- Si, te has venido conmigo, pero no has sido nada amable. Has estado todo el tiempo enfadada y llorando, pensando en ese tal Pablo y en tu padre.
- Mi padre es lo que más quiero en el mundo y me necesita, es normal que llore por él. No tengo claro cuando volveré a verle.
- Todo depende de cómo te portes. Si eres buena, estaremos de vuelta antes de lo que imaginas.
Anne no pudo probar bocado, así que decidió volverse a dormir, pero no pudo hacerlo, solo se la venían a la mente imágenes de la noche anterior. Cuando despertó, se encontró con fuerzas para levantarse de la cama. Buscó en la maleta algo para ponerse, se puso unos pantalones y una camisa e intentó salir para asearse un poco, pero la puerta estaba cerrada con llave. Intentó llamar para que alguien la abriera, pero nadie la hizo caso.
Durante unos minutos estuvo golpeando la puerta y gritando sin parar, hasta que, finalmente, el cansancio la venció y acabó tumbándose en la cama, llorando y derrotada.
Durante este tiempo, no hacía más que pensar en su padre, en Pablo, en su amiga Luisa, en Mercedes...No podía sacarse de la cabeza las advertencias de Pablo. A él Santi nunca le dio buena espina, pero ella fue tonta y no le hizo caso, pensó que estaba celoso, como así le hizo creer Santi.
Al cabo de un rato, Santi apareció por la puerta, con algo de comida y una sonrisa:
- Te he traído algo de comer. Llevas todo el día aquí y necesitas comer algo.
Anne miró a Santi con una mezcla de rabia y enfado:
- ¡No tengo hambre. No quiero nada que venga de ti!
- Pues tú te lo pierdes. Si te portas bien te dejaré que salgas a dar una vuelta por los alrededores de la casa, pero tienes que ser obediente y comértelo todo.
Anne pensó que era mejor tener a Santi contento si quería poder escapar de allí en algún momento, así que se acercó poco a poco al plato de comida. La verdad es que tenía hambre. Poco a poco fue comiéndose la ensalada y el filete que Santi le había traído junto con una manzana. Cuando hubo acabado le dijo:
- Bien, ya he comido. Ahora me gustaría salir a que me diera el aire.
Santi se acercó a ella y comprobó que la bandeja estaba prácticamente vacía. Después sonrió y la dijo:
- Está bien. Te acompañaré al baño para que puedas asearte un poco y después iremos a dar un paseo. Hace un tiempo muy agradable. Te vendrá bien el sol.
Anne siguió a Santi hasta el baño. Pensó que tal vez podría escapar desde aquella estancia. Pero al entrar vio que no había ninguna ventana, y, además, Santi la estaba esperando al otro lado de la puerta. Con mucha desgana se lavó un poco y se peinó. Después salió del baño. Santi, al verla la dijo:
- Así estás mejor, mucho más guapa.
Ella le miró con mucha furia y ganas de borrarle esa sonrisa de la cara. Él se limitó a mirarla y decirla:
- Coge una chaqueta, parece que ha refrescado.
Anne obedeció. Fue a la habitación y buscó una chaqueta entre las cosas que le había llevado Santi al lugar. Encontró una sudadera y se la puso encima de la camisa. Después salió de la habitación. Santi abrió la puerta y salió con ella de la casa.
Anne se deslumbró con la luz del sol, y miró a su alrededor. La verdad es que el lugar era bonito, aunque se veía alejado de cualquier civilización. A lo lejos se vislumbraban unas montañas, aunque no había rastro del mar. El paisaje no le resultaba conocido ni familiar, desde luego no la parecía que fuera de Cantabria, ni de los alrededores. Tras este reconocimiento inicial, Santi la cogió de la mano y la dijo:
- Vamos a dar un paseo.
Y empezaron a pasear por los alrededores de la casa. Lo único que había era bosque y campo, pero no se veía nada, ni a nadie. Estaban los dos solos. Ella empezó a tener mucho miedo. No sabía lo que Santi podía ser capaz de hacer.
Cuando el paseo se acabó, Santi dijo:
- Te has portado muy bien, así que te voy a conceder algo que desees.
Anne sabía lo que quería. Había algo que llevaba rondando un tiempo su cabeza, desde que comenzaron el paseo:
- Quiero hablar con mi padre. Por favor. Déjame llamarle. Estará preocupado por mí.
Santi la observó, entre sorprendido y enfadado:
- Está bien, te dejaré el móvil, pero tendrás 5 minutos para hablar con tu padre. Cuando pasen esos cinco minutos te guardaré el teléfono.
- Tranquilo. Haré lo que tú me pides.
Santi entró dentro de la casa y volvió al minuto. Mientras tanto, Anne esperaba impaciente. Su cara cambió cuando vio a Santi aparecer con su móvil. Anne lo cogió. Estaba apagado. Intentó encenderlo, tenía batería, así que respiró aliviada.
Con los dedos temblorosos buscó en la agenda el teléfono de su padre y pulsó el icono de llamar. Se la saltaron las lágrimas cuando escuchó su voz al otro lado:
- Anne, hija. ¿Estás bien? No sé nada de ti desde ayer.
- Si, papá, estoy muy bien- dijo conteniendo las lágrimas- me he venido a pasar unos días con unas amigas a la montaña, así que no te preocupes.
- ¿Con unas amigas? ¿Y por qué no me lo has dicho antes? Hija, últimamente estás muy cambiada, antes me avisabas de todo.
- Lo sé, papá, pero surgió de repente...me quedé sin batería y no he podido avisarte.
- Siempre igual, hija, últimamente me tienes muy solo.
- Lo sé, papá, te compensaré, te lo prometo. ¿Tú estás bien? ¿Necesitas algo?
- Tranquila, hija, sabes que puedo apañarme. Tú disfruta y cuando vuelvas, acuérdate de que tenemos que ir al pueblo.
- Lo sé, papá, te lo prometí y lo haré.
Santi apareció en ese momento para hacerla el gesto de que debía ir cortando, así que se despidió de su padre:
- Bueno, papá, te llamo otro rato. Si necesitas algo no dudes en llamarme.
- Tranquila, hija. Estaré bien. Disfruta de tu viaje. Un beso fuerte.
No la dio tiempo casi a colgar. Al momento apareció Santi para cogerla el móvil:
- Un momento, no lo apagues, por si mi padre necesita algo y llama, por favor.
- Está bien, lo dejaré encendido. Vamos dentro, empieza a refrescar.
Anne entró dentro. Santi la metió en la habitación y, de nuevo cerró la puerta mientras guardaba el móvil. Luego la abrió y la dejó que fuera al comedor a cenar con él.
La cena transcurrió en silencio. Anne no tenía ninguna gana de hablar con Santi, y él, que lo sabía, se regodeaba en ese silencio. De repente, Anne interrumpió el extraño clima al decir:
- Y bien, ¿Hasta cuándo va a durar nuestro viaje? ¿Cuánto tiempo me vas a tener entre estas cuatro paredes?
- Todo depende de cómo te portes, estaremos más o menos tiempo.
Anne lo miró con la ira contenida:
- Eres un...
Pero él la paró:
- Cuidadito con lo que dices o te quedarás aquí de por vida.
- No puedes hacer eso, hay gente que me espera en Santander. Pronto se preocuparán y empezarán a buscarme.
- Que te busquen, a ver si te encuentran- dijo Santi con una sonrisita.
Anne quiso responder, pero lo único que tenía era unas ganas enormes de llorar, así que decidió levantarse de la mesa e irse al cuarto, donde, tumbada en la cama, lloró durante horas hasta que se quedó dormida.
CAPÍTULO 6:
En ese momento, Anne se despertó tiempo después, recordando todo lo vivido durante aquellos aciagos días. Afortunadamente toda aquella pesadilla pasó, pero lo ocurrido fue tan terrible, que tardó mucho tiempo en superarlo.
El tiempo transcurrido en aquella cabaña la dejó secuelas tanto físicas como psicológicas.
Por eso, al volver a acordarse de aquello, la angustia apareció nuevamente sobre ella, así que se levantó de la cama y se dirigió al salón. Cogió su teléfono móvil. Tenía un mensaje de Pablo:
- Espero que estés bien. Cuídate mucho y a pensar cosas bonitas.
Anne no sabía lo afortunada que era de tener a Pablo en su vida. Sino hubiera sido por él...
Mientras estaba sumida en estos pensamientos volvió a aquella cabaña. Las semanas pasaban y para ella transcurrían entre la cama, ya que de repente sentía muchas ganas de dormir, los paseos que Santi la dejaba dar por los alrededores de la cabaña y la hora en que podía llamar a su padre.
Hasta que un día su padre no respondió al otro lado del teléfono. Por más que intentó una y otra vez llamarle, nadie contestaba al otro lado. Santi la quitó el teléfono:
- Se te ha acabado el tiempo.
- Por favor, estoy muy preocupada. Necesito saber que mi padre está bien.
- Lo siento, por hoy ya has agotado tu turno de llamada.
Anne gritó desesperada, las lágrimas afloraban por su cara:
- ¿Y si le ha pasado algo? Quiero comprobar que está bien. Déjame llamar a Mercedes.
- Habrá salido a hacer algo. No te preocupes tanto, mujer- dijo Santi quitándola el teléfono.
Anne salió corriendo, intentando escapar, pero era inútil, no había salida. Santi la cogió, la agarró y se la llevó a la habitación, donde volvió a encerrarla de nuevo.
Durante toda la noche el teléfono de Anne no paró de sonar, pero nadie lo cogía. Santi decidió hacer como que no lo escuchaba.
Al día siguiente, Anne no pudo aguantar más y le pidió a Santi el teléfono. Volvió a llamar, pero su padre seguía sin contestar.
Entonces sonó el teléfono. Era Pablo:
- Por favor, Santi, déjame cogerlo, quiero saber que mi padre está bien. Prometo que no diré dónde estoy ni con quién.
Santi la miró. Sabía que si no la dejaba coger aquella llamada iba a tener que aguantarla lloriqueando y gritando todo el día. Decidió darle una oportunidad, pensando en que así se quedaría tranquila.
Anne cogió aquella llamada con las manos temblorosas. Tenía la sensación de que algo no iba bien. Santi la miró con gesto amenazante:
- Tienes 5 minutos. Luego me darás el teléfono.
- Está bien. Dijo antes de contestar.
Su preocupación no cesó, sino que fue al aumento en cuanto escuchó a Pablo al otro lado del teléfono:
- Pablo, ¡cuánto tiempo! Dime, ¿Está todo bien?
- Anne, ¿Dónde te metes? Hace semanas que no sabemos de ti.
- Lo siento, me he tenido que ir unos días fuera.
- Da igual, tienes que venir. Es tu padre...está muy enfermo, sino te das prisa...tal vez no llegues a tiempo.
- ¡No! ¡Mi padre no!
- Está en Valdecilla, una ambulancia se lo llevó está mañana. Al parecer llevaba unos días enfermo, pero no dijo nada, está muy grave.
- Está bien, Pablo, muchas gracias por avisar, iré lo antes posible.
- ¡Date prisa, por favor!
Santi prácticamente hizo un gesto amenazante a Anne para que colgase el teléfono. Después, con los ojos cubiertos por las lágrimas se dirigió a él diciendo:
- Tengo que volver. Mi padre se está muriendo, necesito despedirme de él.
El gesto de Santi cambió de repente. Sabía que no podía permitir que Anne regresara, pero la poca humanidad que le quedaba hacía que sintiera el dolor de Anne y no quería soportar sus berrinches sino llegaba a tiempo para despedirse de su padre. Sabía que ella no se lo perdonaría nunca. Después de unos minutos de silencio, se acercó a Anne y la dijo:
- Está bien. Te llevaré a despedirte de tu padre, pero tienes que intentar no perderme de vista en ningún momento y evitarás hacer cualquier tontería. Si no es así, no volverás a ver a tu padre, ni a tu querido Pablo nunca más.
Anne miró a Santi con los ojos llenos de lágrimas, estaba tan afectada que solo le salió decir un “gracias” y abrazarse a Santi.
- Voy a prepararlo todo. En 15 minutos nos vamos- dijo Santi, mientras ella se quedaba un momento fuera antes de entrar.
Con las prisas, Santi había olvidado coger el móvil de Anne, así que ella aprovechó para hacer una foto del lugar para intentar enviársela a Pablo, por si después de todo lo sucedido, Santi la traía de vuelta al lugar.
Pronto Santi se dio cuenta de que no le había quitado el móvil y salió de la casa a por él.
- Deberías arreglarte un poco. No querrás que tu padre te vea en esas condiciones.
- Tienes razón. Si va a ser la última vez que lo vea, que se lleve una buena imagen de mí.
Anne se fue a la habitación y buscó entre las cosas que le había llevado Santi algo que la pudiera servir para los momentos que iba a pasar junto a su padre.
Optó por un vestido largo estampado y unas sandalias con algo de cuña.
Después se dio una ducha rápida, se vistió y se secó el pelo, recogiéndoselo en una coleta.
A continuación se dio algo de maquillaje para tapar los moratones que aún permanecían en su cara de la noche que Santi la forzó y salió fuera de la cabaña, donde él la estaba esperando con el coche en marcha. Ella decidió coger la maleta por si necesitaban quedarse algún tiempo más, aunque a Santi no le gustó nada la idea, estaba claro que él tenía una idea totalmente diferente.
El viaje hasta Santander se le hizo eterno a Anne, fue todo el rato en silencio, pensativa, recordando todos los momentos junto a su padre y pensando en lo que le diría una vez lograra estar con él. Santi la miraba, con gesto contrariado. Sus planes empezaban a desmoronarse y eso no le gustaba.
Tras un viaje que se hizo eterno, llegaron a Santander. Sin casi esperar a que Santi parase el motor, Anne se bajó corriendo del coche. Él buscó aparcamiento y la siguió. Debía controlarla para evitar que hiciera alguna tontería.
Anne estaba muy nerviosa y deambulaba por el hospital intentando conseguir noticias sobre su padre. Preguntó en recepción pero, antes de que pudiera dar el nombre completo, alguien la llamó por detrás. Era Pablo. Tenía los ojos llorosos mientras se acercaba a ella:
- Anne, ¡Estás aquí!
- Si, necesitaba venir para ver a mi padre.
Pablo hizo una pausa, a punto de llorar:
- Tu padre...Anne, él...no pudo superar la infección y...ha fallecido hace un rato.
_ Anne lo miró con los ojos desencajados y lo único que la salió fue abrazarle, mientras lo golpeaba al mismo tiempo:
- ¡Dime que mi padre no ha muerto! Dime que es una broma como esas que me haces tú en la playa. Dime que no me he quedado sola.
_ Pablo la abrazó con todas sus fuerzas, mientras ella se aferraba a él y lograba introducirle un papel en el bolsillo del pantalón. Después, se apartó de él con lágrimas en los ojos y fuera de sí empezó a decir:
- ¿Dónde está mi padre? ¡Necesito verle!
_ Santi observaba la escena lleno de rabia y de celos. El peor momento para él había llegado y no podía soportar ver a Pablo abrazando a Anne, la mujer que consideraba suya. Sin tener en cuenta las circunstancias, se acercó a ellos, cogió a Anne por el brazo y la atrajo hacia sí:
- Lo siento mucho- dijo abrazándola.
_ Pablo contempló la escena entre sorprendido y enfadado y después añadió:
- Voy a preguntar si puedes verle.
_ Mientras Santi aprovechó para amenazar a Anne:
- No me ha gustado nada verte abrazar a tu querido Pablo. Espero no tener que sacarte de aquí sin haber enterrado a tu padre- dijo mientras besaba a la fuerza a Anne. Ella por primera vez le contestó:
- Eres un monstruo y estás demostrando no tener ni un ápice de sentimientos ni de empatía ni siquiera en estas circunstancias.
Al rato apareció Pablo para interrumpirles:
- Puedes pasar a despedirte. Ya lo han preparado todo para trasladarle a la funeraria- dijo Pablo.
Anne se zafó como pudo de Santi y se fue con Pablo. Mientras, Santi los seguía de cerca.
En cuanto entró en la habitación de su padre, se agarró fuertemente a su cuerpo inerte llorando sin parar:
- ¡Todo es culpa mía!- gritaba desconsolada.
A su lado, Pablo trataba de sostenerla:
- Tú no tienes la culpa de nada, Anne, él enfermó y no ha podido superarlo.
- Pero si yo hubiera estado con él, sino me hubiera marchado tan repentinamente...
- Anne sácate eso de la cabeza. Cuando tú te marchaste él estaba bien, no podías saber que esto iba a pasar. No te tortures.
Pero ella era incapaz de no hacerlo. Maldecía el momento en el que esa loca atracción que sentía por Santi la había hecho perder la cabeza hasta tal punto de dejar de ser ella misma y ceder a todas sus obsesiones. Se arrepentía tanto de haberle llevado a la zona de bares de la ciudad aquella noche en que lo conoció y de todo lo que pasó después... Ella era la culpable de todo, sin duda, por enamorarse de un hombre que estaba obsesionado con ella, y que no iba a parar hasta destruir todo lo que ella más quería.
Con gritos de dolor y llenos de rabia se aferraba al cuerpo de su padre por última vez, lamentando no haberle dicho lo mucho que lo quería y que lo necesitaba.
Estuvo así durante un rato, hasta que Pablo la acarició suavemente la espalda y la dijo:
- Tenemos que irnos. Tienen que llevárselo.
- Pero...está tan tranquilo, mírale, parece que durmiera.
Pablo miró a su amiga con mirada compasiva:
- Anne, sabes que no está durmiendo. Venga, no lo pongas más difícil, deja que se lo lleven.
Anne abrazó de nuevo el cuerpo sin vida de su padre y poco a poco se incorporó, con los ojos llenos de lágrimas. Por suerte, Pablo estaba al lado para recibirla y abrazarla de nuevo, mientras Santi, impotente y lleno de rabia observaba la escena:
- ¡Maldito viejo! ¿Por qué tenía que morirse? Decía entre dientes.
Poco después entró en la habitación, cogió del brazo a Anne y la sacó de allí, sin casi apenas poder despedirse de Pablo.
Una vez los dos salieron de allí se dirigieron al coche. Ella no era capaz de mirarle a la cara. Él se atrevió a decirla:
- Si te portas bien estaremos hasta que pase el entierro, pero procura que nadie se entere de lo que está pasando con nosotros y, sobre todo, deja de abrazar a tu querido Pablo.
Durante el trayecto hacia el tanatorio donde llevarían los restos del padre de Anne para ser velados, ella se limitó a llorar desconsoladamente todo el tiempo, sin dirigir la palabra a Santi que iba en completo silencio.
La distancia desde el hospital al tanatorio no era mucha, así que pronto llegaron y Anne, al bajarse del coche, respiró profundo, antes de entrar en aquel lugar.
Pero al ir a entrar se dio cuenta de que había venido directamente del lugar donde Santi la había tenido retenida, y no llevaba puesto nada negro, así que pidió a Santi que la llevara a casa para buscar algo adecuado que ponerse para el velatorio y posterior entierro de su padre. Él accedió y la acercó hasta su casa. Subió con ella, pero apenas le dejó que se acercara. Nada más entrar en la casa, Anne sintió como un escalofrío recorría su cuerpo. Como si lo intuyera, Zarpas se acercó a ella ronroneando:
- Te has quedado solo- dijo mientras acariciaba al animal.
Mientras avanzaba por la casa, los recuerdos se agolpaban, de momentos vividos junto a su padre. La parecía seguir contemplándole ahí, en su sillón, viendo su programa favorito de la tele o haciendo sus crucigramas, mientras Zarpas permanecía a sus pies.
Envuelta en estos pensamientos, fue avanzando por las distintas estancias de la casa, seguida de cerca por Santi. Por fin, con los ojos llenos de lágrimas llegó hasta su habitación. Al mirar en su armario encontró un vestido negro largo, que pensó sería el ideal para despedir a su padre.
Antes de vestirse, decidió darse una ducha. Se alegró de poder hacerlo en su casa, con sus cosas. Poco después, se vistió y avisó a Santi de que estaba lista para que la llevase de nuevo al tanatorio.
Durante el camino hacia el tanatorio, Anne iba en silencio, sin parar de llorar, mientras Santi la observaba sin una pizca de compasión. Todos sus planes se estaban desmoronando y debía intentar que Anne volviera a la cabaña cuanto antes.
Al llegar al tanatorio, Mercedes ya estaba esperando a la puerta, junto con Pablo y sus padres, que conocían a los padres de Anne desde hacía años.
Al verlos, Anne se derrumbó aún más. La de gente que siempre había tenido a su alrededor y que estaba a punto de perder por culpa de un capricho.
Mercedes se acercó y la abrazó. La cogió del brazo y se la llevó para dentro:
- Este momento es muy duro, hija, así que yo te acompaño.
Anne por primera vez en mucho tiempo sintió el calor maternal de Mercedes. Se agarró fuertemente a su brazo y accedió al interior del tanatorio para encontrarse con el ataúd cerrado de su padre.
Santi, que no pudo evitarlo, decidió entrar detrás de ellas, seguido muy de cerca por Pablo, que vigilaba sus pasos.
Y es que, al salir del hospital, y antes de emprender el camino hacia el tanatorio, Pablo encontró que tenía algo en el bolsillo de su chaqueta. Al sacarlo, encontró un papel doblado. Rápidamente reconoció la letra de Anne. En él ponía:
- Santi me tiene secuestrada. Por favor, tienes que ayudarme, o me llevará de nuevo a ese horrible lugar.
Pablo había decidido que debía actuar antes de que Santi se la volviera a llevar y ella desapareciera de nuevo. Habló con su amiga Luisa, ella sería el gancho perfecto. Debía distraer a Santi mientras él huía con Anne lo más lejos posible. Lo haría después del entierro, cuando todos se marcharan del cementerio.
El tanatorio fue muy desolador para Anne, que, enfundada en su vestido negro y bajo unas enormes gafas de sol, lloraba en silencio, mientras se culpaba por haber caído en el juego de Santi y no haber escuchado a las personas que se lo advirtieron. A veces era demasiado cabezota y se dejaba llevar mucho por el corazón y los primeros impulsos y esa forma de ser la había pasado factura con Santi. Estaba en un callejón sin salida y no sabía cómo salir de él, lo único que tenía claro es que había perdido a su padre y ni siquiera había podido despedirse de él por culpa de su enfermiza obsesión por Santi. Pensaba todo esto mientras no paraba de llorar. En realidad había perdido a sus dos padres, los que le habían dado la vida y por un momento se sintió más sola que nunca, aunque muy cerca de ella sentía a Mercedes, que era como una segunda madre y la reconfortaba:
- Llora niña, llora todo lo que necesites y saca lo que llevas dentro, que yo estaré aquí para cuidarte. Sabes que prometí a tu madre cuidarte, y no dejaré de hacerlo.
Anne se abrazaba a Mercedes sin parar de llorar. Se la hacía un mundo tener que recibir a todas las personas que pasarían por el tanatorio a lo largo del día, pero tendría que sacar fuerzas de dónde no las tenía para hacerlo.
Levantar la vista y ver a Santi tan cerca la revolvía el estómago. Sabía que era su condena y que no podría escapar de él tan fácilmente.
En un rincón, cerca de Santi y observándola a ella con los ojos llorosos estaba su fiel Pablo, que nunca la había abandonado, a pesar de lo mal que se había portado con él en los últimos tiempos.
CAPÍTULO 7:
Por unos momentos, Anne dejó estos pensamientos atrás y se levantó del sofá. Se asomó de nuevo a la ventana. Empezaba a amanecer. Desde aquel lugar en el que vivía ahora, se observaban preciosos amaneceres, rodeados de naturaleza. Desde hacía un tiempo, ella había aprendido a disfrutar de estas pequeñas cosas que la vida le daba, sabiendo agradecer la oportunidad de estar viva, aunque todavía arrastrase secuelas de lo sucedido años atrás.
Como no podía conciliar el sueño más, decidió prepararse un café bien cargado, antes de empezar su día. Muy despacito, se dirigió a la cocina, y preparó café en su pequeña cafetera italiana. Mientras la casa se llenaba de ese aroma que tanto la gustaba durante las primeras horas de la mañana, decidió prepararse para su trabajo de aquella mañana. Una vez estuvo arreglada, con unos sencillos pantalones de lino y una camisa sin mangas, se sentó en la mesa de la cocina y, mientras untaba unas tostadas con mermelada para tomárselas con el café, volvió a aquellos duros instantes tras la muerte de su padre.
Al salir del tanatorio, todos dijeron a Anne que se fuera a su casa a descansar. Pero ella sabía, que irse a casa implicaba estar sola con Santi y volver al infierno, así que decidió pasar la noche velando a su padre. Mercedes, Pablo y Luisa no quisieron dejarla sola y se quedaron con ella. Estaba tan cansada, que se quedó dormida.
Mientras tanto, Pablo ideaba su plan con Luisa, que en cuanto supo de la situación por la que estaba pasando su amiga, no dudó en ayudar en lo que fuera necesario para rescatarla de las garras de aquel hombre que había transformado a su amiga en una persona diferente.
Durante este tiempo, Pablo y ella habían compartido sus temores sobre Anne y esto les había acercado mucho a los dos, pues les unía el cariño que le tenían a su amiga.
Anne se despertó sobresaltada en mitad de la noche, no paraba de revivir una y otra vez las últimas semanas en el infierno, con Santi. Mercedes, a su lado, intentaba tranquilizarla, y la abrazó, consiguiendo que se calmase, pero no se volvió a dormir, no quería recordar.
Por fin amaneció y llegó la hora de abandonar el tanatorio y despedirse de su padre. Anne quiso entrar a despedirse antes de que cerrasen el ataúd.
Mercedes se ofreció a acompañarla, pero ella no quiso, necesitaba estar sola. Santi le lanzó una mirada, quería entrar con ella, pero Pablo le agarró y lo detuvo.
Finalmente entró en la sala, donde el cuerpo de su padre aún conservaba su olor. Con lágrimas en los ojos, le besó en la frente. Después, le agarró su mano inerte, y le acarició el pelo:
- Papá, perdóname. He sido una tonta y me he dejado engañar como tal. Te he abandonado y no he estado junto a ti cuando más lo necesitabas. Mi mala cabeza ha hecho que me olvidará de que tú siempre has sido y serás lo más importante. Tú sólo querías que me fuera de vacaciones contigo al pueblo. ¡Ais, si me hubiera ido, todo habría ido mejor y tal vez no estaríamos aquí! Pero te prometo que volveré al pueblo, y pasaré esas vacaciones que te debo, no será lo mismo sin ti, pero te tendré muy presente. Adiós, papá, y gracias por cuidarme siempre. Te quiero mucho.
_ Tras estas palabras, lo besó de nuevo en la frente y salió, con los ojos llenos de lágrimas. Se derrumbó en los brazos de Mercedes. Pablo quiso ir a abrazarla, pero Santi le lanzó una mirada que hizo que se echara para atrás. Era mejor no hacer cosas que pudieran hacerle enfadar si quería cumplir su objetivo.
Cuando llegaron a parking del tanatorio, Santi la agarró para llevarla al coche. Ella quiso resistirse, pero estaba demasiado afectada como para oponerse a nada, y simplemente se dejó llevar.
El camino al cementerio lo hicieron en silencio, aunque Santi aprovechó para dejarle claro que no tenía escapatoria y que seguía estando bajo su poder:
- Tendrás que agradecerme que te he dejado estar con tu gente, pero a partir de ahora ya tendrás que estar conmigo, te recuerdo que esto no ha acabado, y aún quedan personas queridas para ti a las que puedo hacer daño.
Anne lo miró con una mezcla de ira y de rabia:
- ¡Cómo te atreves a amenazarme de esta manera cuando estoy despidiendo a mi padre! ¡No tienes una pizca de humanidad!
- ¿Cómo puedes decir eso? Te he dejado venir a despedirte de tu padre. Te podría haber dejado en la cabaña, pero he sido bueno.
- Bueno, ¿A qué precio? No me has dejado libre ni un solo instante, siempre vigilando lo que hacía y con quién estaba.
- Es por tu bien. No te conviene volver a relacionarte con ese tal Pablo, no querrás que le pase nada, ¿verdad?
- ¡Sino me has dejado ni abrazarle! He estado muy distante con él y lo ha pasado mal, lo conozco.
- Pues a seguir así. Es un buen chico, no se merece que le pase nada. ¡Pobre! Tan joven...
Desde aquel momento Anne decidió guardar silencio el resto del camino hacia el cementerio. No paraba de llorar desconsoladamente.
Cuando llegaron, Santi la ofreció la mano para bajar del coche, pero ella se la rechazó. Luego, una vez ella se hubo incorporado, Santi la agarró y la llevó del brazo hasta el lugar donde enterrarían a su padre. Ella tenía miedo de rechazarlo, así que solamente se dejó llevar. Ahora lo más importante era despedir a su padre.
Según iba avanzando por el pasillo hacia el lugar donde se situaría la tumba de su padre, el corazón de Anne se iba acelerando. Sabía que era la última vez que tendría cerca a su padre, pero también el último momento para disfrutar de su libertad y de estar cerca de los suyos.
Por fin llegó hasta la tumba donde descansarían los restos de su padre. El coche fúnebre ya había llegado y los de la funeraria esperaban para poder meter el ataúd en su lugar. Anne y Santi abrían el cortejo. Detrás de ellos Mercedes, junto a los padres de Pablo y algunos parientes lejanos de Anne.
Y detrás, Pablo y Luisa, junto a vecinos del barrio y otros amigos de la chica. Esperando el momento oportuno para poder liberar a su amiga.
Cuando el sacerdote llegó y dijo las palabras que precedían al entierro, todos guardaron silencio. Solamente las lágrimas de Anne lo rompían en mitad de aquella soleada mañana.
Cuando por fin terminaron de enterrar a su padre, Anne dio un grito desgarrador, y cayó al suelo. Santi la levantó, y empezaron las muestras de condolencia por parte de los allí presentes.
Fue en este momento cuando Luisa empezó con su papel para ayudar a liberar a Anne.
Cuando terminó de darla el pésame y la abrazó, se acercó a Santi y le dijo:
- Ven un momento conmigo, tengo una cosa muy importante que contarte sobre el padre de Anne.
Santi no terminaba de fiarse, pero finalmente accedió, y se fue a un aparte con Luisa:
- Tú dirás. ¿Qué es eso tan importante que tengo que saber sobre el padre de Anne?
- Veras, es algo muy delicado de contar, pero he de hacerlo para que estés prevenido.
- ¿El qué es tan delicado? ¿Tiene que ver con Anne?
- En parte sí, así que escúchame bien porque no lo voy a repetir más veces.
- Está bien, date prisa en contarme lo que sea que Anne me necesita y me está esperando.
- Es sobre la enfermedad de la que ha muerto su padre. Es hereditaria, y tal vez Anne la padezca algún día. Lo digo porque no va a ser fácil convivir con ella.
- ¿Y todo este jaleo para decirme eso? Anda, déjate de tonterías que no tengo tiempo que perder.
Santi quiso alejarse de aquella mujer que le estaba haciendo perder la paciencia y sobre todo, estaba empezando a perder de vista a Anne, y eso no le gustaba nada, pero ella lo agarró del brazo para seguir con la conversación:
- ¡Espera! También quería decirte que me gustaría ver tus cuadros. Anne no paraba de decirnos lo bien que pintabas y que había que ir a visitar tu buhardilla para ver tu exposición, pero en realidad nunca nos invitó.
Santi estaba a punto de perder la paciencia, pero el que alguien mostrase interés por sus cuadros le halagaba y gustaba a partes iguales:
- ¿De verdad Anne os ha hablado bien de mi pintura?
- Claro que sí, ella estaba impresionada con muchos de tus cuadros y no paraba de decirnos que debíamos verlos. Tengo un amigo que trabaja como galerista, tal vez pueda ayudarte a exponer esos cuadros.
- ¿De verdad conoces a alguien?
- Bueno, en realidad es amigo de mi padre, pero sí, Lucas Delon es uno de los mayores galeristas de Santander, y ha conseguido que más un artista novel se haya dado a conocer aquí y haya llevado su obra fuera de nuestras fronteras.
Santi no se lo podía creer, su gran sueño era exponer, aunque nunca nadie se había fijado en su pintura. Sin dudarlo ni un segundo, miró con entusiasmo a Luisa y la dijo:
- Ahora no es el momento con todo lo que ha pasado, pero en cuanto las cosas se calmen un poco me pondré en contacto contigo para enseñarte mis cuadros. Ahora voy a volver unos días con Anne al lugar donde hemos estado todo este tiempo, la vendrá bien desconectar de todo esto- dijo con una media sonrisa en su cara, aunque en el fondo se estaba desesperando, sentía que estaba dejando demasiado tiempo sola a Anne y algo en su plan podría salir mal.
Mientras tanto, Pablo esperó a que toda la gente acabara de dar el pésame a Anne y, sin perder ni un segundo la cogió de la mano y echó a correr con ella, lo más lejos que pudo hasta llegar al coche. Anne no fue capaz de decir nada, solamente se dejó guiar por su amigo, pues sabía que éste había leído su nota y la estaba ayudando a salir de su propio infierno. Pronto llegaron al coche de Pablo, donde éste la ayudó a subirse al asiento del copiloto, para ponerse al volante. Ella, con lágrimas en los ojos le miró y le dijo:
- ¡Gracias por ayudarme a salir de aquí!- y lo abrazó.
Pablo no pudo reaccionar. Había que salir de allí cuanto antes, así que arrancó el coche y se dispuso a marcharse lo más rápido que pudo.
Santi sintió el ruido del motor y salió corriendo dejando a Luisa con la palabra en la boca. Al ver que Anne no estaba en el cementerio salió corriendo hacia el parking, donde vio que el coche de Pablo tampoco estaba. Rápidamente montó en el coche y salió como alma que lleva el diablo murmurando:
- ¡Maldita sea! ¡No te saldrás con la tuya! ¡Anne es mía y de nadie más!
Pablo iba conduciendo lo más rápido que podía. Había pensado llevar a Anne a la casa que sus padres tenían en Corrales de Buelna, un pueblo que estaba a una media hora de Santander, pero donde Anne pasaría desapercibida y donde a Santi no se le ocurriría buscarla. La ocultaría allí, al menos hasta pensar en una opción mejor. Lo importante era ponerla a salvo.
Pero su alegría no duró mucho, pronto vio por el espejo retrovisor cómo Santi les seguía muy de cerca a toda velocidad. Él trató de acelerar, pero el hombre les pisaba los talones. Anne estaba muerta de miedo, y gritaba entre lágrimas. Parecía que la pesadilla no tenía fin y ella no quería volver a aquella cabaña junto a Santi, antes prefería estar muerta.
Pablo intentó desviarse por un camino de tierra, pero no consiguió despistar a Santi, que seguía muy cerca de ellos, con los ojos desorbitados y muy enfadado, acelerando cada vez más su coche y sin perder de vista a quiénes tenía delante. No podía dejar escapar a Anne. La consideraba de su propiedad y el mero hecho de que estuviera huyendo con otro hombre le sacaba de sus casillas, así que siguió acelerando por aquel camino de tierra. Cada vez se iba acercando más al coche de Pablo, a quién le iba costando aguantar la presión del momento. El coche de repente se detuvo y empezó a salir humo del motor.
Pablo, nervioso, se bajó del coche y ayudó a bajarse a Anne, a quién agarró del brazo mientras echaba a correr, pero Santi también se bajó del coche con una pistola que siempre guardaba en la guantera del coche y empezó a disparar. Una de las balas alcanzò a Anne en el costado. La chica cayó al suelo malherida e inconsciente. Pablo trató de reanimarla, pero pronto escuchó los sonidos de un disparo: sabía que sería el próximo, pues Santi disparaba sin control.
De repente escucharon un ruido detrás de ellos. Era Luisa, que venía detrás de ellos. Ella intentó calmar a Santi, pero no la sirvió de nada:
- ¡Maldita estúpida!, por tu culpa Anne ha estado a punto de escapar y no lo puedo consentir.
Y dicho esto, echó a correr. Solo quería coger a Anne y llevársela de vuelta a la cabaña. Allí él mismo la curaría y se aseguraría de que se recuperaba bien de sus heridas. Volvió a disparar. Quería deshacerse de ese estúpido de Pablo que para él era un obstáculo en sus planes desde el principio. Esta vez la bala alcanzó a Pablo en un hombro y éste cayó golpeándose la cabeza durante la caída.
Luisa pegó un grito. En los últimos tiempos, la cercanía entre ambos y el sufrimiento por la distancia de Anne, había hecho que poco a poco se fueran enamorando, así que ella no podía soportar la idea de perderlo
Poco después se oyeron unas sirenas. Luisa había advertido a la policía de lo sucedido. Santi, aferrado al cuerpo de Anne gritando desconsolado, al escuchar las sirenas, intentó cogerla y huir con ella. Varias unidades de la policía y la Guardia Cívil salieron corriendo detrás de él con el objetivo de liberar a Anne.
Pronto Santi se vio acorralado y viendo la sangre que brotaba de la herida de Anne, decidió soltarla y entregarse. La policía lo detuvo en ese mismo instante, mientras Luisa corría hacia donde yacía su amiga para comprobar que seguía viva, y así era, tenía el pulso muy débil, pero el corazón le latía.
Pronto aparecieron dos ambulancias para llevarse a Pablo y Anne. Luisa fue detrás de ellos en su coche.
Al llegar al hospital decidió avisar a Mercedes para informar de lo que había ocurrido, y ésta no tardó en aparecer para estar cerca de Anne.
Durante unas horas que a ellas les parecieron eternas, Luisa y Mercedes permanecieron en la sala de espera del hospital esperando noticias sobre el estado de salud de Anne y de Pablo. Mercedes no paraba de repetirse: “esta pobre niña, que mala suerte ha tenido”, mientras que Luisa no paraba de llorar pensando en la suerte de Pablo, de quién se había ido enamorando en los últimos tiempos.
Ambas estaban agotadas y sin poder creerse el rumbo de los acontecimientos. Todo había sido muy intenso desde el anuncio de la muerte del padre de Anne y lo sucedido después. Aún estaba intentando recuperarse del shock pero, si para algo les había servido todo esto era para entender a Anne y el por qué de su ausencia. Era una gran chica y las extrañó que abandonara de esa manera a su padre y también su trabajo y a sus amigas de siempre.
Mercedes la quería como a una hija, y sin duda la consideraba una de sus mejores costureras. Tenía un don para diseñar, por eso, desde que acabó la carrera de diseño, la quiso contratar en su pequeña boutique, una de las más importantes de Santander.
Estaban inmersas en estos pensamientos cuando de pronto apareció el médico. Rápidamente, ambas se levantaron y se dirigieron hacia el doctor, que parecía estar buscándolas. Fue Luisa la primera que se atrevió a preguntarle por el estado de Anne y de Pablo:
- Y dígame, doctor, ¿Cómo se encuentran?
El doctor, viendo la cara de preocupación en sus rostros, procedió a responderlas:
- El Señor Pereira tiene una herida superficial en el hombro que ha sido limpiada y curada. Además de ello tiene un traumatismo craneoencefálico, debido a la caída, que hará que le mantengamos en observación para comprobar la evolución. Está bien y consciente, aunque dolorido.
- Muchas gracias, Doctor por la información- dijo Luisa aliviada.
Después fue Mercedes la que, preocupada, quiso saber sobre el estado de la que para ella era una hija:
- ¿Y la chica?
El médico hizo un silencio bastante largo que desesperó tanto a Luisa como a Mercedes. Después, se decidió a hablar:
- La señora Menéndez ha sufrido una herida de bala de bastante gravedad. Ha sido necesario intervenirla durante varias horas. Su estado es grave, pero su vida no corre peligro, aunque el bebé no ha corrido la misma suerte.
Las dos mujeres se miraron, sorprendidas. El médico comprendió que era la primera vez que escuchaban hablar sobre el embarazo de la paciente:
- La señora Menéndez estaba embarazada de varias semanas. Hemos intentado salvar al bebé, pero ha sido imposible. La herida y la pérdida de sangre que ha sufrido la paciente han hecho que el embarazo no haya seguido adelante. Ahora mismo se encuentra sedada, sin ser muy consciente de toda la realidad. Van a tener que estar muy cerca de ella. En cuanto esté un poco más recuperada vendrá la policía a interrogarla. Al parecer ya tenían fichado a ese tal Santi, pues no era la primera mujer a la que engañaba y maltrataba de esta manera. Estaban deseando darle caza. Lástima que haya sido a costa de la chica.
Mercedes y Luisa se miraron. Estaban llenas de dudas e incertidumbres. Fue Mercedes la que respondió:
- No se preocupe, Doctor, que la cuidaremos lo mejor que podamos.
Poco después, Luisa le pidió al doctor con impaciencia:
- ¿Podemos visitarles?
El médico observó la cara de preocupación en el rostro de las mujeres y no tuvo más remedio que dejarlas pasar, eso sí, bajo condiciones:
- Podrán pasar pero durante un breve espacio de tiempo y solo podrá entrar una de ustedes.
Las dos mujeres se miraron, ambas sabían a quién irían a visitar primero, así que acordaron que Luisa iría a la habitación de Pablo, mientras que Mercedes se dirigiría a la de Anne, muy pensativa y triste por ella, pues iba a ser muy difícil que olvidara todo lo vivido.
Luisa llegó a la habitación de Pablo y se acercó a él. Aún estaba con el oxígeno puesto, así que no podía hablar mucho. Cuando la vio entrar, levantó la mano para saludarla y la sonrió. Ella se sentó a su lado:
- ¡Menudo susto que me has dado! ¡No vuelvas a ponerte en peligro de esa manera! Si a ti te pasa algo yo...
Pablo movió su mano para agarrar la de ella, y la chica se sintió más tranquila. Después tumbó la cabeza en su regazo y empezó a decirle:
- Si para algo me ha servido todo esto es para reafirmarme en que te amo, y te necesito en mi vida. Solo pensar en la posibilidad de perderte hace que me dé una gran punzada el corazón.
Él la apretó la mano aún más fuerte y volvió a sonreírla. Durante un instante se levantó el oxígeno que le cubría la cara y acertó a decir:
- Yo también te amo.
Y acto seguido se incorporó para besarla.
Mientras tanto, Mercedes permanecía junto a Anne. La chica estaba totalmente sedada y llena de aparatos. La mujer se acercó a ella y la acarició la mano. Quería que supiera que ella estaba allí, y que la iba a cuidar como en su día prometió a su madre que lo haría. Así pasó todo el tiempo que duró la visita.
Los días fueron pasando y Pablo recibió el alta. Antes de irse a casa decidió pasarse por la habitación de Anne, y cuando la vio, su gesto cambió al contemplarla tan dormida, tan llena de aparatos y sin ser consciente aún de su embarazo y posterior pérdida de su bebé. ¡Qué pena no haber matado a ese hombre con sus propias manos!
A Santi le esperaba una larga condena, pues Anne no era la única chica a la que había engañado y secuestrado. Muchas de esas chicas jamás volvieron a aparecer. Anne había tenido suerte. Aunque la policía estaba esperando a que se despertara para que les hablara del lugar donde Santi la había tenido retenida para ver si encontraban alguna pista sobre aquellas chicas.
CAPÍTULO 8:
El sonido del teléfono, devolvió a Anne a la realidad e hizo que dejara atrás estos dolorosos recuerdos.
Se alegró al mirar su móvil y ver que era Pedro, el hijo de Mercedes, quién la estaba ayudando con el nuevo trabajo que estaba comenzando y que era lo que había hecho que regresara después de tantos años.
- Dime Pedro.
- ¿Estás preparada? En cuanto cuelgue salgo de casa y te recojo.
- No hace falta que me recojas, puedo ir yo misma.
- Bueno, prefiero recogerte y así hablamos de un par de ideas que se me han ocurrido por el camino.
- Está bien, pero no te acostumbres o me tendré que buscar otro asesor- dijo bromeando.
- Seguro que no encuentras uno tan bueno como yo.
- ¡Eso habrá que verlo!
Anne colgó el teléfono mientras una sonrisa se escapaba de su boca. Pedro le había devuelto la ilusión después de cerrarse al amor y a los hombres tras lo sucedido, y sin querer, mientras esperaba a que Pedro llegase, volvió a retroceder en el tiempo.
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Cuando por fin despertó, después de varios días sedada por el dolor y la difícil operación a la que había sido sometida, Anne vio a su alrededor a Mercedes, que no la soltaba de la mano como en los últimos días, y también a Pablo, que todos los días iba a visitarla.
Mercedes no pudo por menos que llorar de la alegría al ver que la chica empezaba a responder:
- Mi niña. ¡Qué bien verte despertar! Nos has tenido muy preocupados.
El doctor empezó a examinarla. Pidió a Mercedes y a Pablo que salieran de la habitación mientras él hacía su trabajo:
- Y bien, ¿Qué tal se encuentra?
- Como si me hubiera pasado un camión por encima. ¡Me duele todo el cuerpo!
- Es normal, ha pasado por un momento muy doloroso, pero pronto se pondrá bien. ¿Recuerda lo que ocurrió?
Anne tenía muy nublados los recuerdos, y solo algunas imágenes de aquel aciago día:
- El entierro de mi padre. De repente Pablo me subió al coche. Corrimos muy deprisa, se detuvo y a partir de ahí se me nublan los recuerdos.
- ¿Sabe usted quién es Santiago Pérez de los Altos?
_ Anne pegó un grito al escuchar ese nombre:
- Por desgracia, sí. Uno de los seres más despreciables que he conocido en mi vida.
- Ese hombre intentó matarla. Ha sido un milagro que aún siga con vida.
Anne estaba en estado de shock. Sabía que Santi era muy peligroso, pero no que fuera capaz de matarla a ella con lo que decía quererla.
- Pero él...me amaba.
- A usted y a las otras cinco chicas a las que también tuvo secuestradas.
Sin poderse creer lo que estaba escuchando, Anne miró al Doctor:
- ¿Qué me está tratando de decir, Doctor?
- Que el hombre que tanto decía amarla es un peligroso delincuente que lleva muchos años engañando a chicas, declarándolas su amor y secuestrándolas, como hizo con usted. Dos de las chicas aún no han regresado.
- ¡No puede ser! ¡Eso es imposible!
- La policía llevaba buscando a Santiago un tiempo en varias ciudades de España en las que actuaba, siempre con la excusa de sus cuadros y de ser un buen pintor.
- Así que he sido una tonta y me he dejado llevar por un delincuente.
- Es un hombre con problemas mentales, aunque no lo parezca.
Anne empezó a llorar, de repente toda su vida empezaba a carecer de sentido. Había perdido a su padre y ahora se enteraba de que su ilusión de los últimos tiempos era un hombre despiadado.
- Tuvo mucha suerte. Su amigo fue muy valiente enfrentándose a él.
_ De repente, Anne se acordó de Pablo, su fiel amigo, quién nunca la había abandonado, a pesar de todo:
- Soy muy afortunada de tener tan buenos amigos.
- Él también salió malherido, aunque corrió mejor suerte que usted y ya está en casa y casi recuperado. La está esperando fuera.
- ¿Y yo cuánto tardaré en recuperarme?
La herida fue muy profunda y tuvimos que hacerle una operación muy complicada. Además...está lo del bebé.
- ¿El bebé? ¿Qué bebé?- dijo poniéndose muy nerviosa.
- ¿Usted no sabía que estaba embarazada?
Anne miró al doctor con el gesto muy contrariado:
- Llevaba un tiempo sin que me viniera el período, pero lo achaqué a la tensión por todo lo que estaba viviendo con Santi.
- Pues estaba embarazada de unas cuantas semanas, pero, por desgracia, su herida era muy grave y no pudimos hacer nada por salvar a su hijo. Lo siento mucho.
Tras escuchar esto, la chica empezó a llorar desconsolada, llena de rabia y de ira. Sabía que era un hijo fruto de noches de maltrato y humillación, pero saber que lo había perdido para ella fue un duro golpe.
- No se preocupe, no ha quedado dañado ningún órgano importante y podrá volver a ser madre cuando desee.
- Me temo que eso tardará mucho tiempo en suceder. ¿Ya ha terminado? Por favor, déjeme sola.
- Está bien, si así lo desea...pero cuando esté preparada tendrá que responder a las preguntas de la policía. Será muy importante para poder encontrar a las dos mujeres desaparecidas.
- Tenga un poco de compasión. Ahora no me siento con fuerzas ni ánimos de responder nada y mucho menos de recordar aquel infierno.
- Lo sé, pero tal vez el tiempo consiga que pueda ayudarnos.
El doctor salió de la habitación y la dejó sola. Anne lloró sin parar, llena de rabia, de dolor, de frustración. Cuando Mercedes entró en la habitación no pudo por menos que abrazarla fuertemente e intentar consolarla, aunque sabía que eso era algo imposible:
- Anne, cielo, ya pasó, ya estamos aquí para ayudarte y para hacer entre todos que olvides esa pesadilla.
Anne se aferraba con todas sus fuerzas a Mercedes, en ella parecía encontrar algo de consuelo:
- No la voy a olvidar, Mercedes, nunca me voy a sacar de la cabeza las atrocidades por las que me hizo pasar ese hombre ni tampoco que por su culpa mi hijo...
- Cariño, ese niño no iba a hacer más que recordarte a ese hombre todos los días. Piensa que en el fondo es lo mejor que te podría haber pasado.
- Ya, pero era mi hijo y yo lo habría querido tanto...y tal vez no me habría sentido tan sola como me siento ahora.
En ese momento, Pablo y Luisa entraron en la habitación. Fue su amigo quién habló:
- No vuelvas a decir eso nunca jamás. Tú no estás sola, nos tienes a nosotros, siempre nos has tenido y vamos a intentar que salgas de esto, te lo prometemos.
Anne intentó sonreir, pero no tenía motivos para hacerlo. Ahora mismo su vida no tenía sentido, solo quería dormir y no despertar nunca, o hacerlo tiempo atrás, antes de conocer a Santi, cuando era feliz cuidando de su padre y con sus paseos por la playa con Pablo, sus salidas y confidencias con Luisa y su trabajo en la tienda de Mercedes. Todos esos recuerdos la hacían feliz, todo lo que pasó después solo la hacía odiarse a sí misma por haber sido tan débil y caer en las garras de Santi.
Los días pasaban y Anne no lograba recuperar el ánimo. Cada vez estaba más alicaída y sin ganas de nada, ni siquiera de comer, lo que hacía más lenta su recuperación. Mercedes no se separaba de ella e intentaba hacer que comiera algo, pero era inútil, la chica no se sentía con ganas ni con fuerzas de seguir adelante.
La policía tampoco ayudaba. Cuando se enteraron de que Anne había despertado, acudieron a interrogarla, y, aunque ella no quería recordar nada de lo vivido, optó por responder a las preguntas, más que nada por ayudar a las otras chicas y evitar que alguien más pasara por el mismo infierno.
- Y dígame, señorita, ¿Cómo conoció al señor de los Altos?
- Ya se lo he dicho las veces anteriores, una noche, cuando yo estaba entrando en casa, me llamó la atención y me preguntó por sitios donde poder ir a tomar algo.
- ¿Y usted que hizo después?
- Pues decidí acompañarle a Cañadío, me parecía de ser poco cortés no acompañar a alguien que era nuevo en la ciudad.
- ¿Y después que pasó?
- Pues que nos vimos algún día más y se marchó.
- Pero volvió a aparecer...
- Si, no tardó mucho en hacerlo, y maldita la hora.
- ¿Y actuaba de la misma manera que la vez anterior?
Anne respiró fuerte antes de continuar. Las lágrimas empezaban a aparecer por sus ojos. Bebió un poco de agua y siguió.
- Al principio sí, pero luego empezó a aparecer a todas horas donde yo estaba, me pasaba a buscar a la tienda con la excusa de invitarme a comer, me llevaba a su buhardilla con cualquier pretexto... no me dejaba estar con mi amigo Pablo, ni casi ver a mi padre, e incluso provocó que descuidara mi trabajo. Se volvió muy posesivo, y me hablaba mal de Pablo, estaba celoso.
- Y entonces un día decidió secuestrarla.
- La excusa eran unas vacaciones, pero él simplemente me fue a buscar a la tienda, me montó en su coche y me llevó con rumbo desconocido, hasta que aparecimos allí, en una cabaña en medio de la nada...
- ¿Y cuánto más o menos tardaron en llegar a ese lugar? Es muy importante que lo recuerde por si nos puede ayudar a encontrar a las dos chicas desaparecidas.
- No lo recuerdo bien, pero unas dos horas.
- ¿Y podría describir el lugar?
- Si, era una cabaña pequeñita, y alrededor todo era bosque. Cuando salíamos a dar un paseo, solo había árboles y más árboles y nunca se veía el fin.
- Vale, nos ha sido de gran ayuda. Buscaremos zonas de bosque a dos horas de aquí aproximadamente. Muchas gracias por responder a las preguntas.
Y así, durante varios días la policía estuvo yendo a preguntarla por si recordaba algo nuevo, pero ella solo quería desaparecer.
Pasadas unas semanas, Anne recibió el alta. Físicamente estaba mejor, aunque aún debía tener cuidado con la herida y no hacer grandes esfuerzos, pero mentalmente estaba peor que nunca. No tenía ganas de hablar, y apenas probaba bocado. Mercedes tenía que hacer grandes esfuerzos para que lo hiciera.
Por las noches no dormía, pues tenía terribles pesadillas en las que soñaba que Santi la perseguía y volvía a encerrarla y maltratarla y no paraba de escuchar el llanto de un bebé, su bebé, aquel que se malogró.
Volver a su casa no hizo sino empeorar su estado de ánimo. Estar allí y ver a su padre en cada esquina, sentado en su sillón, no hacía sino entristecerla aún más y que lamentase estar viva y que su padre hubiera muerto. Ella no lo merecía, su padre sí.
Mercedes y Pablo tenían mucho miedo de que hiciera alguna locura, por lo que se turnaban para estar con ella día y noche, junto con Luisa. Entre los tres intentaban que no estuviera sola.
Pasaban los días y, poco a poco Anne iba recuperando el ánimo, pero las pesadillas seguían apareciendo en cuanto caía dormida, ya fuera por la noche o si intentaba echarse una cabezadita por la tarde. Esto hacía que la recuperación estuviera siendo más lenta. Además, se negaba a salir de casa, pues todo la recordaba a Santi y todo lo vivido.
Mercedes no sabía cómo ayudarla, incluso se había planteado internarla en alguna casa de reposo que la ayudara a olvidar todo aquello, pero de repente, la manera de ayudarla apareció en forma de carta.
Helena, la amiga con la que había empezado su negocio y que la dejó para montar el suyo propio en Inglaterra la invitaba a participar en un curso de diseño impartido por los grandes diseñadores de Inglaterra y del mundo entero. Una gran oportunidad de aprender.
Mercedes leyó la carta una y otra vez. Sabía que ella no podía ir a aquel curso, por edad y porque tenía un negocio que atender, pero tal vez fuera la oportunidad para que Anne escapara de todo aquello y, durante un tiempo, pudiera empezar de nuevo en otro lugar.
Sin pensárselo dos veces, esa misma tarde, Mercedes se lo comentó a su pupila que, sentada en el viejo sofá de su padre, intentaba hacer unos crucigramas para distraer su mente. La chica estaba pálida, había perdido color, tenía unas grandes ojeras, había adelgazado y estaba muy descuidada. Mercedes se acercó a ella, la quitó los crucigramas de las manos y la dijo:
- Anne, verás, tengo que proponerte algo.
- ¿De qué se trata? Ya sabes que no tengo ánimos para grandes logros.
- Sé que no estás pasando por un buen momento, y que este lugar, esta ciudad, solo te traen recuerdos.
- Recuerdos que querría borrar de mi mente, pero no puedo-dijo sollozando.
- He recibido una carta que tal vez pueda ayudarte.
- ¿De qué se trata?
- Es un curso de diseño, en Londres, con grandes diseñadores del mundo. Es una gran escuela para grandes aprendices como tú. Eres mi mejor costurera.
- Yo no soy tan buena como tú te piensas.
- Lo eres. Te he visto trabajar codo con codo conmigo y realizar grandes creaciones para mi tienda. Creo que este curso está hecho para ti, e irte fuera una temporada te ayudará.
- La verdad es que un cambio de aires no me vendría mal...tal vez me ayude a olvidar todo esto.
- Entonces, ¿Qué me dices? ¿Te apunto? Ni que decirte que yo corro con todos los gastos como empleada y pupila mía que eres.
- No tienes que molestarte, Mercedes, ya estás haciendo bastante por mí. Nunca podré agradecértelo lo suficiente.
- Sabes que te quiero mucho. Prometí a tu madre cuidarte. Me basta con que me digas que lo pensarás.
- Está bien, lo haré. Dame unos días.
Aquella noche, Anne no pudo dormir, y no solo por las pesadillas, sino porque no paraba de darle vueltas a la propuesta de Mercedes, por un lado, era una oportunidad para salir de allí, por otro, sentía algo de miedo, no sabía si estaba preparada.
A la mañana siguiente, a pesar de lo que la costaba salir de casa, decidió salir y dirigirse hacia su lugar favorito: la playa del Sardinero. Pasear por ella y sentir el mar en sus pies, la ayudaba a reflexionar y a tomar decisiones.
Hacía tiempo que no paseaba por allí, y la pareció que el mar estaba más en calma que nunca y la playa era más bonita aún, por lo que decidió sentarse en la orilla, mientras escuchaba el sonido de las olas que tanto la relajaba.
Tan concentrada estaba en escuchar ese sonido, que no se dio cuenta que alguien aparecía por detrás. Al principio se asustó, pues el recuerdo de Santi estaba aún muy presente, pero luego lanzó una leve sonrisa al ver que se trataba de Pablo, su fiel amigo Pablo. Él se sentó junto a ella y dijo:
- AL ver que no estabas en casa supuse que estarías aquí.
- Me conoces demasiado bien.
- Me alegro que te hayas atrevido a salir de casa. Esa es una buena señal. Nos has tenido muy preocupados.
- En realidad, he venido porque necesito darle vueltas a algo.
- ¿Y qué es eso que te tiene la cabeza tan ocupada?
- Una propuesta que me ha hecho Mercedes, de ir a un curso de diseño en Londres.
- ¡Eso suena genial! Y ¿A qué estás esperando para irte?
- No sé, tengo miedo. No quiero decepcionar a Mercedes que ha confiado tanto en mí y me ha ayudado mucho.
Pablo sostuvo sus manos:
- Mira, te conozco desde niños, cuando hacías trajes para tus muñecas, y tienes unas manos prodigiosas. No vas a decepcionar a nadie. Va a ser una gran oportunidad para ti y tienes que aprovecharla. Además, te vendrá bien pasar una temporada fuera de todo esto.
- Lo sé. Echaré de menos el mar. Nuestra Playa, el Faro del cabo Mayor, a Mercedes, a ti...
- Te estaremos esperando. No te vas para siempre. Solo el tiempo que necesites.
- Gracias, Pablo, por entenderlo, y por no dejarme nunca sola. Has demostrado ser un amigo de verdad. Lástima que yo haya estado tan ciega.
- Bueno, los amigos estamos para esto, ¿no? En lo bueno, en lo malo, cuando la tempestad se vuelve brava y cuando todo está en calma. Sino, ¿De qué nos sirve tener amigos?
- Cualquier otra persona me habría abandonado a mi suerte, pero tú estuviste ahí y arriesgaste tu vida por mí.
- Porque eres una persona muy importante en mi vida. Alguna vez llegué a sentir algo más que amistad por ti. Nunca fui correspondido. Ahora sé que lo nuestro no habría funcionado. Estamos mejor como amigos.
- Luisa es muy afortunada de tener a alguien como tú en su vida.
- Y yo de teneros a las dos. Sois dos pilares muy importantes en mi vida. Y ahora vamos a darnos un baño: “¡Tonto el último!
Pablo echó a correr por el agua tratando de que Anne lo persiguiera. Ella dudó un instante, pero de repente se levantó y fue detrás de él. Ambos disfrutaron y rieron como en los mejores tiempos. Parecía que Anne comenzaba a mejorar.
Un mes después, Anne ya totalmente recuperada de las heridas físicas, aunque aún sin recuperar las psicológicas, partió hacia Londres. Mercedes la llevó al aeropuerto donde la estaban esperando Luisa y Pablo para despedirla:
- Te vamos a echar de menos, pero es algo necesario para Ti. Queremos ver a nuestra Anne de siempre.
- Esa Anne volverá, os lo prometo. Lucharé por ello.
Luego se acercó a sus dos amigos:
- Os deseo que seáis muy felices juntos. Os lo merecéis.
Y dicho esto se dirigió a la puerta de embarque para coger el avión que la llevaría a su nueva vida.
_ Recordando aquel día, Anne suspiró. Su viaje a Inglaterra había durado más de lo esperado. Estuvo 10 años allí, pues una vez terminado el curso, la ofrecieron trabajar para una importante marca de ropa y ella, viéndolo como una oportunidad para desarrollarse profesionalmente y para olvidar todo lo sucedido, aceptó.
Durante este tiempo solo volvió para la boda de Luisa y Pablo y disfrutó junto a ellos de su felicidad. Luego volvió a Londres, donde poco a poco fue olvidándose de todo lo ocurrido y las pesadillas desaparecieron según iba pasando el tiempo.
Fue Mercedes la que nuevamente la hizo volver. La llamó para pedirla un favor muy especial: ella iba a jubilarse y quería que se hiciera cargo de su negocio.
Nuevamente, Anne tuvo que pensarlo mucho, pero decidió que era el momento de regresar. Compró una casa a las afueras de la ciudad, más cerca de las montañas, donde pudiera respirar aire puro, aunque siempre que podía se escapaba a su playa al salir del trabajo.
El primer día de su nueva tarea se encontró con Pedro, el hijo de Mercedes, quién estaría al principio de la nueva andadura del negocio para ayudarla en lo que necesitase, sobre todo en lo que a papeleos y cuentas se refería.
Aunque al principio recelaba de esta ayuda, poco a poco los dos fueron congeniando y entre ambos había surgido una bonita conexión que iba más allá de la amistad.
EPÍLOGO:
El día de la inauguración de la nueva tienda, Anne estaba radiante. Llevaba un vestido rojo de satén, hecho por ella misma. Junto a ella, cogido de su brazo iba Pedro, que no podía estar más feliz de estar a su lado.
Esa noche ambos hicieron oficial su compromiso. Anne había vuelto a creer en el amor gracias a él, que además la había hecho olvidar a Santi.
De él no volvieron a saber nada, sólo que fue condenado a muchos años de prisión. Una de las dos chicas desaparecidas fue encontrada gracias a las declaraciones de Anne. La otra aún seguía en paradero desconocido.
A la inauguración no podían faltar Luisa y Pablo, que, emocionados, anunciaron que muy pronto se convertirían en padres de su primer hijo, que tendría a Anne como madrina.
De ello ejercería una orgullosa Mercedes en la boda de su hijo con su pupila. No podía haber algo que la hiciera más feliz que verles juntos y enamorados y que su hijo hubiera devuelto la ilusión a la chica después de todo lo vivido.
Todos juntos acompañados de otros amigos y familiares posaron para la posteridad en una foto de familia que Anne y Pedro siempre tendrían colgada en su salón.
Junto a Pedro, Anne logró olvidar lo vivido con Santi y aquella pesadilla que había vivido años atrás.
FIN
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