mamá
02046s
Otra vez es sábado, pero ya no, no ese mismo sábado. Pasé por mi dormitorio, miré mi libro de dibujos y busqué en ellos alguna señal, miré la soledad, mientras que mamá estaba en su cuarto buscando los álbumes de fotos donde estaba toda la familia. Observé sus ojos cansados y llorosos, sus mejillas desgastadas de las lágrimas, y su cabello con rayos blancos, pero, ya no.
Salí a caminar sin ningún rumbo, ¿los días son más fríos o solo soy yo?, es extraño, desde los 8 años la ciudad no tiene el mismo color. Anduve, anduve por los parques, por las calles, por los lugares que se convirtieron especiales, la nostalgia entraba en mí, solo podía recordar todos los momentos que pasé con ellos.
Fui a aquel lugar, aquel pequeño parque con poca hierba y dos árboles grandes que movían sus ramas cada viernes en la noche, mientras buscaba en esa banca nuestras huellas y trataba de descifrar lo que decía el viento, las canciones que escuchábamos zumbaban en mis oídos, pero, ya, ya no es así.
Pasé por aquel segundo piso y desde la calle miré y grité tu nombre lo más alto que pude, pero no saliste, no bajaste corriendo a abrir la puerta mientras tu mamá me saludaba desde la ventana, no vi tu largo cabello negro de nuevo ni sentí tu aroma al abrazarte ni oí tu voz saludándome.
Miré aquella hoja que guardé en una carpeta cuan tesoro fuera, con 4 huellas plasmadas en ella, recordé ese momento y escuché las risas de esa noche en mi cabeza, fui a tu casa y toqué tu puerta con la esperanza de que me abrieras, pero qué más daba, sabía que no lo harías, pero prefería vivir con la ilusión de que saldrías y me abrazarías.
Interrumpí mi recorrido para pensar cada momento que pasé con tantas personas que hoy solo son recuerdos y aturdirme con la idea de que todo ya era así y nada iba a cambiar, que por mucho que soñara mis manos ya no iban a tocar y mi voz no se iba a escuchar. No, ya no.
Aquellas fotos de mi grado y las pinturas que yo hacía siguen en el clóset de madera que mamá me regaló, pero ella no las ha visto, no quiere verlas, o quizá teme que en ellas encuentre cosas que prefiere no hallar, quiero pasárselas, decirle que son suyas, que las tenga en su mesa de noche, pero me detengo de manera inconsciente.
Ahora quiero ver a mi papá, preguntarle por qué todo fue así, y abrazarlo más veces de las cuales rechacé sus brazos abiertos, decirle que no fue su culpa, que quizás fue la mía.
Han pasado 15 días y el mundo sigue en pie, todos salen a trabajar, mis compañeros van a estudiar, la luna alumbra las noches, nada va a cambiar. Busqué la manera de llorar y soltar todo lo que llevaba, pero era imposible, nadie estaba para mi y no quería a nadie cerca. Tenía rabia, mucha rabia de seguir sintiendo, pero, ¿cómo dejo de sentir?, si ya agoté cada recurso que quedaba y nada ha funcionado.
De nuevo en mi cama, el cuarto está frio y la mesa llena de polvo, no hay luz, todo es tranquilo, pero sigue existiendo ruido, mucho, mucho ruido. Trato de cerrar mis ojos y respirar, nuevamente dormir y dejar de existir por un momento para no pensar en nada de lo que pudo haber sido, pero ya no, no puedo.
Mamá está llorando, escucho su lamento desde mi cuarto. Su piel está pálida y la cocina sigue intacta, la comida se ha dañado, y el café está destapado, las flores están secas y la loza no se ha lavado, ni la ropa, ni mi ropa, ni mis peluches, ni mis almohadas, ni el plato donde comí esa mañana.
Extrañé mi rutina, ir de nuevo, escuchar música, reír con ella, escuchar sus largas historias y desear que estuviera, ver películas juntos y hacer llamadas la noche entera, pero ahora es imposible, cada uno sigue su vida, con nostalgia o recuerdos vagos, con tristezas o alegrías, en soledad o en compañía, pero todos, todos siguen sus vidas.
Mi familia está reunida, escucho desde la puerta los recuerdos que comparten y las pequeñas risas en medio del largo llanto y el gris de la noche, mi abuela ya no habla, solo pasa delirando y preguntando donde está, y lo mucho que extraña su casa, su cama, sus cobijas, su almohada, su mamá.
El teléfono suena, una, y otra, y otra vez, son personas que curiosas del dolor ajeno quieren parecer amables con sus pesares, mamá ya está cansada de repetir la misma historia, prefiere silenciar el celular e ignorar lo sucedido, ahora todo está en silencio, nadie quiere decir nada, nadie quiere decir lo mismo, prefieren que la compañía susurre silenciosamente “estamos contigo”.
El tiempo pasa y cada uno regresa a su casa mientras el reloj avanza. Ya no queda nadie en la sala, solo mamá y mi tía quien la calma, ofreciendo un té de hierbabuena para dormir, por fin, una noche completa. Quiero abrazarla, decirle que todo estará bien, pero me siento egoísta, no soy yo quien siente su dolor, no tengo derecho alguno de interrumpir su lamento y repetir palabras vacías.
La noche cada vez se hace más fría, y veo la luna esconderse entre las nubes, no existe cuerpo alguno en la casa y las lámparas se han apagado, de nuevo escucho el susurro del viento y la tristeza que me habla, me he quedado solo, siempre he estado solo, pero esta vez aún más.
Llega la mañana, pero esta vez sin alegría, ya no me despierta mamá para ir de compras junto a papá, ya no veo aquella serie mientras la ayudo a cocinar, ya no escucho el cantar de las aves que se acercan a la ventana, ya no, ya no soy un niño, ya no tengo seis años, ya no.
La nostalgia me consume poco a poco, de nuevo recuerdo, recuerdo aquel momento, y otro, y otro más, ¡¿de qué sirve?! Si no podré volver, solo me aferro a ese sentimiento, a aquello que no fue, a eso que no pasó, a lo que viví, a lo que pudo ser, me siento cada vez más solo, más perdido, más melancólico, más, más olvidado.
Miro mi clóset, mis libros están ordenados, empolvados, extraño sentir la alegría que tenía cuando los leí, y me doy cuenta que siempre ha sido así, extraño, siempre extraño, y cuando lo hago deseo retroceder el tiempo y ser feliz por un momento, no me fijo en el ahora, no vivo en este lugar, siempre estaré buscando algo, un sentimiento, una manera de olvidar el dolor.
Escucho que mamá salió, esta vez sin arreglarse, ya no se ve triste, se ve resignada, se ve cansada, muy cansada. Llevaba una blusa negra y su cadena de oro, un jean de tela, su cabello desordenado, camina lento, muy lento. El día está tranquilo, como si el cielo le diera la fuerza que necesita, voy a sus espaldas, en silencio, no quiero interrumpir, no tengo la valentía para hacerlo.
Pasó por la floristería, señaló un ramo de margaritas, “blancas, por favor”, hace mucho no escuchaba su voz, me sentí extraño, ajeno a ella, como si la relación de madre e hijo que establecimos durante tanto tiempo ya no existiera. Sacó de su cartera para pagar el ramo, agradeció con una pequeña sonrisa fingida, y siguió, caminó.
Pasó por muchas calles, su mirada vacía ignoraba lo que pasaba a su al rededor, y por fin, al caer la tarde, llegó. Una leve brisa acarició su rostro, ella entró, entró al cementerio y caminó, se dirigió hacia la tumba con mi nombre y lloró, lloró todo que había guardado durante tanto, sus lamentos se escucharon, pero no podía hacer nada, no, ya no, ya no estaba.
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