Los Ojos del Moro
Claudina
En 1829, el general unitario cordobés José María Paz, invade Córdoba. Su gobernador, el caudillo federal Juan Bautista Bustos, le pidió ayuda a Quiroga, quien ingresó a la provincia evitando las fuerzas de Paz, que había ido a su encuentro; Facundo Quiroga llegó a la capital, pero para evitar el sufrimiento de la población decidió enfrentarse con Paz, en la batalla de la Tablada el 22 de junio, la superior capacidad psicológica de Paz para manejar su artillería decidió un final a su favor. Quiroga, fue derrotado, el 23 de junio debió regresar a la Rioja, pero más derrotada estaba su alma, porque dado el cansancio de su Caballo Moro, tuvo que dejarlo en el lugar, para poder escapar. Llevó consigo algunos prisioneros, pero su espíritu se decayó notablemente. Al llegar a la Rioja encontró algunos unitarios festejando su derrota. Como reguero de pólvora cundió el comentario de que mandó a matar a algunos, y al resto del pueblo le ordenó ir a los a los llanos de su estancia para que destruyesen todo lo que pudieran llevarse. De allí el mote de: “Tigre de los llanos”.
Poco después regresó con su familia, su enfermedad, con la que luchaba hace años, avanzaba. La furia por haber perdido a su caballo se apodera de él, imaginó que podía recuperarlo, y volvió a las batallas, sin éxito, ya que nunca lo encontró, a ese animal que fue una parte de él mismo, en su camino por la vida.
Agosto de 1830, frio y cruento atardecer, en un pequeño pueblo en medio de la pampa argentina, la lluvia caía torrencialmente y un viento huracanado silbaba entre los árboles. Varios hombres nos encontrábamos reunidos en el bar del lugar para despuntar el vicio, de pronto el ruido sordo de un tropel nos sorprendió, casi a un mismo tiempo nos levantamos y salimos en medio del vendaval a mirar qué pasaba.
Una figura casi demoníaca se dibujaba en la oscuridad, aproximándose con la velocidad de un rayo. Sus ojos saltones brillaban, todos retrocedimos para cederle el paso, pero al momento di un paso hacia adelante y un fuerte silbido. El animal sin saber por qué se detuvo, quedó inmóvil en medio de la calzada, volví a silbarlo y el animal giró con paso firme y lento hacia mí. Nadie entendía por qué, y se fueron alejando mientras comentaban: ¡parece cosa de mandinga! ¡Qué valor el mozo! ¡Se lo va llevar puesto!
El caballo de gran porte se detuvo junto a mí, sin mirarme siquiera; de las largas crines chorreaba el agua, en segundos ambos estábamos empapados por el agua.
- ¿qué haces por acá? Le dije. El animal como entendiendo la pregunta movió apenas su pata derecha.
Insistí: ¿acaso no tienes un dueño que te cuidé?
El caballo suspiró como respondiendo, intenté tocarlo, rápidamente me di cuenta de que no lo lograría, al menos en ese momento.
- “Resultaste arisco”, comenté. El animal giró levemente la cabeza, y por fin me miró, ambos nos detuvimos con nuestras miradas como estudiándonos el uno al otro. Un relámpago iluminó el momento, el caballo era gris azulino y sus crines rojizas.
- ¿Caminamos? Le dije y comencé andar, pronto sentí sus pasos cerca de los míos. “Que noche nos tocó”, comenté, y un relincho suave se escuchó. Llegamos al corral, lo alimenté con mis manos y me despedí. Caminé hasta el rancho sin dejar de pensar en el animal, ¿que se escondía bajo esa esbeltez soberbia y temerosa?
Al amanecer del día siguiente el sol se vislumbraba cuando llegué al potrero, y estaba allí, de pie en medio del corral, como esperándome. “Que extraño animal” pensé, le llevé un terrón de azúcar, él comió suavemente de mi mano. Ese animal tenía algo especial, no era un caballo común y corriente. Sus ojos parecían hablarme, por un instante pensé “estoy enloqueciendo”. Lo acaricié y él refregó su cabeza sobre mi hombro, es claro me dije, tuvo un dueño que le dio amor y cariño. El animal era afectuoso, solo estaba asustado. Lo miré a los ojos y le dije:
- Mi nombre es José, y juntos recorreremos a diario este campo. Te miro y recuerdo la historia que llegó a mis oídos respecto del caballo de un caudillo federal, mucho se habló de la extraña relación entre ambos; porque llevas su color te llamaré “Moro”, y en adelante seremos compañeros de camino.
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