LAS DUDAS Y LAS SOSPECHAS
oscargpinco
LAS DUDAS Y LAS SOSPECHAS
Hace ya tiempo que me atormentan las dudas. Dudo de todo. Pero mis dudas no tienen nada que ver con cuestiones existenciales, como podría ser dudar de si tiene sentido mi vida, o metafísicas, como podría ser dudar de si los humanos somos los únicos habitantes inteligentes del universo o no, o, tal vez, dudar entre creer que la muerte es el fin de todo o que, en cambio, puede existir algún tipo de continuidad después de la misma. No. Para nada. Jamás dudé de ese tipo de cosas porque jamás me interesaron. Soy una persona simple. Alguna vez alguien me calificó como “un tipo chato, relativamente sólido intelectualmente pero, por eso mismo, sorprendentemente chato, sin inquietudes espirituales”. Lo recuerdo de manera textual porque en ese momento me impactó. Me sentí ofendido. Analizándolo hoy, es posible que tuviera razón. No me avergüenza reconocerlo. Mis dudas tienen que ver con mi vida cotidiana, con mi entorno. Para ser más específico, dudo de los que me rodean. Y sospecho de casi todos.
La primer gran duda que me asaltó, que no solo persiste aún sino que es cada vez mayor, tiene que ver con mi esposa. Dudo de su amor y, por supuesto, esa duda me hace sospechar de su fidelidad. Para ser honesto, ella nunca me dio ningún motivo específico como para que yo tenga dudas de ese tipo. Seguimos teniendo una vida sexual plena, diría que apasionada, y sigue siendo la misma persona que fue siempre conmigo, cariñosa, atenta y pendiente de mis deseos y necesidades. Justamente ese es el problema. No dejo de pensar en que es dudoso que, con el tiempo de convivencia que llevamos, no manifieste ningún desgaste y siga amándome de la manera en que aparenta hacerlo. Como no dudar, si yo estoy cada día más gordo y abandonado físicamente y ella, que va casi todos los días al gimnasio, cada vez más hermosa. Es muy raro. Sospecho que está fingiendo. Y sospecho que lo hace para evitar que yo me dé cuenta de que tiene un amante. Hace rato que vigilo sus movimientos pero no detecto nada sospechoso. Mi hermano Javier, la única persona en la que siempre he confiado plenamente, no se cansa nunca de decir que Andrea, así se llama mi mujer, es la persona más enamorada de su marido que conoció en su vida y que mi inseguridad y falta de autoestima me estaban volviendo loco. Puede ser, pero yo sigo dudando. Y sospechando.
Otra duda que tengo, que es relativamente reciente, está relacionada con la vigencia en el tiempo del afecto de mis amigos hacia mí. Somos un grupo de cuatro amigos íntimos que nos conocemos desde la adolescencia. Más allá de encuentros frecuentes entre algunos para tomar un café, desde hace años y casi invariablemente, nos reunimos los cuatro a cenar el primer jueves de cada mes, siempre en la misma parrilla, por lo cual nunca hizo falta una organización previa de cada reunión porque ya se daba por sentada la misma. Lo único que sí se hacía era una confirmación de asistencia por whatsapp. Por supuesto, ocasionalmente podía faltar un integrante por algún motivo, pero no era frecuente porque todos lo considerábamos un compromiso casi religioso. Pero este mes, cuando llegó la fecha de reunirnos, ocurrió algo muy raro, que me generó dudas. Lo que pasó es que el único que confirmó presencia fui yo. Todos los demás avisaron que no podían ir, argumentando distintos motivos: cena de trabajo, malestar estomacal y necesidad de madrugar por compromiso laboral, respectivamente. Sospecho que están complotados y que se reunieron sin mí, me excluyeron. Cuando le conté a Javier, se rió y dijo que era entendible porque debían estar aburridos de que en cada reunión mi único tema fueran las sospechas sobre Andrea. La verdad es que no me parece una causa válida porque, al ser íntimos, es frecuente que hablemos de nuestros problemas personales. Pero, ¿será posible que me esté volviendo obsesivo y monotemático con ese tema?
Sé que parece absurdo, pero también he empezado a dudar de mi perro, Toto. Dudo de que siga profesando la misma lealtad y obediencia que siempre ha tenido hacia mí. A Toto lo tenemos desde muy cachorrito y yo me encargué de adiestrarlo. Desde ese momento siempre tuvo claro que su amo era yo, y eso hizo crecer entre los dos un sentimiento muy fuerte, casi de amor. Pero hace unos días que Toto está raro conmigo. Por ejemplo, algo que me mortificó mucho es que desde la semana pasada dejó de venir conmigo al living y echarse a mi lado mientras yo miraba televisión, cosa que nunca había dejado de hacer, y prefiere quedarse echado al lado de Andrea, en la cocina. La otra cosa rara que empezó a hacer es que, desde hace unos días, no siempre obedece mis consignas. Un ejemplo de eso pasó la otra noche, cuando lo saqué a pasear. Antes, cuando llegábamos a una esquina,Toto, que nunca usó correa, se paraba a mi lado mirándome, esperando la orden de cruzar. Pero esta vez se echó mirando para el lado opuesto a donde estaba yo y, cuando le di la orden de cruzar, me ignoró olímpicamente. Siguió echado y mirando para otro lado. Repetí la consigna tres veces y nada. Me dio tanta bronca que di media vuelta y me volví. Recién cuando vio que abría la puerta de casa, el tipo se paró y pegó la vuelta, caminando despacio, sin ningún apuro. Ese animal me tiene desorientado. Lo que sospecho es que se aburrió de mí. Cuando le comenté a Javier mi sospecha, se volvió a reír mucho y dijo que dudaba de que la naturaleza de los perros les posibilitara aburrirse, pero que, de ser eso posible, no creía que pudiera pasarles con sus amos. No sé. Tengo que reconocer que soy una persona un poco aburrida. Quizás Toto recién ahora se haya dado cuenta de eso.
Pero algo angustiante, que me hizo sentir que mi mundo y mi vida literalmente se derrumbaban, pasó hace apenas dos días. Con Javier y su mujer, Alejandra, somos bastante unidos y solemos reunirnos seguido. Es más, las mujeres son bastante amigas. Este sábado que pasó decidimos ir a cenar afuera juntos. Lo estábamos pasando bastante bien, como siempre. Recuerdo que, mientras cenábamos, Andrea y Javier se complotaron, como les gusta hacer a veces, para burlarse de mis pequeñas dudas e inseguridades cotidianas, sabiendo que, como a mí me molesta un poco, no mucho, trato de defenderme justificando esas dudas con argumentos que les resultan tan absurdos y cómicos como las propias dudas. Pero, en un determinado momento, después de hacer un comentario irónico sobre el tema, Javier, que estaba sentado frente a mí, le guiñó el ojo a Andrea, que se sentaba a mi lado, e, inmediatamente después, le sonrió de una manera que me pareció rara, que me molestó. La verdad es que, aún hoy, no logro explicarme a mí mismo qué tuvo de rara esa sonrisa y por qué me molestó. Lo que pasó a partir de ese momento fue que, inevitablemente, se desató una tormenta dentro de mi cabeza que creció de manera descontrolada hasta que, en tan solo unos minutos y como tantas otras veces, dejó nuevamente instaladas, como amas y señoras, a las reinas de mi mente enfermiza: LA DUDA Y LA SOSPECHA. Pero, aún en medio del remolino de pensamientos que se me cruzaban, podía darme cuenta de que esta vez la cosa era distinta a otras veces, mucho más grave y dolorosa. Mi cabeza me estaba haciendo dudar de la lealtad de la única persona de la que jamás había dudado, mi hermano, y me estaba haciendo sospechar que él podía ser el amante que yo creía que tenía mi mujer, lo que también no era más que otra sospecha. Lo increíble de todo esto es que, a pesar de que el terremoto interior que tenía me impedía seguir la conversación de los demás, con un gran esfuerzo lograba contestar, no sé si coherentemente, las preguntas que me hacían, hasta que llegó el punto en el que me di cuenta que estaba por estallar y les rogué que nos fuéramos lo antes posible porque me sentía descompuesto de los intestinos.
Desde esa noche se instaló nuevamente dentro de mi cerebro la misma batalla virtual de siempre entre una parte del mismo, la racional, y la otra, la paranoica. La primera trató de convencer a la segunda de que todo era una locura sin sentido ni justificación, de que una simple sonrisa no era suficiente motivo para generar semejante tipo de dudas y sospechas, y de que tenía que cortar ya mismo ese delirio porque, si no, en poco tiempo terminaba internado en un psiquiátrico. Como pasa siempre, la parte racional, que parece ser mucho más débil que la otra o, tal vez, no sabe batallar con la inteligencia necesaria, sucumbió arrollada por el tren bala de mi locura. Las dudas y las sospechas siempre se imponen en mi cabeza. Es horrible, pero tengo que empezar a vigilar a Javier. No lo puedo evitar.
¿Ustedes me comprenden?
PINCO
23-01-26
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