La utopía de los dioses
diegomalpic12
Más allá del firmamento, allá donde las nubes de polvo cósmico abrasan a los colosales cuerpos celestes, en Caelum (Tierra sagrada que solo es habitada por deidades), los dioses se reunían, preparándose para el día de su festejo en la Pangea. La primera en llegar fue Viruta, diosa de la crítica; seguida de Borona, diosa de la conciencia; y, por último, llegó Jirón, dios de la sensatez. Quien los recibía con gran entusiasmo era Baladí, dios de la gratitud.
—Qué dicha verlos aquí —tomó la palabra el anfitrión—. Hace 364 días pangéicos que no los veía. Bienvenidos sean.
Todos los demás, en un momento de suma alegría, se dirigieron hacia Baladí y se echaron sobre él, apretujándolo contra el suelo.
—Tal vez esta no es la manera como deberíamos comportarnos —dijo Viruta mientras se incorporaba y limpiaba su ropa.
—¿Por qué no, si cada sensación nos hace sentir realmente vivos? —dijo Borona.
—Concuerdo con Borona —continuó Jirón mientras pellizcaba las mejillas de Baladí.
Todos se pusieron de pie y observaron con atención la hermosa ceiba que se alzaba dominando el paisaje de Caelum. En la parte más alta se encontraba el hogar de Baladí.
—¡El último en llegar a la cima prepara la comida! —dijo Borona.
Todos corrieron con desesperación para llegar lo más rápido posible a la cima de la ceiba. Entre saltos, gritos de júbilo y empujones, Jirón se abrió paso a través de las enormes ramas y fue el primero en llegar.
En la Pangea, la preparación para el gran día había comenzado desde temprano. Gentes de todas partes llegaban a la gran ciudad: los que habitaban los gélidos páramos, los de las grandes llanuras, los de las vastas selvas y hasta los que vivían en el borde del mundo.
Recogieron hasta el último papel del suelo; limpiaron todas las fuentes de agua, incluidos los ríos; cerraron todas las chimeneas; destaparon todas las alcantarillas; depositaron toda la basura con sumo cuidado y donde correspondía; a los vagabundos se les dio ropa nueva y se les instó a bañarse; pintaron las casas; acomodaron los tejados; taparon los huecos de las calles; adoptaron a los perros abandonados y enviaron al salón de belleza a los gatos.
Al finalizar el día y luego de haber verificado con cautela que todo estuviera perfecto, se le dio la orden al señor poniente de apagar el sol con un interruptor que quedaba en medio de la plaza principal. En el abrigo de la noche, el acaudalado cedió su posada al cansado viajero; los vecinos que siempre se odiaron se desearon las buenas noches; los policías y los bandidos compartieron, con una taza de café, la sensación del deber cumplido; papá y mamá no discutieron; entre hermanos no hubo peleas; el borracho se acostó sobrio, y el gato y el perro durmieron abrazados.
El señor saliente, vestido de gala, encendió el sol y todos se apresuraron a ponerse sus mejores trajes y, luego de haberlo hecho, se fueron hacia la plaza principal. Justo en el centro estaban los cuatro dioses, quienes esperaban con ansias el inicio de la celebración.
—Mis señores y mis señoras, todos estamos complacidos de tenerlos aquí —tomó la palabra el alcalde—. Siéntanse libres de disfrutar de esta, su celebración; somos sus siervos y estamos a su entera disposición.
—Estamos muy agradecidos por el recibimiento que todos los años nos dan —dijo Baladí—. Con su permiso, empezaremos a disfrutar de tanta maravilla que vemos.
Cuando comenzó el festejo, fueron los niños los primeros en abrazar a los dioses y regocijarse con su presencia, aunque el gusto era mutuo, pues los dioses estaban felices de poder compartir con los infantes, ya que ellos no podían envejecer y siempre fueron tal y como se veían. Contemplar a esos pequeñines de cerca era motivo de mucha felicidad.
Todos jugaron: primero a las escondidas, después a la lleva y luego a las carreras sobre carros de balineras. Los adultos observaban con cierta tranquilidad, y los más pudientes trataban de acompañar de cerca a los dioses, pero ellos preferían la compañía de los más humildes, sin desmeritar el esfuerzo de nadie.
Cuando llegaron a la zona de las comidas, degustaron todos los platillos que había; como los dioses tenían un apetito interminable, pudieron comer de todo: tortas, bizcochos, ensaladas, purés, sopas, pastas, caldos, guisos, estofados, fermentados y muchas delicias más.
Cuando llegaron a la zona artística, como los dioses tenían un vasto conocimiento, pudieron disfrutar de pinturas, esculturas, canciones, obras de teatro, danza, literatura y cine. También hablaron con las personas más inteligentes de Pangea sobre física, química, matemáticas, arquitectura, filosofía y política.
Cuando interactuaban con los seres humanos, como los dioses tenían un gran sentido del humor, hacían reír a todo el mundo con sus ocurrencias y maravillaban con sus historias sobre el cosmos. Cuando interactuaron con los animales, como los dioses eran muy bondadosos, a todos los trataban con mucho respeto, los acariciaban y jugaban con ellos con delicadeza.
—Qué delicioso está esto, qué bien huele aquello, todo se ve hermoso, es espléndido, no sé si podría mejorar lo que ya de por sí es perfecto —reiteradamente decía Viruta.
Borona iba de lado a lado dejando todo tal y como lo había encontrado: el libro en el anaquel, la manzana en el frutero, el adorno en el dintel y la pluma en el tintero. Asimismo, a quien estaba indeciso daba consejo; al que se sentía alegre lo acompañaba con entusiasmo, y al que se veía triste lo reconfortaba con un abrazo.
—«¡Es tan grato estar aquí! ¿Realmente todo siempre es tan hermoso? Parece un sueño. Debe haber algo malo con ellos, aunque sea una mínima cosa» —decía para sus adentros Jirón mientras disfrutaba de cada momento.
Baladí estaba tan satisfecho que no tenía palabras para describir la gran cantidad de emociones positivas que lo invadían; solo pensaba en el ahora, en ese preciso segundo que estaba ocurriendo y en el cual existía. No había espacio en su cabeza para nada más.
Pero, así como todo comienza, tarde o temprano todo llega a su fin. Habían transcurrido doce horas desde que los dioses pisaron la Pangea. Ni ellos querían marcharse ni los seres humanos querían que se fueran, pues siempre habían sido tan allegados, tan amables, tan solidarios y comprensivos que hacían que todos se sintieran a gusto. Cuando llegó la hora de partir, las deidades se despidieron de los seres humanos.
Veían entre la multitud a ancianos que alguna vez fueron niños inquietos, con quienes en algún momento jugaron; los dioses también recordaban con melancolía a aquellos que ya no estaban y de cuya presencia disfrutaron en épocas pasadas.
Se marcharon dejando tras de sí una estela de colores y un tumulto de personas que los observaban en silencio. El señor poniente apagó el sol y encendió las luces de las farolas. En medio de la multitud, un hombre llevó a su boca una golosina y dejó caer la envoltura al suelo. Aquella noche no hubo hospedaje en la casa de los acaudalados para los viajeros. Las familias que la noche anterior se habían deseado las buenas noches volvieron a odiarse. Los policías persiguieron a los ladrones que aprovecharon la oscuridad para cometer sus fechorías. Los vagabundos durmieron bajo los puentes; a los perros los abandonaron de nuevo en la calle; las chimeneas se destaparon y arrojaron bocanadas de humo sobre la ciudad; las fuentes de agua volvieron a teñirse de un tono marrón; papá y mamá discutieron, entre hermanos hubo peleas, y el perro correteó al gato por toda la acera.
En Caelum, Viruta, Borona, Jirón y Baladí recordaban con gran entusiasmo el maravilloso día que habían tenido.
—Los seres humanos son muy agradables, ¿no creen? Siempre tan alegres y optimistas… Lástima que solo podamos visitarlos una vez cada año —dijo Baladí.
Después, todos se abrazaron y, con lágrimas en los ojos, se despidieron.
—Nos vemos en 364 días Pangéicos —dijo Borona.
Comentarios (0)
Inicia sesión para dejar un comentario
Iniciar sesiónNo hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!