Inicio LA PROMESA DE MIS RAZONES PARA VIVIR

LA PROMESA DE MIS RAZONES PARA VIVIR

📚 Tragedia

LA PROMESA DE MIS RAZONES PARA VIVIR

El vaso estaba vacío desde hacía rato, pero él seguía llevándolo a los labios como si cada sorbo fuese una razón más para seguir muerto en vida… como si aún quedara algo que lo salvara.

—¿Cómo se supone que uno sigue viviendo? —dijo, sin mirar al hombre frente a él—, cuando aquello que hacía latir el corazón yace muerto dentro de mí.

El bar, como cualquier día, olía a vino añejo y a lamentos que se hundían en el fondo del vaso. Afuera, el mundo seguía intacto, indiferente a las grietas que se abrían en el suyo.

—Antes tenía razones —continuó—. Dos. Y no hablo de esas razones que se dicen por costumbre; hablo de las que te despiertan cada mañana aunque no quieras.

Giró el vaso entre los dedos, como si así pudiera retroceder el tiempo.

—La primera me enseñó a vivir sin tener nada. La segunda me hizo creer que, aun así, todo podía ser suficiente.

El hombre frente a él no preguntó. Tal vez entendía que algunas historias no necesitan preguntas… solo alguien que se quede a escuchar.

—Ahora están muertas —dijo al fin—. Y con ellas, se fue cualquier cosa que se pareciera a las ganas de seguir.

Bebió. Esta vez sí había alcohol.

—Esta no es una historia de amor —advirtió—. Es la historia de cómo aprendí que amar… también puede matarte.

Era septiembre.

Un mes que se iba sin dejar nada en mi vida. Gris. Intercambiable.

Al menos eso pensaba.

Hasta que llegó el primero de octubre.

Nunca había visto algo parecido a ella. No era solo su rostro… era su sonrisa. Había algo en ella que no pedía atención y, aun así, la reclamaba toda.

Desde el momento en que la vi, supe que quería ser la razón de esa sonrisa. No por orgullo… sino por necesidad.

Y como si el destino hubiese decidido adelantarse a mis dudas, fue ella quien me habló primero.

El profesor seguía hablando cuando ella se inclinó un poco hacia mí.

—Oye… ¿entendiste algo?

—Algo.

—Ya somos dos —dijo, con una sonrisa leve—. Me perdí hace rato.

Bajé la mirada a mi cuaderno, esquivando la suya.

—Si quieres… te paso lo de hoy.

—¿En serio?

—Sí.

—Gracias… —respondió, mirándome un segundo más de lo normal—. Me salvas.

Hubo un pequeño silencio.

—¿Te lo pido por aquí o…? —preguntó, sacando el celular sin hacerlo incómodo.

Dudé apenas un segundo, pero asentí.

—Por ahí está bien.

Intercambiamos números rápido, sin mucho ruido.

—Listo —dijo ella—. Te escribo luego.

—Está bien.

Ella volvió al frente, como si nada.

Pero para mí… no fue nada.

Como si el destino hubiera escuchado mis súplicas, el deseo absurdo de que esos ojos se posaran en mí —aunque fuera un segundo— se había hecho realidad.

Y ahora… de alguna forma… ya no estaba tan lejos de ella.

Ese fue el instante exacto en el que todo empezó.

Ahí, entre palabras simples y silencios torpes, me enamoré de quien terminaría siendo mi razón para vivir.

No fue inmediato… pero fue inevitable.

Sentí, de una forma casi absurda, que ella estaba hecha para mí… como si encajara en espacios que ni siquiera sabía que estaban vacíos.

Y en cuestión de meses, pasó de ser una desconocida a convertirse en una de mis razones para vivir.

La fui conociendo despacio… entendiendo sus sueños, sus metas, sus miedos… incluso esas tristezas que no decía, pero que igual se sentían.

Y así, casi sin darme cuenta, me encontré queriéndola más de lo que alguna vez creí posible.

Así pasaron días… semanas… meses.

Cumpleaños, citas, enojos, besos.

Momentos simples que, sin darme cuenta, se fueron volviendo imprescindibles.

Y en todo ese tiempo, nunca me arrepentí de haberme mostrado vulnerable frente a sus ojos.

Nunca dudé de lo que sentía.

Porque con ella… todo parecía tener sentido.

Pero la vida no avisa cuando está por cambiar.

Simplemente… pasa.

Era ella.

La mujer que me dio la vida.

Y, sin previo aviso, el destino decidió jugarle una mala pasada.

Enfermó.

La encontré sentada, como siempre.

Pero había algo distinto.

No en lo que hacía…

sino en cómo lo hacía.

—Ma… —dije, dejando la mochila a un lado—. ¿Cómo te has sentido estos últimos meses?

Levantó la mirada con esa sonrisa que siempre intentaba tranquilizarme más de lo necesario.

—Bien, hijo… ya sabes, cosas de la edad.

No le creí del todo.

—No parece.

Bajó un poco la mirada, como si dudara.

—He tenido algunos dolores… —admitió—. En el pecho, a veces. Pero se pasan.

El silencio se quedó entre nosotros.

—¿Desde cuándo?

—Hace un tiempo… no es nada —respondió rápido—. No quería preocuparte.

Fruncí ligeramente el ceño.

—Deberías habérmelo dicho.

Ella sonrió, suave.

—¿Y verte con esa cara? No, gracias.

Intentó bromear… como siempre.

Como si restarle peso lo hiciera desaparecer.

—Voy a ir al médico —añadió después—. Te lo prometo.

Asentí.

Pero algo dentro de mí… no se quedó tranquilo.

—Oye… —dijo, mirándome con cariño—. No pongas esa cara, que no me estoy muriendo.

No respondí.

Solo la miré un segundo más de lo normal…

como si, sin saberlo, estuviera intentando asegurarme de que seguía ahí.

No mucho después… lo encontré a él.

Mi hermano.

Y con una rabia que no sabía de dónde venía… decidí reclamar.

—Oye, ¿podemos hablar?

Se apartó sin decir nada.

Apenas estuvimos solos, no pude contenerme.

—¿Qué está pasando contigo? Mamá no debería estar trabajando así… menos en el estado en el que está.

Frunció el ceño.

—¿Y tú cómo sabes en qué estado está?

—Porque se nota —respondí—. Está cansada, le duele el pecho y aun así sigue haciendo todo. ¿Dónde estabas tú?

—¿Perdón?

—Se supone que tú estás acá —continué—. Podrías ayudar más, hacerte cargo un poco. No dejar que se desgaste así.

Soltó una risa corta. Sin gracia.

—Mira quién habla.

—No es broma.

—No, no lo es —respondió, mirándome fijo—. ¿Con qué cara me dices eso?

Me quedé en silencio un segundo.

—Con la de su hijo.

—¿Ah, sí? —replicó—. Porque hasta donde yo sé… el mayor eres tú. Se supone que tú deberías estar más pendiente… cuidarnos.

No respondí.

—Pero no —continuó—. Desde que tienes novia, nos dejaste en segundo plano.

—Eso no es cierto.

—¿No? —insistió—. Porque aquí el que está todos los días viendo cómo se cansa… cómo llega mal… soy yo. No tú.

Apreté la mandíbula.

—Yo también estoy…

—No —me interrumpió—. No estás. Y se nota.

El silencio cayó pesado entre los dos.

—Así que no vengas a reclamarme —añadió, más bajo pero más firme—. Porque si mamá está así… tú también tienes parte de la culpa.

Sus palabras no gritaron…

pero golpearon más fuerte que cualquier cosa.

Fue un golpe de realidad.

Y lo peor… es que tenía razón.

Había descuidado a mi madre.

Y en medio de mi egoísmo disfrazado de amor…

no vi cómo se iba apagando poco a poco.

Quise convencerme de que no era así…

pero la culpa ya había encontrado su lugar en mí.

Entonces tomé una decisión.

Dejar mi relación en segundo plano…

y enfocarme en la salud de mi madre.

Pensé —ingenuamente— que eso bastaría para arreglarlo todo.

Pero me equivoqué.

Pasaron cinco semanas.

Cinco semanas en las que nuestras conversaciones no pasaron de un “hola” y un “¿cómo estás?”.

Cinco semanas en las que, aunque seguíamos hablando…

ya no sabíamos nada el uno del otro.

Hasta que la conversación incómoda llegó.

—Oye… ¿te pasa algo?

Leí el mensaje más tiempo del necesario.

—No, ¿por qué?

—Porque ya no eres el mismo.

Suspiré.

—Solo he estado ocupado.

—¿Cinco semanas ocupado?

—Sí hablamos.

—No —corrigió—. Respondemos. Es distinto.

No supe qué decir.

—Si hice algo, dímelo… porque de verdad no entiendo qué está pasando contigo.

—No hiciste nada.

—Entonces explícame.

Miré la pantalla.

Pero las palabras… no salían.

—Son cosas mías.

Pasaron unos segundos.

—Siempre son “cosas tuyas”… pero yo también estoy aquí, ¿sabes?

Apreté el celular entre las manos.

—No es tan fácil.

—No te estoy pidiendo que sea fácil… solo que no me dejes fuera.

El mensaje quedó en visto.

—No te estoy dejando fuera.

—Entonces deja de actuar como si lo hicieras.

Silencio.

Y luego…

—Me estoy sintiendo sola.

Esa palabra… se quedó.

Sola.

Aun cuando yo estaba ahí.

Aun cuando le prometí que nunca lo estaría.

Y por primera vez… no tuve excusas.

No la estaba perdiendo por falta de amor…

la estaba perdiendo por mi ausencia.

Me convencí de que mis problemas eran solo míos.

Que no debía arrastrarla a algo que ni yo podía sostener.

Pero la verdad era otra.

Ya no podía con todo.

Esas cinco semanas de silencio no fueron distancia…

fueron el peso de una realidad que empezaba a romperme por dentro.

Y entendí que, si seguía callando…

la iba a perder.

Entonces confesé.

—Perdón…

Pasaron unos segundos.

—¿Por qué?

—Porque tienes razón.

El mensaje tardó en llegar… pero cuando llegó, dolió igual.

—No entiendo qué pasó contigo. De un momento a otro… te fuiste.

Cerré los ojos antes de responder.

—Mi mamá está enferma.

El silencio fue distinto esta vez.

—¿Qué?

—Hace semanas… empezó con dolores en el pecho. Pensé que podía manejarlo… que no era tan grave.

—¿Y por eso desapareciste?

—No quería preocuparte… ni cargarte con algo que ni yo entendía.

—Pero me dejaste igual —respondió—. Solo que sin saber por qué.

No había forma de defenderme de eso.

—Lo sé… y lo siento.

El chat quedó en silencio unos segundos.

—He estado con ella… viendo médicos… tratando de estar más en casa —continué—. Y en medio de todo eso… te dejé de lado.

—No tenías que hacerlo —respondió ella, más suave—. Podías decírmelo.

—No sabía cómo.

—Diciéndolo… como ahora.

Respiré hondo.

—No quise alejarme de ti.

—Pero lo hiciste.

—Sí… y me duele darme cuenta así.

Pasaron unos segundos más.

—No te dejé de querer… ni un solo día.

Silencio.

—En medio de todo esto… tú sigues siendo lo más importante que tengo.

Los tres puntos aparecieron… desaparecieron… volvieron.

—No parecía.

Dolió.

Pero esta vez… no huí.

—Lo sé —respondí—. Pero no porque haya dejado de amarte… sino porque no supe cómo estar para todo al mismo tiempo.

Otra pausa.

—Te amo… —escribí finalmente—. Como la primera vez. O incluso más… porque ahora sé lo que se siente tener miedo de perderte.

El mensaje quedó ahí.

Vulnerable.

Sin defensa.

Ese día pensé que ya no volvería.

Después de todo… me lo merecía.

Pero al día siguiente apareció.

Y me abrazó.

De esos abrazos que no preguntan… que no reclaman… que simplemente se quedan.

De esos que te rompen por dentro… y al mismo tiempo te sostienen.

Y ahí, sin palabras, lo entendí todo.

No quería quedarse solo en mis días buenos.

Quería estar también en los malos.

En los días donde no sabía ni cómo sostenerme a mí mismo.

Quería ser parte de todo.

Incluso de lo que dolía.

Y me quedé.

Pasaron días… meses.

Y con el tiempo, empecé a entender por qué, entre tantas posibilidades, me había elegido a mí.

Con ella… todo seguía teniendo sentido.

Y en casa… por primera vez en mucho tiempo… también.

Mi madre comenzó a mejorar.

Poco a poco.

Cada avance, por pequeño que fuera, se sentía como un respiro después de tanto miedo.

Volvía a sonreír más.

Se le notaba más tranquila.

Y yo… empecé a creer que todo estaba volviendo a su lugar.

Que, de alguna forma… la vida me estaba dando otra oportunidad.

Hasta que llegó esa conversación.

—Oye… —dijo ella, recostándose en mi hombro—. ¿Y si hacemos un viaje?

Giré la mirada apenas.

—¿Un viaje?

—Sí… algo corto. Salir un rato de todo esto.

Negué suavemente.

—No soy mucho de eso.

—Lo sé —respondió tranquila—. Pero tampoco tiene que ser algo grande.

—Igual… no me llama mucho.

—¿Nunca?

—No es que nunca… solo que estoy bien así.

Se quedó en silencio un segundo.

—¿Y si es conmigo?

Solté una pequeña risa.

—Eso no cambia mucho.

—Un poco sí —insistió, sin presionarme—. No te estoy pidiendo que cambies… solo que lo intentes una vez.

No respondí de inmediato.

—Puede ser algo simple —continuó—. Un lugar tranquilo. Sin mucha gente, sin apuro. Vamos… vemos algo distinto… y si no te gusta, no lo volvemos a hacer.

La miré.

Dudé.

—No sé…

—Por favor —dijo esta vez más suave—. Solo esta vez.

El silencio se alargó.

—No es por el lugar —añadió—. Es por nosotros.

Bajé la mirada.

Pensé en todo.

En ella.

En mi madre.

En lo que estaba intentando sostener.

—Está bien… —dije al final—. Pero algo tranquilo.

Su sonrisa apareció sin que intentara ocultarla.

—Tranquilo.

—Y corto.

—Corto.

—Y sin cosas raras.

Rió.

—Prometido.

Asentí.

Aún con dudas.

Pero por alguna razón… no me arrepentí de haber dicho que sí.

Al menos… eso creí.

Después de tomar la decisión, fui a contárselo a mi madre.

Me escuchó con esa calma que siempre tenía… como si supiera algo que yo no.

—Está bien —me dijo—. Ya es hora de que empieces a vivir un poco más.

Me animó a intentarlo.

A salir de lo de siempre.

A disfrutar.

—Ve… pásala bien —añadió—. Yo voy a estar aquí cuando regreses.

Como si nada fuera a cambiar.

Como si el tiempo no tuviera prisa.

Antes de irme, le di un beso en la frente.

Y la abracé.

Un poco más fuerte.

Un poco más largo.

Sin saber por qué.


Si hubiera sabido que esa sería la última vez que la vería…

no la habría soltado.

El viaje empezó mejor de lo que esperaba.

No era el lugar…

era ella.

Por primera vez en mucho tiempo, mi cabeza dejó de pensar en todo lo que estaba mal…

y simplemente estuve ahí.

Con ella.

Reí.

Caminé sin prisa.

Incluso… me sentí en paz.

Como si, por un momento, la vida dejara de doler.

Como si todo lo que me había estado consumiendo… se hubiera quedado lejos.

Y tal vez ese fue el problema.

Porque cuando todo parece estar bien…

es cuando menos estás preparado para perderlo todo

El celular sonó.

No reconocí el número.

Pero algo en mí… se tensó antes de contestar.

—¿Aló?

Silencio.

Y luego… una voz que no conocía.

No dijo mucho.

No necesitó hacerlo.

Fueron pocas palabras.

Incompletas.

Confusas.

Pero suficientes.

Sentí cómo el mundo se detenía.

Cómo todo lo que estaba en calma… dejaba de sostenerse.

—¿Qué…? —alcancé a decir.

Pero en el fondo…

ya lo sabía.

—Tu mamá… —empezó la voz—. Hubo una complicación.

El mundo siguió.

La gente pasó.

El ruido no se detuvo.

Pero yo… ya no estaba ahí.

—La llevamos al hospital… hicieron todo lo posible…

No escuché más.

O tal vez sí…

pero nada tenía sentido.

—…lo siento.

Esa fue la palabra que terminó de romperlo todo.

Lo siento.

Como si dos palabras pudieran cargar con algo así.

El aire dejó de entrar igual.

Mi cuerpo… dejó de responder.

—No… —murmuré—. No…

Pero no había nada que negar.

Porque incluso antes de que lo dijeran completo…

yo ya lo había entendido.

Mi madre ya no estaba.

Y yo…

yo no estuve ahí.

El celular seguía en mi mano…

pero ya no sabía qué hacer con él.

—¿Qué pasó? —preguntó ella.

No respondí.

—Oye… —insistió, acercándose—. ¿Qué tienes?

La miré.

Pero no supe cómo decirlo.

Las palabras no salían.

—Mi mamá… —logré decir—…

Se hizo un silencio distinto.

—¿Qué pasó con ella?

Negué lentamente.

—Ya no está.

No lloré.

No grité.

No reaccioné.

Solo me quedé ahí… vacío.

Como si algo dentro de mí se hubiera apagado de golpe.

Ella no dijo nada.

Solo me abrazó.

Intentando sostener algo que ya no tenía forma.

El viaje terminó ahí.

No recuerdo cómo hice las maletas.

No recuerdo el camino de regreso.

Solo sé que volví.

Pero ya no era lo mismo.

El velorio estaba en silencio.

Un silencio pesado… incómodo… casi irreal.

Yo… no sentía nada.

Como si todo eso no estuviera pasando de verdad.

Como si en cualquier momento fuera a despertar.

Hasta que la vi.

Ahí.

Inmóvil.

Demasiado tranquila… como si el tiempo hubiera decidido detenerse solo en ella.

Me acerqué despacio.

Cada paso se sentía ajeno.

La miré… esperando algo.

Un movimiento.

Una señal.

Pero no había nada.

Y aun así…

no lloré.

No podía.

—Hermano…

La voz me sacó de ese vacío.

Era él.

Tenía los ojos rojos, la voz rota… como si llevara horas intentando sostener algo que ya se había caído.

—Lo intenté… —dijo—. En serio lo intenté, pero no… no pude hacer más.

No lo miré de inmediato.

—Lo sé, hermano… —respondí.

Y era verdad.

No había nada que reprocharle.

Nada que reclamar.

Porque en el fondo…

yo era el que no había estado.

Volví a mirarla.

Y por más que lo intenté…

no pude entender ese momento como un final.

Porque aceptar que ya no estaba…

era aceptar que no volvería a escuchar su voz,

que no volvería a verla sonreír,

que no volvería a abrazarla.

Y eso…

era demasiado.

Los días siguientes no avanzaban.

Se repetían.

Como si me hubiera quedado atrapado en ese instante.

La misma pregunta… una y otra vez:

¿por qué?

¿Por qué ella?

¿Por qué ahora?

Pero no había respuestas.

Y aun así…

el destino parecía no haber terminado conmigo.

Pasaron los días.

Sin responder mensajes.

Sin devolver llamadas.

Hasta que, sin avisar…

la única razón que me quedaba…

apareció frente a mí.

—Oye… —dijo ella, acercándose despacio—. He estado buscándote.

No respondí.

—Por favor… mírame.

Lo hice.

Pero no había nada en mí.

—Lo siento… —susurró—. De verdad lo siento.

Hizo una pausa.

—Sé que nada de lo que diga va a hacer que duela menos… pero tienes que seguir.

La miré.

Y lo único que vi…

fue lástima.

—Tu mamá no querría verte así —continuó—. Querría que sigas adelante… que estés para tu hermano… que no te quedes atrapado en esto.

Bajó la voz.

—No fue tu culpa… hay cosas que simplemente pasan.

Negué levemente.

—No.

Frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

—No lo sientes.

El silencio se tensó.

—Claro que lo siento —respondió, más firme—. Perdí algo contigo también.

Solté una risa vacía.

—¿Perdiste?… ¿Qué cosa? ¿Tu maldito viaje?

No supo cómo reaccionar.

—Si yo hubiera estado aquí… —empecé—, tal vez…

—No —me interrumpió—. No empieces con eso.

—Tal vez hubiera hecho algo —continué—. Ella seguiría viva.

—Murió de un paro cardíaco —dijo, conteniendo la voz—. ¿Qué podrías haber hecho tú?

La miré.

Y ahí…

algo en mí se rompió por completo.

—No tomar el maldito viaje contigo.

El silencio cayó como un golpe seco.

—¿…qué? —susurró.

—Eso —repetí—. No habría dejado sola a mi madre.

—No puedes decir eso —respondió—. No es justo.

—¿Justo? —reí, sin emoción—. ¿Te parece justo que yo no haya estado cuando más me necesitaba?

—No fue tu culpa…

—Sí lo fue —la interrumpí—. Pero tú también tienes la tuya.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No… no me hagas esto.

—Tú querías ese viaje —continué—. Tú insististe.

—Porque quería estar contigo —respondió, rota—. Porque te veía mal…

—¿Y de qué sirvió? —repliqué—. ¿De qué sirvió alejarme de lo único que importaba?

—No la ibas a salvar —dijo—. Tienes que entenderlo…

—¡Pero al menos habría estado! —exploté—. No como ahora… que ni siquiera pude despedirme.

El aire se volvió pesado.

—No puedes culparme por algo que no controlabas…

La miré.

Pero ya no quería entender.

—Desde que apareciste… todo empezó a cambiar.

Negó con la cabeza.

—No… no digas eso.

—Primero dejé de estar en casa… luego dejé de verla como antes… y cuando más debía estar…

la elegí a ella.

Cada palabra caía como una sentencia.

—Eso no es amor —susurró—. Eso es culpa… y estás buscando dónde dejarla.

—Tal vez —respondí—. Pero no voy a cargarla solo.

El silencio se rompió.

Ella dio un paso atrás.

—Entonces… ¿eso soy para ti?

No respondí.

Porque en ese momento…

sí lo era.

Cerró los ojos un segundo.

—Te amé… incluso en tus días malos —dijo—. Me quedé cuando tú mismo no sabías cómo estar.

Dolió.

Pero no lo suficiente para detenerme.

—No fue suficiente.

Asintió.

Lento.

Roto.

—No… —susurró—. No lo fue.

Se giró.

—Ojalá algún día entiendas… que no fui yo.

No la detuve.

No dije nada.

Solo la vi irse.


Y esta vez…

no fue el destino quien me quitó algo.

Fui yo.


Y así… mi vida pasó de tenerlo todo…

a quedarme sin nada.

Mis dos razones dejaron de existir.

Una se fue para siempre.

La otra… aprendí a vivir sin mí.

Supe que ahora es feliz.

Con alguien más.

Alguien que sí supo cuidarla.

Algo que yo prometí…

sin entender que sería yo quien terminaría rompiéndola.

Supongo que hay promesas que no se rompen de golpe…

se desgastan en silencio…

hasta que ya no queda nada.

Ahora mi vida ya no es la misma, muchacho.

Sigo aquí…

respiro… camino… hablo…

pero hay cosas dentro de uno que, cuando se rompen,

no vuelven a ser lo que eran.

Bebí el último trago.

—Pero bueno… —murmuré—. No creo ser el único muerto en vida.

Dejé el vaso sobre la mesa.

Esta vez…

completamente vacío.



Compartir historia

Comentarios (0)

Inicia sesión para dejar un comentario

Iniciar sesión

No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!