La Manzana
davidd
Miguel, es su historia. Vivía en las afueras de la ciudad quien para muchos era alguien más y para sí mismo todo lo que podía llegar jamás, tanta cualidad y la vez tan poco, una persona que en la realidad siempre había sido nada, pero le gustaba soñar de lo que le daba sentido a todo. Su nombre era Miguel, pero le gustaba llamarse Mael, por ello en sus cuentos de ensueño sus personajes lo llamaban así. Estaba tan desapegado a su realidad que en la tierra se llamaba Miguel y Mael dormía en su cabeza, cuando Miguel dormía, Mael estaba despierto; cuando Mael dormía, Miguel estaba despierto.
Miguel se levantaba a las siete y media y desayunaba antes de bañarse, el baño estaba en su cuarto, entonces al salir de bañarse (después de desayunar), ya no era necesario moverse más, se tumbaba semi vestido en su cama, doblaba el resto de ropa que usaría en el día y la colocaba cuidadosamente en su cama a la par suya, cerraba los ojos una vez más y cuando era hora de almorzar, se terminaba de vestir y apresuraba a terminar para volver a dormir. Hoy tocaba una camisa blanca.
Miguel convivía con su madre, pero ambos eran distantes (evidentemente), su madre preocupada siempre tocaba tres veces la puerta a lo largo de todo el día, pero el número de veces que la puerta era tocada dependía de si Miguel estaba dormido o despierto para cuando su madre tocaba a la puerta: de estar dormido, su madre regresaba quince minutos después y tocaba de nuevo...
—Miguel, ¿hoy estás despierto? — preguntó la madre como todos los días, a lo que Miguel respondió vagamente con un sí. El día se diferenció en que su madre, en vez de irse una vez que comprobara la existencia de su hijo, abrió la puerta y colocó en la mesita de noche una manzana común: —hoy no has comido mucho, necesitas comer, aunque sea un poco de fruta— dijo su madre preocupada pero ya acostumbrada a su hijo y sus locuras.
Mael se levantó, el dragón solo lo había tumbado por un instante, pero comprendía perfectamente que en ese mausoleo los dos eran iguales: uno con un corte profundo en el vientre, otro con un mordisco que iba desde el hombro hasta el muslo. Mael no descansaría más, enfundó nuevamente su espada y decidido dio el golpe de gracia que sería suficiente para hacer que el dragón cayera, una vez en el suelo lo remató clavando su espada en la cabeza, atravesando sus gruesas escamas y celebrando victorioso mientras los ojos del dragón se cerraban lentamente. —¡El tesoro del Rey corrupto es mío! — exclamó con euforia. Seguidamente, Mael se dirigió hacia el sarcófago de piedra y lo abrió de una patada certera, yacía muerto el antiguo cobarde, cubierto de oros y diamantes.
Mael saqueó lo que pudo y estaba a punto de escapar cuando no pudo evitar notar que en fondo de la tumba algo brillaba con intensidad, una luz que reflejaba más que cualquier mineral. Mael extendió su brazo y hurgó en lo más profundo hasta topar con lo que en el fondo se encontraba, primero lo sacó y después lo inspeccionó: era una manzana.
Mael desechó la manzana y abandonó el mausoleo.
Miguel miraba la manzana, no tenía nada de peculiar, tampoco tenía antojo de comerla. Acostado del lado contrario de la cama, Miguel apreciaba la manzana, tan cerca de él (en la mesita de noche), pero tan lejos a la vez. Miguel extendía sus brazos, pero no podía alcanzarla.
Mael estaba solo de tránsito, pero algo en el museo le resultaba peculiar: no estaba certero de si eran las enormes ventanas de piso que mostraban un interior blanco, tan blanco y brillante, o si acaso eran las esculturas de piedra que cuidaban la entrada y saludaban a los curiosos, pero estaba decidido a entrar, mayormente porque el tren no llegaría hasta dentro de una hora, la entrada era gratis y el museo estaba muy cerca de la estación.
Mael, una vez dentro, caminó por los pasillos, curioseando cada exhibición como si fuese un niño pequeño. Había escuchado a los demás errantes que la exhibición más importante estaba a punto de empezar, exactamente en una hora. Mael entonces se congeló, ¿tan importante era para él contemplar aquella exhibición? Seguramente era una muy importante si tenía su propia fiesta inaugural, pero el siguiente tren llegaría una hora y media después del que debía abordar, llegaría tarde al trabajo, no podía quedarse. ¿Pero acaso era tan importante trabajar? Llegar tarde no era tan catastrófico, y simplemente necesitaba contemplar la nueva exhibición.
Mael encontró una banqueta y se sentó a esperar. Miró el suelo, miro las ventanas, miro el techo y el domo del museo, todo ese lugar era tan peculiar: todo el lugar era blanco, era como si estuviese en una dimensión alterna: las paredes eran blancas, las exhibiciones eran blancas, las personas eran blancas… El vestía de negro, pero si hubiese sabido del lugar con antelación, hubiese al menos vestido una camisa blanca sencilla.
Mael esperó y esperó y, finalmente, había pasado una hora. Lo hubiesen visto, ¡era como un niño lleno de azúcar! Corriendo a través de los pasillos, apresurado por ver con sus propios ojos aquella exhibición de la que todos hablaban. Al llegar, su corazón latía con tanto entusiasmo, era un frenesí que no lo dejaba tranquilo, finalmente; el momento había llegado. El público contemplaba la cortina blanca que escondía a la nueva exhibición, contemplaban sin decir una palabra, como si la cortina solo se fuese a abrir con el silencio y atención del público.
Mael no lo podía creer, finalmente por lo que tanto había esperado, lo que tanto había anhelado, lo que tanto había soñado… Una persona se alzó sobre el resto y expresó un discurso de apertura, muy breve, para anunciar lo que todos querían ver: el mundo. Así se llamaba la exhibición, el mundo, un mundo feliz, un mundo nuevo, un mundo real. Sin más preámbulos, abrieron la cortina y Mael no lo podía creer, lo que había del otro lado, era una simple manzana.
Mael estaba decepcionado.
Miguel salivaba, cuanto más la veía más lejos parecía estar, ¿Por qué estaba tan obsesionado con una manzana? Era una manzana común, no tenía nada de especial, claro era bastante grande, pero había visto manzanas más grandes que esa. ¿Qué era lo que tanto le susurraba? ¿Qué le pedía amor, sino era la manzana?
Mael estaba caminando por la vereda del recinto siete, era una caluroso día de verano atormentado por las fábricas de hollín, el cielo se veía tan contaminado como siempre. Tal como pasaba veía a los vagabundos pidiendo comida, uno tras otro, pero Mael no tenía nada que darles, según él no tenía nada en los bolsillos. Mael caminaba y caminaba viendo cuanto más flacos se volvían los vagabundos conforme se dirigía al recinto ocho. Mael comenzaba a entristecer, finalmente un vagabundo lo tomó de la pierna mientras iba pasando, el vagabundo le suplicó que por favor le diese algo de comer, Mael para demostrarle que no tenía nada se sacó las bolsas del pantalón: primero la bolsa izquierda, nada; después la bolsa derecha…
Mael se extrañó, juraba que no tenía nada en los bolsillos, pero tan pronto como se sacó la bolsa derecha del pantalón, una radiante manzana cayó al suelo: a los pies del vagabundo. Mael se confundió, el vagabundo en cambio le dio gracias como si lo hubiese salvado de la miseria, el vagabundo tomó desesperadamente la manzana y la abrazó con fuerza. Mael se enojó, —¡¿qué tiene de especial esa maldita manzana?! — exclamó.
Miguel gritó con rabia —¡¿qué tiene de especial esa maldita manzana?! —, pues no lograba de entender por qué no podía quitar sus ojos de esta, él estaba seguro de que nada en esta realidad valía la pena: ni un gramo de atención, pero la manzana no parecía de ese mundo.
Mael estaba seguro de que todo en los sueños era hermoso y encantador, pero aun así no podía encontrar una razón de su odio, era una manzana sencilla que no brillaba más que otra cosa y, aun así, todos la alababan como si fuese de oro. Esa maldita manzana no merecía ni un gramo de su atención en donde había dragones y exhibiciones majestuosas, ¡esa manzana no parecía de ese mundo!
Miguel pensó y pensó y finalmente concluyó en algo: la manzana debía de estar mintiéndole.
Mael pensó y pensó y finalmente concluyó en algo: la manzana debía de estar mintiéndole.
Era la única explicación, esa manzana estaba mintiendo. No sabían cómo o por qué, pero la manzana de alguna forma estaba mintiendo.
Mael miró a su alrededor. Miguel miró a su alrededor. Mael le quitó la manzana al vagabundo y corrió lejos. Miguel se levantó de la cama en la que estuvo por tanto tiempo clavado. Mael miró la manzana. Miguel miró la manzana.
Mael la analizó por todos los ángulos: mentía, definitivamente mentía, pero cual era la razón de mentir se preguntó. Entonces Mael le preguntó a la manzana: —¿por qué mientes, manzana?, ¿qué necesitas que yo vea? —. Miguel también le preguntó lo mismo a la manzana. Pero la manzana no respondió, pero todo ya estaba hecho.
Mael comenzó a sentir un gentil calor en su pecho, de repente se puso en los zapatos de todos aquellos que habitaban los sueños, de repente entendió por qué el Rey corrupto se enterró con aquella manzana, de repente entendió por qué todos en el museo hacían fila para ver la manzana, de repente entendió por qué aquel vagabundo abrazó la manzana en vez de comérsela.
Miguel miró detenidamente la manzana, no parecía peculiar en ningún sentido, pero tal como la veía no pudo evitar sentirse letárgico, parecía como si una verdad se le había revelado, una verdad entre tantas mentiras y, entonces, comprendió.
Miguel sintió el piso en el que estaba sentado, Miguel comprendió la composición de su alrededor: los muebles, la cama, las cortinas, las sábanas, la puerta… De repente comprendió a su madre, de repente comprendió aquella fruta que tenía en sus manos, de repente comprendió a Mael. Miguel comprendió que él era Mael, que, aunque siempre lo supo, finalmente lo entendió, finalmente entendió todo como si aquella inocente mentira que el fruto le había entregado, fuese la chispa para algo más grande.
Miguel volvió a observar detenidamente la fruta: una manzana normal, entonces le dio un mordisco y la saboreo, era dulce, pero nada especial, entonces contempló su entorno: era bello. Miguel respiró profundame
nte y salió de su cuarto.
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