La flaca
jimenatobaresayet
La Flaca
Sin querer, por vagar,aterricé en un lugar que estaba como en pausa. Hasta el viento se sentía distinto. Pinos, retamas, margaritas y aguanieves cubrían todos los caminos. Uno sentía estar un paisaje pintado al óleo.
Había casas, no muchas. Pequeñas, con techos a dos aguas y ventanas cuadradas. Todas de madera. También en todas se veía el sombrero de alguna chimenea que calienta en el invierno y sirve para cocinar. De una de todas esas chimeneas vi salir humo. Alguien había entonces y algo estaba haciendo.
Me guié por el humo que veía a lo lejos. Éste fue haciéndose más pomposo y gris. Llegué al pie del barranco que conducía a un pequeño arroyo. Sola y distante se alzaba una pequeña casa, muy parecida a las demás. Desde la tranquera se veía un patio grande con árboles y arbustos que hacían de cierre y la casa humeante en un rincón.
Atravesé la tranquera sin miedo pero ansioso. Sentía que algo invisible me obligaba a avanzar, como si me tiraran con una soga del corazón. Primero iba mi pecho, después el resto del cuerpo.
Unos veinte pasos me separaban de la casa. Piedras y troncos se desparramaban por el pasto. En algunas piedras se veían cuerpos, en los troncos se vislumbraban caras. Personas y animales talladas en piedra y madera se esparcían por la propiedad. No seguían un patrón, estaban como tiradas a la suerte, algunas en muy mal estado.
Cuando llegué a la ventana la noche ya nos abrazaba. ¿Cuánto había tardado en dar esos veinte pasos? Adentro el fuego era lo único que iluminaba el interior. La ventana parecía dar al comedor, veía una mesa y un hogar encendido y en el hogar una persona agachada revolviendo algo en una olla. No sé como pero de espaldas a mí se percató de mi presencia.
-Pase si gusta. No tengo mucho para ofrecer pero calor y caldo hay.
Entré con más impulso que por la cordura. El hombre, ahora notaba que era un hombre, siguió removiendo lo que parecía una sopa.
-Baja el sol y se pone frío acá arriba. La montaña es impiadosa.
-La verdad que sí- conteste. Un frío repentino me invadió y me obligó a acercarme al fuego. El hombre solo me relojeó y continuó con su tarea.
Ahora lo veía mejor. Las arrugas, pecas y manchas de sol daban cuenta del paso de los años sobre él. Sus manos estaban muy secas y ajadas. Se notaba que era él quien tallaba en la piedra y los troncos.
Seguí con la mirada explorando la casa. Era pequeña. Dos habitaciones y un baño. En una especie de galería que se unía al comedor había más esculturas, muchas parecidas a las de afuera. Continué girando la cabeza hasta que frente a mí me encontré con una figura que no se parecía a ninguna de las otras.
Era una mujer o más bien la mitad superior de ella. Desde abajo del busto hasta su cabeza estaba apoyada en un pie de estilo dórico soberbio. Resaltaba aún más el torso de esta mujer. Su expresión era llana, algo melancólica. Pelo lacio que le caía hasta los hombros y un corpiño con un bretel caído hasta la mitad del brazo.
Durante unos segundos no le saqué la mirada de encima, no sé cuántos, me parecieron muchos. La voz del viejo me sacó del embelesamiento.
-¿Le sirvo, joven? Me dijo acercándome un plato hondo de arcilla que se notaba hecho a mano.
-Gracias- dije. Cuando recibí el plato, el vapor de la sopa me inundó hasta los pulmones con sabor a zapallo y cebolla abriéndome el apetito.
Me pasó una cuchara y un vaso de un estante y se colocó también para él. Movió el pie con la figura femenina hasta la mesa y le colocó un vaso y una cuchara. Sirvió luego dos platos de sopa, uno frente a la escultura y uno para sí mismo.
-Provecho – dijo – A comer. Empezó a sorber la sopa haciendo ruido.
La situación era extraña pero mi panza ya había reaccionado al olor de la sopa y pedía a gritos que la tomara. Empecé a comer despacio a pesar del hambre. No apartaba la mirada de la estatua. Sabía que era imposible pero si se movía como muñeco articulado no quería perdérmelo.
“Tengo que comer e irme”, pensaba. “Esto puede ponerse más raro.”
-Sé lo que se está preguntando- dijo con tono serio el viejo sin despegar los ojos de la sopa. Agarró el plato con las dos manos y como si fuera un vaso consiguió tomar las últimas gotas que quedaban en el plato y que no lograba atrapar con la cuchara.
No respondí nada. -Es una historia larga continuó. Larga y trágica.
-¿Es de alguien que quería?- Me atreví a preguntar. No me respondió, se quedó un momento pensando en algo que lo hizo sonreír pero que no me dijo. Tras un envión se levantó y empezó a juntar la vajilla en la mesa.
La cazuela que estaba frente a la estatua ya se había enfriado igual que su contenido. El viejo levantó los platos, los depositó en la bacha detrás de la mesa. La sopa que la estatua no había tomado, sorprendentemente, la volvió a verter en la olla y llevó después ese plato también para lavar.
-Aproximemos las sillas al fuego – dijo de espaldas a míi lavando los platos. Voy a llevar algo para tomar y un pipa si gusta de darle algunas pitadas.
Mientras yo acomodaba las sillas el viejo trajo una botella de lo que parecía oporto. Traía también una pipa y una cajita con tabaco y otras hierbas. Sirvió dos vasos, llenó la pipa con tabaco y la prendió. Se reclinó en la silla y le dio un sorbo al vino.
-¿Era alguien que quería?- dije señalando la escultura haciendo un ademán con la cabeza.
-Es alguien que quiero-dijo expulsando humo. -Es lo que más quiero en este mundo. He hecho todo por ella - una sombra le oscureció la mirada.
-A las otras esculturas también las quiere tanto como para alimentarlas –dije pensando en voz alta y me arrepentí apenas terminé. Sin embargo el viejo lo tomó bien y soltó una carcajada.
-Le voy a contar una historia joven. Quizás no le guste y es libre de irse cuando quiera pero me ha encontrado en un buen momento. Además extraño un poco charlar con alguien. La flaca me escucha pero no me responde- dijo mirando a la escultura.
- Encantado señor- dije y me cosquillearon las manos. Me dio un no sé qué.
-Como habrás adivinado soy escultor o lo fui, hace un tiempo que no tallo nada, el cuerpo ya no me da para tanto. Además yo ya no existo.
-No será un fantasma que me va a sacar los ojos- bromeé un poco incómodo
-Si te portás bien no tendría que pasarte nada- dijo serio, exhalando humo de la pipa. -Bueno, no me distraigas que divago fácil.
Era escultor y muy bueno. Hice muchas obras para gente con mucha plata. Expuse en museos y galerías y llegué a tener algún reconocimiento incluso. Les creaba una vida, una personalidad a través de uno o dos trazos. Con un golpe del martillo volvía una sonrisa en una mueca de tristeza o a un hombre en una mujer. Así jugaba a ser dios.
Todo cambió cuando hice a la flaca- dijo y volvió a señalar a la escultura de la mujer a la que esta vez se quedó mirando unos segundos largos sin parpadear.
-Empecé como con cualquiera de mis otras obras. Era el pedido de un viejo cliente. Hombre adinerado que tenía una habitación específica en su chalet de fin de semana para obras de arte. Sus indicaciones solo fueron busto de mujer. La arranqué una noche de desvelo. Empecé delineando los contornos, los brazos, la cabeza.
Una vez que ya tenía la silueta me senté a esperar que la piedra me hablara. Era una tarea que a veces me tomaba mucho tiempo; este no fue el caso. Apenas me senté el cansancio del día se me sentó encima. Caí en un sueño profundo y efímero que me mostró a la mujer que iba a tallar. Se acercaba a mí como la imagen de una virgen. Era solo el torso, no decía nada, ni siquiera me miraba a mí, tenía la mirada gacha.
Me desperté ahogado, como si hubiese contenido la respiración durante esos largos segundos. Salté de la silla para agarrar el pico y empecé. No dormí durante toda la semana. Al séptimo día la terminé. Era perfecta. Una lágrima se me escurrió cuando me alejé para contemplarla.
Un par de tardes después vino mi cliente a buscarla. Estaba fascinado. La cargó en su camioneta y se fue. Me quedé en la calle mirándola alejarse hasta que dobló en la esquina. Se sintió tan raro. Los días que pasamos juntos hasta que vinieron a llevársela fueron de ensueño. Me despertaba y la iba a contemplar, por horas. Algo no me dejaba despegarme de ella. Me brillaba la mirada de solo verla.
La primera noche sin la flaca fue terrible y los días que pasaron peor. No podía dormir, no podía comer ni mucho menos trabajar. Un calambre en el alma me paralizaba día y noche. Hasta que decidí que tenía que recuperarla.
Sin avisar llegué a la casa de quien la había comprado. Se sorprendió, claro, de mi visita y aún más de mi pedido. Me argumentó que él había pagado por la pieza y que era de sus favoritas. Sin prestarle atención y apartándolo de mi camino empecé a buscarla por el caserón. No estaba en el cuarto de las obras. Dónde la tenía ese depravado pensaba y atravesaba las habitaciones como un animal atrás de una presa.
Mientras iba por el pasillo una luz proveniente de una habitación me mostró el camino. Estaba allí, bella como siempre, encima de un pie frente a la cama. Entré y fui directo a besarla. No lo había hecho antes pero un impulso me obligó. Atrás mío venía el que se creía su dueño.
-¿Qué haces, desquiciado? ¡Salí ya de mi casa!- Me gritó. Yo no le ponía atención y seguía abrazado a ella cuando unas manos me apartaron de un tirón.
-Te dije que te vayas. Ahora es mía- me dijo con furia al tiempo que me metía una piña. Una fuerza que no sabía que tenía se apoderó de mí. Me le fui encima. Debíamos parecer leones peleando por la última gacela de la sabana.
Al fin le di un golpe certero contra el piso. Sentí un ruido seco. Me di cuenta lo que había hecho y una ansiedad me invadió. Entonces voltee y la vi. Todo era por ella. Sin pensar más la agarré con pie y todo y hui. Vine directo acá. Entre todos los pensamientos que me pasaban por la cabeza la imagen de la montaña y esta casa eran los más claros y supe quée tenía que hacer.
-¿Me acaba de confesar un homicidio?- El cosquilleo en las manos se había transformado en sudor frío.
-En fin, a lo hecho, pecho. No sé vos pero tanta charla y vino me bajó el sueño. Es tarde, imagino que no te irás ahora. Podés dormir en aquel sillón, te alcanzo una manta.
“Salí de ahí”, me decía mi cabeza pero mi cuerpo no me movía.
-Che qué pálido estás - Me entregó la manta. No te habré dado miedo después de la historia. Tranquilo que soy una persona pacífica si no me hacen nada y vos no me has hecho nada. Que descanses se despidió y me palmeó el hombro.
Metió con dificultad el pie y la escultura a su habitación y cerró la puerta.
Me acosté en el sillón convenciéndome de que todo iba a estar bien. Yo no quería hacerle nada, su escultura no me interesaba, así que nada tenía que hacerme. Me repetí esto hasta dormirme.
Al rato desperté, transpirado y sentado en el sillón. ¿En qué momento? Me miré, me palpé y corroboré estar bien. Me refregué los ojos, la imagen del busto de mujer se acercaba a mí con rayos de luz por detrás. No, no, no, no pienses en eso, me repetía mientras volvía a recostarme. Cerré los ojos con fuerza para obligarme a dormir. No lo lograba. Seguía viendo a la mujer. ¿Por qué no podía sacármela del pensamiento? De repente necesitaba verla y tocarla.
Con sigilo pero con rapidez llegué hasta la puerta de la habitación donde dormía el viejo. Apoyé los dedos sobre la manija y esperé. Todo bien, sin ruidos. Le hice fuerza y un suave chirrido rompió el silencio; no me detuve, era mejor hacerlo de una. Abrí: el viejo seguía dormido.
Entré pisando solo con los dedos. La luz de la noche que entraba por la ventana le iluminaba la mitad del cuerpo a la figura de piedra dejándole la otra a oscuras.
Me detuve para contemplarla a unos pasos de ella. Me aflojé todo. Lento le acerqué un dedo a uno de los brazos y lo arrastré por el cuello hasta llegar al busto. Le seguí el contorno de un seno, después del otro y subí por el cuello hasta la cara. Le toqué los pómulos, recorrí los ojos y finalmente me detuve en los labios.
Los tocaba de lado a lado mientras me acercaba. Me latía muy fuerte el corazón, el estómago se me pegaba a la espalda. El olor a piedra me pareció más dulce que el de cualquier chocolate que hubiese probado.
Por fin pegué mi boca a la suya. El frío de ella chocó con el calor de mis labios.
Me despegué, la miré y volví a abalanzarme, esta vez abrazándola y acariciando su pelo duro y sus brazos lisos.
Me sorprendió un golpe seco en la espalda que me tiró al piso.
-Le dije que soy una persona pacífica si no me hacen nada. Esta no es la definición de hacer nada.- Era el viejo. En la penumbra de la habitación solo podía vislumbrar su figura y un brillo violento en sus ojos.
Ni siquiera respondí. Me incorporé y me lancé a él. Nos fundimos en una danza de puños y patadas. Enrolladoscomo serpientes en el piso tratamos de terminar el uno con el otro.
En una de las fuertes volteretas que dimos chocamos con el pie del busto, que hizo temblar a la flaca encima de él. No lo percibimos, en cambio, seguimos pegándonos y pateándonos al lado del pie. Una de las patadas, no podría decir de quien, hizo que el temblor se convirtiese en un balanceo y éste en una caída.
La flaca se desplomó encima nuestro. El peso del busto nos dejó sin aliento. La cabeza se desprendió y rodó unos metros. Mientras nosotros quedamos debajo de ese pecho frío y con olor a tierra. Ya no peleábamos, no podíamos movernos. La figura nos envolvió hasta desvanecernos en un sueño profundo y quedamos tan duros y helados como ella. Sonreímos.
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