No recuerdo haber pensado, cuando era niña, que estabamos solas.
Supongo que una aprende ciertas cosas antes de tener palabras para nombrarlas.
Mis padres trabajaban, salían, tenían sus problemas, sus discusiones, sus cosas de adultos. Nosotras eramos chicas. Y, de alguna manera, siempre terminabamos aprendiendo a arreglarnos solas.
Una de esas tantas veces fue la salida de la escuela.
Mis papas habían designado un remis que debía llevarnos a casa después de la escuela. Era algo habitual: mi hermana y yo salíamos, esperábamos y él nos buscaba y drjaba en nuestra casa.
Pero, un día, el remis no fue, y nadie estaba al tanto de esta situación.
Mi hermana y yo quedamos solas en la esquina a la espera de su llegada.
Esperamos. El tiempo pasaba...
Seguramente alguien había olvidado avisarnos. Seguramente en algún momento aparecería un adulto diciendo que había habido una confusión.
Pero pasó el tiempo y nadie vino.
Entonces hicimos lo que cualquier niño hace cuando no saben qué hacer: inventamos un pequeño mundo de juego para soportar la espera.
Armamos una especie de tienda con nuestras mochilas y nuestras camperas. Nos metimos ahí, como si aquel pequeño refugio improvisado pudiera protegernos de todo lo que estaba pasando.
No recuerdo haber llorado.
Recuerdo esperar.
Y eso es lo que más me queda de aquella escena.
Esperar.
Por casualidad, mis abuelos maternos llegaron a la escuela para buscar a mis primos. Primero dejaron a mis primos y después volvieron por nosotras. Sí, tuvimos que esperar un poco más, no nos llevaron en ese momento, fueron, llevaron a mis primos y volvieron por nosotras.
Siempre hubo lugar para todos en ese auto.
Eso también lo recuerdo.
Mucho tiempo después entendí que lo que más me dolía de aquella historia no era solamente haber quedado solas en una esquina.
Era sentir que, de alguna manera, siempre había alguien más importante.
Mis primos.
Los adultos.
Los problemas.
Las cosas que tenían que hacer.
Y después estábamos nosotros.
Mis padres se enteraron solo al llegar a casa nosotras traidas por mis abuelos, hasta entonces nadie se habia percatado de nuestra ausencia y aquello terminó en una enorme guerra campal. Mis abuelos acusandolos de desalmados y despreocupados, ellos culpando al remisero, que se fue de un día para otro de la ciudad sin avisar que no seguiría con el trabajo de buscarnos.
Pero yo era una niña.
No entendía de responsabilidades, de trabajo, de horarios ni de adultos que se equivocaban.
Solo sabía que había esperado.
Y que nadie había venido.
Quizás por eso hoy, cuando pienso en mi hija, hay cosas que tengo muy claras.
Y aplico la regla de los 4 YO de mi profesión en mi maternidad:
Yo la busco.
Yo la llevo.
Yo la espero.
Yo quiero saber dónde está.
No porque sea una madre perfecta. No lo soy.
Sino porque conozco demasiado bien lo que se siente estar en una esquina esperando que alguien venga a buscarte.
Y quizá esa sea una de las cosas que más me cuesta aceptar de mi infancia: que muchas veces no necesitábamos grandes cosas.
Necesitábamos que alguien estuviera.
Que alguien nos mirara.
Que alguien nos dijera: “Yo me ocupo”.
Aquella niña no sabía explicarlo.
Solo sabía esperar.
Y mientras esperaba, armó una pequeña tienda con sus mochilas y su campera.
Como si pudiera construirse sola un lugar seguro.
Tal vez, sin saberlo, ahí empezó todo.
La niña que aprendió a arreglárselas sola.
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