La brújula del corazón.-
William Doreé
La brújula del corazón.-
Por Willian Doreé.-
Darío Bruma avanzaba cansado por el sendero, buscando una piedra para descansar. Allí estaba Nerea Valcárcel, sentada, con la mochila apoyada a un costado y la mirada perdida en el paisaje. Él la saludó con un gesto breve y se acomodó cerca, agradecido por la pausa.
—Soy Darío —dijo, rompiendo el silencio.
—Nerea —respondió ella, con una sonrisa leve.
Se miraron unos segundos, como si la montaña hubiera decidido que ese cruce no era casual.
— ¿Hacia dónde vas? —preguntó él.
—A la Laguna de los Tres. ¿Y tú?
—Lo mismo. Parece que compartiremos camino.
El primer tramo fue amable: bosques de lengas, la Laguna Capri reflejando el cielo como un espejo. El aire olía a madera húmeda y tierra fría. Conversaron sobre la ciudad que habían dejado atrás.
— ¿Por qué viniste? —preguntó Nerea.
—Para escuchar el silencio. ¿Y tú?
—Para mirar el cielo sin luces que lo ensucien.
El crujido de la nieve bajo sus botas marcaba el ritmo de la caminata. El cansancio se mezclaba con frutos secos, chocolate y café compartido.
—¿Siempre viajas solo? —preguntó ella.
—Sí. La soledad me acompaña mejor que la gente.
—Yo también. Aunque a veces me pregunto si no es una excusa.
Más adelante, el terreno se volvió exigente. El viento rugía entre las rocas, y cada ráfaga parecía un susurro de la montaña. El último tramo, empinado y pedregoso, exigía cada músculo. Allí, entre la nieve, vieron huellas desordenadas.
—No parecen de animal —dijo Darío.
—Ni de caminante. Quizás de alguien que ya no está.
Al caer la tarde, aparecieron los primeros signos misteriosos: una cuerda vieja colgando de un árbol, una fogata apagada con piedras dispuestas en forma de estrella.
—¿Qué ves? —preguntó Darío.
—Presencias. No están aquí para asustarnos. Nos están cuidando.
Fue recién más adelante, cuando el cansancio los obligó a detenerse otra vez, que ocurrió el hallazgo. Semienterrada en la nieve, Darío encontró una brújula metálica.
—Mira esto —dijo, mostrándola.
—Un corazón grabado… —susurró Nerea.
— ¿Quién la habrá dejado aquí?
—Quizás alguien que quiso que la encontráramos.
La aguja marcaba el norte, pero vibraba con inquietud.
Al llegar a la Laguna de los Tres, el Fitz Roy se alzó imponente, un guardián de piedra y hielo. Esa noche, la cena fue un guiso de pollo con papas preparado con las raciones militares. El olor del guiso llenó la carpa, mezclándose con el humo del hornillo.
—Nunca pensé que un guiso tan simple pudiera ser tan perfecto —dijo Nerea.
—En la montaña todo sabe distinto. Aquí cada bocado es supervivencia.
El café fuerte les devolvió fuerzas. Afuera, el cielo se abrió con un espectáculo imposible: una lluvia de estrellas fugaces y la visión perfecta de Venus, brillando sobre la montaña como un faro solitario.
—Cada estrella que cae es un deseo que alguien olvidó pedir —murmuró Nerea.
— ¿Y qué deseas tú? —preguntó Darío.
—No estar sola. ¿Y tú?
—Que la soledad no me condene.
La brújula comenzó a girar en 360°, frenética.
—No busca el norte —dijo Darío.
—Busca otra cosa. Quizás un destino.
Las figuras de los montañistas fallecidos se insinuaron entre las rocas: difusas, inofensivas, moviéndose con calma. No hablaban, pero sus huellas los guiaban hacia un sendero más seguro.
— ¿Los ves? —preguntó Nerea.
—Sí. Y siento que nos protegen.
—La montaña guarda a sus muertos, y ellos nos muestran el camino.
El viento golpeaba la carpa, y el crujido de la nieve se mezclaba con el silencio de sus pensamientos. Hablaron de la ciudad, de las rutinas que habían abandonado, de los miedos que aún los perseguían.
— ¿Crees en el amor? —preguntó Nerea.
—No. Pero creo en la compañía.
—Yo tampoco. Aunque a veces pienso que el amor es solo otra forma de no estar solos.
Entonces salieron de la carpa y se sentaron sobre una roca, bajo el cielo abierto. El aire era frío, pero la visión de Venus y las estrellas fugaces los envolvía en un calor extraño.
— ¿Qué te duele más? —preguntó Nerea.
—La memoria. Los recuerdos que no puedo borrar. ¿Y a ti?
—El futuro. No saber si habrá alguien esperándome.
—Quizás la montaña nos responde —dijo Darío, levantando la brújula.
—O quizás solo nos recuerda que estamos perdidos juntos.
El silencio se volvió confesión. El viento era un idioma secreto, y cada estrella fugaz parecía un altar encendido en el cielo.
—¿Sabes qué pienso? —dijo Nerea.
—Dime.
—Que esta montaña no nos juntó por casualidad, sino para que aprendamos a mirarnos como se mira el abismo: con miedo y con deseo.
—Entonces —respondió Darío—, cada paso que dimos fue un rezo, y cada palabra, una plegaria.
Se quedaron en silencio, escuchando el murmullo de la montaña como si fuera un coro invisible.
Al final, cuando el camino los obligó a separarse, ocurrió lo inesperado. No hubo promesas ni abrazos, solo un instante de silencio compartido. El aire estaba frío, el Fitz Roy quedaba atrás, y Venus seguía brillando en el cielo. Y entonces, al unísono, sus voces se fundieron en un mismo latido:
—¿Y si nos damos una oportunidad?
El eco de esas palabras se mezcló con el murmullo de la montaña. Las huellas, las luces, las estrellas fugaces y el corazón grabado siguieron resonando en su memoria.
Cierre ceremonial.-
"La brújula apareció tarde, como un secreto. Giró en círculos, los muertos dejaron huellas, Venus brilló como un corazón suspendido. Y en la despedida, la soledad se abrió a la posibilidad de compañía."
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