Inicio Jorge El Ciego

Jorge El Ciego

The Nes Britez

thenewnesfull

03 Abr, 2026
📚 Terror

Jorge el Ciego


Octubre de 2015. El tren se queja. Una voz metálica y llena de descarga anuncia:

—... favor de abordar. El tren de las 00:45 con destino a Ezeiza por andén número dos. Favor de abordar. El tren con…

"La misma música de siempre", piensa Jorge el ciego. Es el último tren. El definitivo. El que lo lleva a su hogar. Es sábado. Su trabajo ha terminado por hoy, pero para él es como cualquier otro día.

Excepto por la extraña sensación de que alguien lo seguía... y ese olor nauseabundo que impregnaba la Estación Constitución como nunca. Jorge el ciego se alista. Se aferra a su improvisado bastón (una gruesa rama de su propio árbol que su hijo Alan cortó). Da unos pasos. Casi choca con la puerta. Oye una risa… rara. Burlona. Casi anormal. Se vuelve… nada. Bah. Seguramente debe ser uno de esos chiquillos drogones, esos que el paco ya capturó y que ahora deambulan cual zombis destartalados.

Es el último tren. No hay muchos pasajeros… pero todos los asientos se encuentran ocupados. Tras su casi choque con la puerta, su oscura gafa cae de su rostro. Se agacha. Tantea. La toma. Con sus manos sucias, se la vuelve a acomodar. Pobre hombre… nadie se levanta a ayudarlo. No importa. Está acostumbrado. Lamentablemente está acostumbrado a los ciegos de la sociedad; a los que no quieren ver. A los que ignoran. A los que rechazan; a los que discriminan ("Sí —suele pensar Jorge el ciego—, aun en este siglo existe la discriminación").

Un molesto pitido se escucha. Las puertas se cierran. El tren arranca. Jorge se ladea… se sujeta de la cabecera de uno de los asientos dobles del tren para no caerse. En la acción, roza el cabello de una mujer que lo mira despectivamente. La mujer piensa: "No me toques con esa mano asquerosa".

—Usted disculpe —dice Jorge el ciego. Y sonríe.

La mujer abre la boca para contestar, pero luego observa un precario cartel hecho de cartón arrugado que cuelga del cuello de Jorge el ciego (sostenido por un simple cable) y, escrito en trazos gruesos —muy desprolijo y con faltas de ortografía—, la siguiente frase: “Beterano. Es comvatiente de MALVINAS”.

La mujer (Jorge podría jurar que la misma no tenía más de treinta y cinco años y que el color de su cabello era castaño) cambia el semblante y apenas sonríe. Se siente avergonzada. Inmunda. Lleva sus manos a la cartera y extrae dinero. Agarra a Jorge del brazo y le abre la mano.

—Dios lo bendiga —dice ella.

—Gracias. Dios la bendiga a usted —replica él a través de su barba. Jorge sonríe. Ella nota su falta de dientes.

Las luces del tren comienzan a lanzar un pequeño zumbido… a la vez que se apagan y se vuelven a encender. Y otra vez ese olor… Jorge el ciego arruga la nariz. Una nueva risa burlona se escucha. La oía desde todas las direcciones. Era una risa grotesca. No era la de un niño, no era la de un hombre. Era…

—¿Acaso no escuchan eso? —pregunta a los pocos presentes.

Silencio. Solo el tren le contesta.

Un anciano de sombrero marrón se levanta y le dice:

—Señor. Por aquí. Siéntese aquí.

Jorge sigue el sonido de la voz. Comienza a caminar tanteando el lugar con su bastón. El anciano lo toma del brazo, guiándolo, y le cede el asiento.

—Dios lo bendiga —agradece Jorge.

—Dios lo bendiga a usted —dice el anciano y coloca en uno de los bolsillos del desgastado traje beige de Jorge un billete de cien pesos.

Jorge siente la mano del anciano.

—No es necesario, señor —le avisa.

—Siempre es necesario y nunca es poco para nuestros veteranos. No debería darle vergüenza. Al Gobierno es a quien debería darle vergüenza… —dice el anciano y, cambiando su expresión de amabilidad a enojo, agrega—: ¡Esos hijos de puta… ese hijo de puta de Galtieri debería estar mendigando aquí! Y arrastrarse como la víbora que fue…

Jorge el ciego sonríe… pero no solo. La voz burlona, sobrenatural, también lo hace. Jorge siente escalofríos.

—¿Lo ha escuchado usted también? —le pregunta inquieto al anciano, algo asustado.

El anciano abre la boca para responderle, pero justo en ese preciso momento las luces del tren vuelven a parpadear… tres veces seguidas. A la cuarta vez, hubo un apagón prolongado. Las conversaciones cesaron… dieron paso a murmullos. Luego, insultos. La bocina del tren suena. Jorge oye un sonido. Algo así como un gruñido fino, casi un lamento. Un rechinar de dientes. Aquel sonido venía de la ventana del tren.

A un lado de Jorge había un muchacho, y este se pone a hablar con el anciano. Jorge no escucha la conversación. No le interesa. Las luces se encendieron de pronto… y en ese instante, Jorge ve un rostro en la ventana, desde afuera. Un rostro abominable, con la piel destrozada, colgando horriblemente. Un ojo podrido, hinchado; un líquido negro, viscoso, vertía. El otro ojo —inexistente— estaba adornado por diminutos gusanos que caían hasta la boca (lo que quedaba de ella) y se perdían en la lengua de aquel ser mientras este sonreía y, con voz espectral, canturreaba:

—Mambrú se fue a la guerra… qué dolor, qué dolor, qué pena… Mambrú se fue a la guerra y nunca volverá… —sonrió diabólicamente y tosió. Parecía atorado. Luego continuó cantando—: Jorge se irá a la guerra… qué dolor, qué dolor, qué pena… Jorge se irá a la guerra y nunca volverá…

A continuación volvió a toser y luego escupió sobre el vidrio de la ventana; fue una enorme mancha de sangre oscura y hedionda —gelatinosa— y varias dog tags (chapas de identificación) que, junto a las larvas, se quedaron adheridas al vidrio. Una de las placas llevaba escrito: “Jorge el ciego”. Y, más abajo, con letras mayúsculas: “UN VETERANO DE LA… ESTAFA”.

Jorge estalló en un enorme grito. Las luces volvieron a su estado natural. Parecía que de pronto el tren estaba vacío. Jorge contempló a su alrededor, sudando, nervioso, envuelto en un manto de terror y confusión. En el último de los asientos, alguien, un niño, le hace señas.

— ¿Alan?

No hay respuesta. Jorge el ciego se levanta, se quita las gafas y camina hasta el niño.

— ¿Alan… eres tú? —pregunta, totalmente desconcertado.

Más ademanes por parte del niño. Jorge se acerca. Lanza el bastón a un lado.

Al cabo, el niño dice:

—¿Esta es la inspiración que me dabas? ¿Es esta la enseñanza que tratabas de imponerme?

Jorge frunce el entrecejo.

—Alan… hijo. ¿Qué es lo que…? No entiendo… No sé qué sucede…

Por fin cara a cara. No hay dudas. Es su hijo.

—Todos me lo decían. Todos en el barrio me lo decían. Incluso mamá. Todos me decían que eras una mala persona… ¡Que eres una mentira! ¡Que engañas a la gente! Pero yo no les creía… no quería ver.

—No, cariño… Alan, hijo. Yo puedo explicarte… —Jorge trata de tocar a su hijo.

—¿Qué vas a explicarme, papá? —replica el niño, enfadado—. ¿Que timas a las personas? ¿Que no eres un veterano de nada? ¿Y que mucho menos nunca fuiste a la guerra ni eres ciego?

El rostro y todo el cuerpo de Alan comienzan a incinerarse. Todo hedía a cabello quemado y a carne achicharrándose. Asándose.

—¡Mira! ¡Mira lo que has hecho! ¡Mira lo que tus mentiras han hecho de mí! Ahora arderé en el propio limbo que creaste. En el limbo de las mentiras e hipocresías.

La mano de Jorge toca fuego, luego piel muerta. Luego solo cenizas. Prorrumpe en un estrepitoso alarido de dolor.

—¡Alan! ¡Noooooo!

Alan desaparece. La luz se apaga. Se vuelve a encender. Jorge el ciego se voltea… todos los pasajeros habían regresado.

—¡Asqueroso y vil hijo de puta farsante! —exclama el anciano—. ¿Dónde están tu bastón y tus gafas?

—¡Rata inmunda! —le grita el muchacho que se encontraba sentado junto a él.

—¡Mentiroso de mierda! ¡Devuélveme mi dinero! —dice la mujer del cabello castaño.

Todos se abalanzaron contra él. La luz vuelve a apagarse… y al encenderse una vez más, Jorge casi desfallece. Vio al anciano sin un brazo. La piel le colgaba del hombro. Un hueso le sobresalía y un trozo de carne se resbalaba y caía al suelo. El muchacho tenía el cráneo cortado; los sesos le asomaban. La mujer no tenía pies y se arrastraba gimiendo, dejando rastros de sangre y coágulos.

Jorge gritó a la vez que comenzó a tener arcadas y no pudo contener las ganas de vomitar. Aquel espectáculo era horrible. Sus víctimas ahora eran seres asquerosos… demonios vengativos.

—Dios te bendiga… —les dijeron los tres al unísono.

Jorge el ciego ahora mudo. Nada que decir. Imposible reaccionar.

Y de pronto… la bocina del tren. Las luces se apagan y se encienden. El tren detiene su marcha. Silencio en el vagón. Jorge mira a sus atacantes. El anciano lo miraba con furia, pero era normal. El muchacho tenía su cabeza entera. La mujer, sus extremidades sanas. Todos lo miraban con sumo enojo.

—Vete de aquí, hijo de puta —lo acusó el anciano—. No quiero verte nunca más con tus falsas obras de teatro. No intentes volver porque la próxima te lincharemos…

Jorge el ciego, temblando, no respondió y, caminando hacia atrás, se acercó a la puerta. Esta largó su peculiar pitido y se abrió. Detrás de él, una voz clama:

“Si quieren venir que vengan nomás. Les presentaremos batalla”.

Jorge se volvió. Vio a soldados gritar enérgicamente… vio explosiones, ráfagas de ametralladoras, fuego, disparos. Alaridos de dolor. Cuerpos amputados. Un avión Mirage III pasa cortando el aire, rabioso y veloz. Y una voz de ultratumba le canta por un altoparlante:

—Jorge está en la guerra… ¡Ay, qué dolor, qué dolor, qué pena! ¡Jorge está en la guerra y nunca más se irá…!

Lejano, el tren toca bocina. Se marcha. Jorge el ciego cae de rodillas sobre la hierba. Había una densa neblina.

—Dios

me bendiga —dice—. Dios nos bendiga a todos.


Néstor Britez


Compartir historia

Comentarios (0)

Inicia sesión para dejar un comentario

Iniciar sesión

No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!