Inocente maldición
Juan J.
— ¡Salta! — gritó.
— ¡No! — respondió.
Allí, al borde del abismo, se encontraba. Rodeado del vértigo que le hablaba y del viento que le aguantaba.
— «No lo mereces» — dijo, consoladora.
— «¡Exactamente!» — contestó en llanto.
Llegó allí, frente a sí, una luz. No sabía si era del cielo o el infierno; la esperanza o la desesperanza. Solo llegó, y ante ella cedió.
— «Mátala» — le susurró en el oído. «Es de todas formas su destino».
— «No lo merece. Es bonita y puede volar» — le respondió.
— «Hazlo. Puede que muera en la noche, mañana o pasado mañana. Donde vaya querrán matarla. Ella lo sabe y vive con ese miedo constante».
— «Si es así. ¿Por qué no lo hace ella misma?»
— «Porque no sabe que puede. Ayúdala».
La luz se apagó. Volvió a sí.
— «¿Ahora lo entiendes?» — preguntó.
— «Siempre fui la paloma».
— «Eras muy joven para entenderlo».
— «Ayúdame» — suplicó.
— «Tú no lo hiciste».
— «No lo sabía».
— «Pero ahora sí lo sabes».
— «Gracias» — dijo en paz.
— «No es nada».
Fin.
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