Hilos de la Causalidad.-
William Doreé
Hilos de la Causalidad.-
Por Willian Doreé.-
Un crepúsculo que atrapaba sueños, pensamientos y deseos se fundía con la mejor vista de un mar sereno; ese que acompaña los silencios con historias ansiosas por ser vividas. Así era el final de aquel día perfecto: tenía sabor a vida. De ese modo lo sentía Vivian, sentada en la terraza del bar. En su soledad, con paz en el alma, el cuerpo y el espíritu, disfrutaba de su café doble con crema y una porción de Lemon pie, su postre preferido. Tenía sus bellos ojos perdidos en el horizonte del mar celeste mientras de su pensamiento brotaba una certeza: "Qué vacaciones perfectas".
La luna, en su apogeo, se veía inmensa y romántica, dejando en libertad a sus ángeles celestinos mientras sonaba Serenata a la luz de la luna de Glenn Miller, cómplice absoluto de ese tiempo que Vivian deseaba eterno. Mientras tanto, en otra dimensión, sentados en la cúpula del Castillo, estaban Los Eternos susurrando secretos. El Señor Tiempo y el Señor Destino debatían sobre el futuro amoroso de la mujer.
—Ordenemos el amor de la señorita —exclamó el Señor Tiempo. —Tejamos los hilos del deber y la devoción —proclamó el Señor Destino. —No olvidemos —susurró el Tiempo— que el amor verdadero florece en la libertad.
Como por arte de magia, Vivian escuchó una voz: —Hola, buenas tardes, señorita. —Buenas tardes —respondió ella. —Me presento, me llamo Leandro. Me encuentro solo y pensé si podríamos compartir una buena plática y algo para beber o tal vez comer, si no la molesto.
El caballero vestía de forma sencilla pero impecable; tenía excelente presencia y era educado. Vivian tardó unos cuantos segundos en responder tras una observación exhaustiva. Con alguna que otra reserva, pensó: "Estoy de vacaciones, rodeada de gente, nada malo ha de pasar".
—Tome asiento, por favor —expresó ella.
Se hicieron las presentaciones de rigor. Leandro llamó al camarero y pidieron una cerveza. Mantenían una conversación fluida, dinámica y amena; las risas nacieron al mismo tiempo que la luna crecía sobre el mar. El espectáculo no podía ser mejor. En el otro plano, el Señor Destino y el Señor Tiempo recibieron la sorpresa de la Señora Causalidad, quien no esperó ni un segundo para opinar: —Dejad que el azar guíe algunos pasos y veréis la belleza de lo inesperado.
Vivian, en plena plática, sorprendió a Leandro con una pregunta: —¿Te imaginas encontrando a alguien que esté a tu altura, o prefieres siempre mantener ese misterio de "lo que salga", como dijiste? —Me encantan los misterios, la luz de las velas, la música de saxo, los sahumerios suaves... lo inesperado —respondió él—. Como una tormenta y una lluvia furiosa golpeando contra un ventanal mientras se hace lo que hay que hacer. Es el contraste absoluto: el caos afuera y un ritual sagrado adentro.
Vivian, sorprendida y casi atrapada por la respuesta de Leandro, intentó dar un golpe de gracia: —¿Esa tormenta es el cierre de una noche de aventura o el escenario donde todo empieza, mientras el primer relámpago ilumina el ambiente? —Ese escenario es una trampa para los sentidos —respondió Leandro—. La combinación de una lámpara de sal, con ese tono anaranjado que suaviza las facciones, y el sonido del saxo, es letal. El saxo tiene esa frecuencia que vibra directo en el pecho; es el instrumento más elegante para marcar el ritmo de lo que está por pasar.
Vivian quedó asombrada. Él agregó: —Es el momento donde la "inteligencia femenina" de la que hablas se traduce en gestos, en silencios cargados de intención y en esa capacidad de llevar la emoción a un nivel donde el resto del mundo deja de existir.
Tras tan excelente charla, decidieron ir a cenar, mientras un travieso vino Malbec maduraba la situación. Quién iba a pensar que viviríamos aquello que revelamos en murmullos. La historia se escribió en un suave color celeste pastel sobre las páginas del apetito.
En lo alto del Castillo, los tres Eternos sonrieron al unísono al ver cómo los hilos finalmente se entrelazaban. Vivian y Leandro se transformaron en suspiros clandestinos y en caricias donde el alma invita al anhelo; un encuentro que la piel retiene y que la Causalidad, en su infinita paciencia, había diseñado para ser inolvidable.
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