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El último recuerdo

Mireia Zuluaga Brull

meelodramática

13 Feb, 2026
📚 Dramática

Todo estaba oscuro, sin un ápice de claridad que le permitiera distinguir su entorno. Se quedó quieto, intentando recordar por qué estaba allí, pero no conseguía hacer memoria. Obviamente, recordaba a sus parientes, amigos y compañeros de trabajo con los que había podido congeniar mejor. También recordaba fechas señaladas como, por ejemplo, el nacimiento de su hermana pequeña, su dieciocho cumpleaños, la boda de su tía preferida… Pero no era capaz de sacar en claro dónde estuvo en las últimas horas.

Un estruendo y, aunque no podría deciros si pasaron segundos, minutos u horas, unos destellos azules y rojos inundaron ese lugar extraño. Desconcertado, intentaba distinguir algo que le pareciera familiar: notaba una fría pero agradable brisa acariciando su tez; le transportaba a la de las noches de verano cuando empieza a refrescar; oía mucho alboroto, como si estuviera en algún tipo de fiesta mayor; finalmente, consiguió distinguir las cosas que lo rodeaban y, al estar repleto de miles y miles de colores, concluyó que se encontraba en un parque temático para niños.

Entre los gritos de alegría de los niños, tan joviales como puede ser un niño cuando es niño, pudo diferenciar una voz en particular: delante suya estaba ni más ni menos que su hermana, que inmediatamente lo cogió de la mano y lo guio por ese parque tan extraño y tan entrañable a la vez.

No tenía nada de especial; como todos los parques para niños habían ferias, escaparates con helados y algodón de azúcar de muchas variedades de colores, espectáculos de magos y luces... Muchas luces.


Es entonces cuando llegaron al final del trayecto y allí ella se giró. No se había fijado antes, pero esta vez se dio cuenta de que no habían pupilas en sus preciosos ojos esmeralda. El corazón le dio un vuelco y se dio cuenta de que, por muchos gritos de niños que oyera, ellos no estaban allí; que, por muchos estantes que hubiera, los vendedores no estaban allí; que, por muchas ferias que hubiera, los feriantes no estaban allí… Que, por mucho que notara la mano de su hermana agarrando la suya, ella no podía estar allí. Recordó esta vez que su hermana había muerto. No sabría deciros si hacía años, meses o semanas. Lo único que tenía grabado en su mente era el momento exacto como presenció cómo esos bonitos ojos esmeralda perdían la luz que siempre traían siempre consigo. Esa luz que lo inundaba siempre de alegría y color.

Quizás él no podría deciros cuánto tiempo transcurrió hasta que aparecieron esos destellos azules y rojos, o cuánto hacía que presenció la mayor desgracia de su vida. Pero yo sí.

Pasaron nada más ni nada menos que veinte minutos hasta que llegó la policía a un lugar donde unos lugareños habían encontrado un coche que se había salido de la carretera. En él se hallaban una mujer embarazada y un hombre aún inconsciente. A juzgar por sus documentos de identificación, la policía dedujo que eran hermanos. Aquí, en el hospital, intentamos ponernos en contacto con algún familiar pero sus padres habían fallecido y no teníamos más referencias.

Y aquí estoy, sujetando la mano de ese hombre y escuchando lo último que recuerda antes de haber despertado en la habitación 306 del hospital de mi trabajo.



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