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El Tiempo Cobra.-

Guillermo Alejandro Do Pazo

William Doreé

28 Feb, 2026
📚 Aventura

El Tiempo Cobra.-

Por Willian Doreé

 

                                                                          



La tarde caía sobre Buenos Aires con un aire espeso, como si la ciudad misma respirara secretos. Ella entró al café buscando refugio, pero lo encontró a él, Martín, sentado junto a la ventana. El reloj del lugar marcaba una hora imposible.

El mozo trajo dos cafés sin pedirlos. El silencio pesaba como un juicio.

Ella: “Martín… ¿vos acá? Es como si la ciudad quisiera burlarse de mí.”

Martín: “O castigarnos a los dos. Buenos Aires tiene memoria, y hoy decidió recordarnos.”

Los reproches comenzaron: infidelidades compartidas, amantes múltiples, traiciones bancarias, pasaportes falsos. Ella lo acusaba de viajes inexplicables a Panamá y Suiza; él la acusaba de congresos falsos en el Caribe y amantes ocultos.

Ella: “Tus pasaportes falsos, tus sellos de entrada a paraísos fiscales. ¿Cuántas veces viajaste con nombres que no eran tuyos?”

Martín: “¿Y vos? ¿Queres que hablemos de tus hoteles en Zurich, de tus oficinas fantasmagóricas en Ginebra? Nunca fueron congresos, fueron reuniones con banqueros invisibles.”

(El café se llena de murmullos. Los parroquianos parecen sombras que escuchan. El reloj se detiene.)

Ella mencionó las muertes nunca esclarecidas: un amigo cercano, un socio, un amante oculto. Martín se inclinó hacia ella:

Martín: “¿Querés insinuar que tuve algo que ver? Porque yo también podría hablar de tus silencios. El socio descubrió demasiado, el amante supo más de lo que debía. Y ahora nos miran desde la penumbra.”

Ella se estremeció. Miró hacia una mesa cercana. Allí, sentado en penumbra, estaba el fantasma del socio: traje oscuro, mirada fija, una copa de vino que nunca se vaciaba. Nadie más parecía verlo.

Ella: (susurra) “Está acá… ¿lo ves?”

Martín: (voz quebrada) “Sí. Siempre vuelve. Nunca se fue.”

El fantasma levantó la copa y la apoyó con fuerza. El sonido retumbó como un disparo silenciado.

Ella: “Vos lo traicionaste. Firmaste papeles, adulteraste cajas bancarias, lo dejaste sin salida. Y ahora nos mira, esperando que confesemos.”

Martín: “No fui yo. Fue la ciudad, fueron los negocios. Yo solo intenté sobrevivir. Pero él… él sabía demasiado.”

(Ambos llevan la mano al bolsillo. Ella acaricia el frío metálico de una Glock con silenciador, oculta en su cartera. Martín roza la culata de otra Glock, escondida bajo el saco. Ninguno la saca. El café entero parece contener la respiración.)

Ella: “No olvides, Martín… aquella noche en Panamá. El disparo que nunca llegó a mí. El silenciador en tu Glock, el pasaporte falso en tu bolsillo. ¿Pensabas que no lo recordaría?”

Martín: (se inclina, con voz helada) “Y vos… ¿Qué me decís de la copa en Zurich? El vino envenenado que nunca bebí. Creíste que no lo sabía, pero el fantasma que nos mira desde esa mesa fue quien me advirtió.”

Ella: “Entonces lo admitimos. No solo nos traicionamos con amantes y cuentas ocultas. También intentamos matarnos. Y sin embargo, estamos acá, vivos, con armas modernas y muertos sentados entre nosotros.”

(El reloj del café se detiene. Los parroquianos se vuelven sombras inmóviles. El fantasma sigue observando, inmóvil, como dueño del café.)


La Corriente Invisible.-

Los aeropuertos eran pasillos interminables de luces frías y anuncios metálicos. El aire olía a metal y perfume barato mezclado con sudor nervioso. Las ruedas de las valijas chirriaban como si arrastraran secretos. Cada control migratorio era un espejo roto: nombres falsos, documentos que temblaban en manos sudorosas, miradas que buscaban escapar.

En hoteles del Caribe y Zurich, las habitaciones guardaban ecos de amantes y conspiraciones. Las alfombras húmedas olían a encierro, las sábanas parecían aún tibias de encuentros prohibidos, y los espejos devolvían imágenes que no coincidían con la realidad. En los pasillos, el fantasma del amante oculto golpeaba puertas que nadie abría, como si buscara entrar en un cuarto que ya no existía.

En oficinas fantasmagóricas de Ginebra, escritorios vacíos iluminados por lámparas que chisporroteaban esperaban ser descubiertos. Las cajas bancarias secretas, unas legítimas y otras falsificadas, contenían documentos que podían condenarlos: firmas duplicadas, cuentas ocultas, cartas nunca enviadas. El fantasma del socio se sentaba frente a un escritorio invisible, revisando papeles que nadie más podía ver.

Cada viaje era una huida, cada amante una máscara, cada caja bancaria un secreto enterrado. Pero todo volvía al mismo lugar: el café porteño, tribunal eterno, donde los muertos se sentaban en mesas cercanas y los vivos confesaban con armas ocultas.

El fantasma del socio levantó la copa una vez más. El sonido retumbó como sentencia.

—“El tiempo no borra… solo cobra.”

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