El Pasajero
Hazel_CB
Eran las cinco de la tarde y un hombre esperaba impaciente en una parada de autobús. Sentía las piernas temblarle y las manos arderle. Pensaba en todo y en nada al mismo tiempo. El cielo comenzaba a oscurecerse y parecía que iba a llover, pero no caía una sola gota. Solamente había bochorno, un aire pesado que hacía más difícil respirar. Miraba la carretera esperando que apareciera el camión rumbo a Texcoco.
Cuando por fin lo vio venir sintió algo de alivio. Levantó la mano, el operador se detuvo y él subió deprisa. Pagó sus catorce pesos, avanzó por el pasillo y, por suerte, alcanzó un asiento. Apenas se sentó apoyó la cabeza contra la ventana.
Entonces comenzó a pensar.
Su madre estaba internada.
Esa mañana había salido de casa como cualquier otro día. Ella estaba bien. Se había despedido de él y le había dicho que Dios lo bendijera. Él fue a la escuela, después al trabajo y el día había transcurrido con normalidad. Incluso había estado platicando con una compañera, viendo si podían salir el sábado. Todo parecía normal hasta que recibió una llamada de su padre.
Le pidió que fuera al hospital.
No le explicó demasiado.
Solo le pidió que fuera.
Avisó a su patrón y salió corriendo.
Y ahora estaba ahí, sentado en un camión que parecía avanzar más lento que nunca.
Mientras observaba el camino comenzó a preguntarse cosas que jamás se había detenido a pensar. Pensó en Dios. Pensó en la religión. Pensó en todas esas veces que escuchó decir que la fe movía montañas. Porque cuando la vida va bien uno rara vez se cuestiona esas cosas, pero cuando alguien a quien amas está acostado en una cama de hospital empiezas a buscar respuestas en cualquier lado.
Miró por la ventana.
Los carros seguían avanzando.
La gente seguía caminando.
Los negocios seguían abiertos.
El mundo seguía igual.
Pero para él todo había cambiado.
Pensó en lo mal hijo que había sido muchas veces. No era una mala persona. Tampoco había sido el hijo modelo. Había cometido errores. Había tenido peleas con ella. Reclamos. Discusiones. Cosas que en su momento parecían importantes y que ahora, sentado en aquel autobús, parecían absurdas.
Recordó cuando era niño.
Recordó cuando era adolescente.
Recordó todas esas veces que creyó entender la vida.
Y sonrió con amargura.
Porque uno cuando es joven cree saberlo todo.
Cree que los adultos exageran.
Cree que sus padres no entienden nada.
Quiere comerse el mundo.
Y termina siendo el mundo quien se lo termina comiendo a uno.
Ahora que era adulto entendía muchas cosas que antes no comprendía. Entendía por qué el dinero nunca alcanzaba. Entendía por qué pagar una renta era complicado. Entendía lo difícil que era ahorrar para una casa. Entendía el peso de las responsabilidades.
Y aun así seguía sintiéndose rebasado.
Estaba endeudado hasta el cuello.
Debía dinero por todos lados.
Había comprado medicamentos para su madre.
Pagaba un préstamo de la casa.
Debía el teléfono que incluso había empeñado tiempo atrás para poder cubrir una colegiatura.
Se suponía que había salido adelante.
Se suponía que ya era un hombre.
Y sin embargo sentía que nuevamente estaba tocando fondo.
El camión seguía avanzando.
O al menos eso parecía.
Porque él sentía que estaba detenido.
Sentía que todos los carros lo rebasaban.
Sentía que cada semáforo duraba una eternidad.
Sentía que cada segundo se convertía en minutos y cada minuto en horas.
¿Qué pasaba si ya no llegaba a tiempo?
¿Qué pasaba si cuando llegara le decían que había muerto?
¿Qué pasaba si esa mañana había sido la última vez que la veía?
¿Qué pasaba si ya nunca volvía a escuchar su voz?
¿Qué pasaba si se quedaba solo?
Los pensamientos comenzaron a golpearlo uno detrás de otro.
Veía al conductor y se desesperaba.
Este cabrón ve que llevo prisa y no avanza.
Mi madre está enferma y este güey parece que va paseando.
Para colmo se subió un payaso a contar chistes.
Si me dice algo le rompo su madre.
Volvió la vista hacia la ventana.
Y los recuerdos regresaron.
Recordó las veces que su madre iba a buscarlo a la escuela y él fingía no verla porque quería verse interesante frente a sus amigos.
Recordó cuando ella lo esperaba en la estación del camión y él se sentaba lejos para que nadie lo molestara.
Recordó las veces que le reclamó porque quería libertad.
Porque quería tomar sus propias decisiones.
Porque quería hacer cosas que ella no le permitía.
Durante años creyó que ella no confiaba en él.
Que no tenía fe en sus capacidades.
Que quería controlarlo.
Ahora entendía que estaba equivocado.
Ella no actuaba así porque desconfiara de él.
Actuaba así porque lo amaba.
Porque las madres ven peligros que los hijos no pueden ver.
Porque las madres cargan miedos que nunca dicen.
Porque una madre puede parecer exagerada cuando solo intenta proteger lo único que tiene.
Y él no lo entendió.
No cuando era niño.
No cuando era adolescente.
Tal vez hasta ahora comenzaba a entenderlo.
Una pregunta comenzó a dar vueltas dentro de su cabeza.
¿Qué daría yo por estar con ella en este momento?
¿Qué daría por no haber sido así?
¿Qué daría por haber sido diferente?
Porque si hubiera sido diferente, tal vez estos recuerdos no me estarían castigando ahora.
El autobús finalmente llegó a la parada.
Bajó casi corriendo.
Todavía le faltaban cinco cuadras.
Corrió.
Corrió hasta que el aire dejó de entrarle a los pulmones.
Corrió hasta que sintió que las piernas iban a fallarle.
Y cuando por fin llegó al hospital encontró a su padre afuera.
Tranquilo.
Serio.
Esperando.
Lo primero que hizo fue preguntarle cómo estaba su madre.
Su padre lo miró.
-Está bien. Ya está fuera de peligro.
Sintió que el mundo entero se quitaba de encima de sus hombros.
Pero alguien tenía que quedarse esa noche con ella.
Sus hermanas estaban lejos.
Su padre dormiría en la camioneta.
Así que le tocó a él.
Dejó su identificación en recepción y entró.
Buscó la cama de su madre.
La encontró dormida.
Pequeña.
Frágil.
Mucho más frágil de lo que la recordaba.
Se acercó.
Le dio un beso en la frente.
Y se quedó junto a ella.
Las horas pasaron.
Sentado en el frío piso del hospital terminó quedándose dormido.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando una alarma lo despertó.
Por un instante pensó que estaba soñando.
Pero no.
Todo era real.
Frente a él, una mujer había dejado de respirar.
No había nadie acompañándola.
Nadie sosteniéndole la mano.
Nadie despidiéndose.
Las enfermeras comenzaron a reunirse.
El médico de guardia llegó.
Tomaron datos.
Cubrieron el cuerpo.
Una mujer acababa de morir.
La presión en su pecho comenzó a subir como espuma.
Miró a su madre.
La observó respirar.
La observó vivir.
Y sintió miedo.
Un miedo que jamás había sentido.
Su madre despertó.
Le pidió agua.
Él tomó una botella y se la acercó.
Todavía adormilada, ella lo confundió con su padre.
Él soltó una pequeña risa y dijo su nombre.
Ella lo miró.
Le tomó la mano.
Y con una voz débil le dijo que lo amaba.
Después le pidió que no la dejara sola.
Todo lo que había cargado durante años desapareció en ese instante.
Los reclamos.
Las peleas.
Los resentimientos.
Las discusiones.
Todo.
La abrazó.
Y por primera vez en mucho tiempo sintió que volvía a ser un niño.
-Nunca -le respondió.
Y mientras observaba a las enfermeras terminar el procedimiento de la mujer que había muerto sola aquella noche, permaneció abrazado a su madre, rezando en silencio para que mejorara, agradeciendo que todavía estuviera ahí y preguntándose cuánto daría una persona por una oportunidad más con alguien a quien ama.
Esa noche descubrió que él lo daría todo.
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