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EL HUECO QUE SANGRÓ

Claudina Herrera

Claudina

03 Abr, 2026
📚 Cuento corto


 

Era septiembre de 1981, cuando estábamos ya despidiéndonos de la escuela secundaria, decidimos organizar un asalto en la casa de Daniel, a fin de charlar y divertirnos un poco todos juntos, ya que al año siguiente cada uno elegiría un camino diferente.

Los varones llegamos una hora antes que las mujeres para hablar-pensamos- temas de hombres,  pues todos en poco tiempo cumpliríamos los 18 años. En realidad, cuando comenzó nuestra charla, mucho disto de lo planeado: recordamos nuestra niñez, jugando al pistolero con armas de madera o ramas de un  árbol seco, o haciendo un picadito en el campito con la pelota a medio inflar que, a menudo, nos arreglaba el zapatero del barrio.

De pronto, Juan dijo:

-Me gustaría ser médico en el futuro. He pensado en ginecología para traer niños al mundo, o pediatría, para ver crecer nuevas vidas.

Ricardo se inclinó por arquitectura, Javier seguiría el oficio de su padre. Yo acoté me inclinaría por una rama de la medicina, quizás psicología. En ese momento  llegó  Ema, quien, al oírnos, anunció: -Yo ya estoy preinscripta en la cruz roja para estudiar enfermería. posteriormente desearía ser instrumentista, tal vez en unos años nos volvamos a cruzar en una clínica u hospital.

Seguimos eligiendo la música mientras llegaban los restantes. Más tarde nos dispusimos a pasarla bien, y así lo hicimos hasta las doce de la noche, cuando   los padres de Daniel se aproximaron para avisarnos que ya era hora de ir dando término a nuestra reunión. Comenzaron a llegar otros padres a buscar a quienes Vivian más alejados. Yo que vivía al frente, salí con Juan, ya que su casa estaba en la misma manzana que la mía.

 

En los inicios de 1982, las noticias recorrían las calles argentinas con un solo comentario: “había que defender la soberanía sobre las Islas Malvinas, para ello, iremos a la guerra contra Inglaterra.” Integrantes del gobierno militar encabezados por el teniente General Leopoldo Fortunato Galtieri, comandante en jefe del ejército y presidente de la Nación Argentina, habían decidido de esa forma dar término a reclamos sindicales por los problemas económicos y los desaparecidos. Anunciando a viva voz que las Malvinas serían argentinas lograron distraer al pueblo y hacerlo soñar con un imposible.

 Mi madre que tenía muy presente que pronto me tocaría cumplir con el servicio militar obligatorio, no podía dominar su tristeza.  Yo que tenía aún mis sueños puestos en otra parte, casi no llegué a darme cuenta de la situación, cuando fui citado para presentarme ante las Fuerzas Armadas. También a Juan le tocó ir.

 

A fines de 1985, estando ya en democracia, El Intendente Municipal, tomó la decisión de incorporar al municipio algunos excombatientes de Malvinas, me informé al respecto, cumplí con los requisitos, e ingrese como administrativo.  

Me presentaron a mis compañeros. Del niño que fui ya no quedaba nada, me habían “sacado la pelota y me dieron un arma”, ya era un hombre con recelo, precavido, siempre atento, caminé sigiloso, y respondí con cautela cada una de las preguntas. No supe bien en ese momento que pensaban mis compañeros, pero jóvenes y adultos todos eran recurrentes con la misma pregunta.

- ¿Cómo viviste la guerra?

(tome la determinación de responderles a todos lo mismo)

- “Para mí la guerra fue un deber: defender nuestra soberanía”.

Pasó el tiempo y si bien su trato era agradable, notaba que, a la hora del café, o en algún rincón todos se preguntaban ¿Que pensaba yo después de haber vivido una guerra? ¿Cómo habría sido aquello? Pero no se animaban a volverme a consultar, quizás tampoco yo me encontraba en condiciones de enfrentar el tema.

Seguí trabajando y cosechando amistades y llegó el día en que, compartiendo un trabajo, María  se animó y me dijo:

-Alfredo ¿por qué golpeás con firmeza el escritorio? ¿Por qué nos decís buen día con grito? La miré en silencio y ambos seguimos trabajando. De pronto le dije:

-Te voy a contar lo que significó la guerra, pero a ti, y a todos les pido no me lo pregunten más.

Cuando me subieron aquel tren camino al sur de nuestro país, no pude imaginar que iba a ser protagonista de una guerra. Un militar- no sé de qué cargo- se encargó de explicarnos la importancia que tenía defender nuestras islas. Nos habló del patriotismo, nos inculcó lo fuerte que éramos en tierra y aire, que por agua los Ingleses se les dificultaría llegar, que sin duda nosotros ganaríamos esa guerra, que rápidamente venceríamos. Y entonces, para siempre, las Malvinas serían argentinas. 

Con la firme consigna de defender nuestra soberbia, defendiéndola aun con nuestras vidas, bajamos del tren y nos subieron a un camión. Nos fueron entregando un arma a cada uno, prácticamente no tuvimos tiempo de aprender a manejarla cuando ya estábamos inmersos en la guerra. Cavamos pozos donde entrabamos de pie y solo podíamos asomar la cabeza.

Con Juan, un vecino y amigo de toda la vida, un tiempo estuvimos en el mismo grupo. Pasamos varios días en ese sector, nos iban rotando de pozo en pozo, escondiéndonos entre pastizales, y de vez en cuando nos intercambiaban.

No sé si era más fuerte el frío o el hambre que pasamos. Recuerdo que la piel parecía haberse engrosado, las manos envejecidas, las lágrimas provocadas por la angustia y la incertidumbre, mezcla de dolor y frio se congelaban en nuestro rostro, en esos pozos la noche se confundía con el día, por momentos un silencio que aturdía, y en otros las explosiones, que ya no sabía que tan lejos o cerca se sentían, cada tanto  los fogonazos parecían acercarse.

Un día, creo al amanecer, paso un camión y alguien dio la orden:

-Suban cuatro-

Los dos primeros lograron subir, los otros dos lo intentaron sin éxito. Uno de ellos era Juan. corrían tras el camión , pero corta fue su carrera: de entre las sombras alguien disparó sin piedad, y yo, impotente , sin poder hacer nada, vi como Juan caía de bruces para no levantarse jamás. Un hilo de sangre corrió hasta el pozo y se congelo en mis manos, para mezclarse con mis lágrimas. Sentí que “Parecía que estábamos libres, estando presos”.

Entonces María me interrumpió con otra pregunta:

- ¿Tuviste que matar a algún inglés?

-Nunca lo voy a saber- le respondí- cuando me tocó disparar, disparé, eso es la guerra matar o morir.

Cuando regresé a casa, abracé a mis padres y los sentí como niños en mis brazos, ávidos de mi presencia, de mi amor, de mi cariño. Conmigo vino una parte de la guerra que seguirá viva en mi alma, como: la muerte de Juan mi amigo.

Tuve que respirar profundo y caminar hasta su casa, el padre de Juan tenía una hermosa mueblería, hoy fabrica féretros. Cuando entré a su hogar, lo vi hablar con uno de ellos. Al acercarme, pude sentir que de aquel cajón emanaba un olor a flores silvestres. Vi que dentro del cajón reposaba una carta que Juan le enviará a sus padres.

la misma decía:

“Islas Malvinas, 21 de mayo de 1982

Queridos padres:

Ante todo, quiero que sepan que estoy muy bien, que se queden tranquilos  es verdad que aquí hace mucho frio, y la comida es un tanto escasa, ha pasado casi un mes, recibimos varios bombardeos, de los que nos hemos salvado, sólo porque Dios no ha querido que nos pase nada. Recién hace unos momentos atacaron aviones, por suerte nada pasó, por las noches recibimos los bombardeos de los barcos, que se ponen a más de 20 kilómetros de la costa.

Les diré, que ya me estoy acostumbrando a los confites de los ingleses, y que, si Dios ha querido que hasta ahora no me pase nada, es porque nada me pasará y pronto volveré, yo tengo fé en ello.

Querida mamá téjeme un pulóver y un par de medias que cuando regrese iremos juntos de vacaciones.

Querido Papá, si en verdad el final de mi camino ha llegado, quiero que sepas que me siento orgulloso de ser argentino, de defender la Patria y de ser tu hijo.

Me despido de ustedes, con fuerte abrazo y un beso, recíbanlo de su hijo que tanto los quiere y pronto volverá.

Juan.”

De repente, una pequeña paloma blanca recorrió el salón, parecía saludarnos con sus alas.

Miré hacia el patio, en el que jugamos tantas veces y vi a Manuela, la mamá de Juan, con sus pasos mansos y una mirada perdida, camino hacia mí, su cuerpo pequeño en meses envejeció años.

- ¿Un mate hijo? me dijo.

En ese instante, no comprendí si me confundía con Juan, o si quería recordarlo en mí, mis labios temblaron para pronunciar un:

- “Sí, mamá”.

La apreté entre mis brazos y la sentí sollozar sobre mi pecho.

“La guerra fue un infierno en carne propia; no debería existir la palabra guerra en el diccionario”.

 

 

Febrero de 2007 hoy el barrio de Alfredo se apresta a festejar el cumpleaños de quince de Maríela, su hija mayor, la cuadra se vistió de fiesta, la cena será a la canasta entonces todas las cocinas funcionan a full, los olores dulces y saldos se entremezclan, las luces se encienden, las enredaderas perfuman la entrada, la música suena cual pájaro que canta, la llegada de amigos y vecinos engalanan la casa.

Minutos más tarde una emoción distinta embarga a Alfredo, hoy sus lágrimas son de alegría, toma a su hija del brazo y en el centro del patio inician el vals.

Las luces se apagan.

Alfredo gritó: ¡viva la Patria!

Y todos respondieron: ¡Viva!,

Mientras aplaudían y miraban que, desde el cielo, una fila de estrellas venía hacia ellos, al acercarse las estrellas se posaron sobre el árbol cual flores radiantes, emanando un aire tibio que acariciaba los rostros. Cuando la luz volvió a encenderse las estrellas desaparecieron.  

Los amigos de Mariela formaron una orquesta y en medio de los cuartetos se oyó sonar la canción: “SOLO LE PIDO A DIOS” QUE LA GUERRA NO ME SEA INDIFERENTE ES UN MONSTRUO GRANDE Y PISA FUERTE TODA LA POBRE INOCENCIA DE LA GENTE….” Mariela había pedido ese pequeño homenaje para su padre.

 

 

 

 


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