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El Edificio Misterioso.-

Guillermo Alejandro Do Pazo

William Doreé

28 Feb, 2026
📚 Ciencia ficción

El Edificio Misterioso.-

Por William Doreé.-

 

                                          

 

 

El edificio se alzaba como una sombra viva sobre la ciudad. Construido en los años cuarenta sobre un cementerio de 1757, sus muros exhalaban un aire húmedo y metálico, impregnado de óxido y memoria. Los pasillos se alargaban o se acortaban según la voluntad de la noche, las paredes se ensanchaban o se angostaban como si respiraran, y los departamentos cambiaban de número, confundiendo a cualquiera que intentara orientarse.

Dos científicos, Dr. Salvatierra y Dr. Montenegro, llegaron al hall con sus linternas y grabadoras. El reloj sin manecillas marcaba una hora inexistente, y las bombillas iluminaban con pantallas de calaveras humanas, proyectando sombras que se movían solas.

—¿Lo sientes? —preguntó Salvatierra, ajustando sus gafas—. El aire está cargado de algo más que humedad.

—No es aire —respondió Montenegro con voz grave—. Es memoria. Este edificio respira huesos.

Un crujido metálico resonó en el pasillo: cadenas arrastrándose. Luego, un aullido lejano de lobo solitario, seguido por un sonido gutural que parecía provenir de las entrañas del edificio. Las linternas iluminaron serpientes que reptaban por las escaleras y arañas que tejían sus telas en las lámparas de calaveras.

De pronto, Salvatierra tropezó con algo duro. Bajó la luz y vio un cráneo humano incrustado en el suelo. Alrededor, tibias y costillas emergían de las paredes, como si el edificio expulsara lentamente los restos del cementerio sobre el que fue erigido.

—Los huesos están por todas partes —murmuró Montenegro, grabando con su dispositivo—. Es como si el edificio quisiera mostrarnos su origen.

—O advertirnos que no salgamos —replicó Salvatierra, con un temblor en la voz.

El ascensor se abrió frente a ellos, aunque ninguno lo había llamado. Dentro, no había piso alguno: solo un vacío oscuro que parecía infinito. Un eco de pasos resonó detrás de ellos, aunque el pasillo estaba vacío.

—¿Escuchaste eso? —preguntó Salvatierra.

—Sí. El edificio camina —contestó Montenegro.

Decidieron descender al sótano. El aire se volvió más pesado, impregnado de un olor metálico. El sótano estaba inundado de agua negra, y sobre la superficie flotaban objetos imposibles: relojes antiguos, zapatos de niños, fotografías deshechas. Entre ellos, huesos humanos que se mecían suavemente como si fueran parte de un ritual acuático.

De pronto, una campana sonó en la distancia. No había iglesia cercana. El sonido reverberó en las paredes, y las calaveras de las bombillas parecieron sonreír.

Al avanzar, descubrieron una galería de pinturas colgadas en las paredes húmedas: retratos grotescos de Jack el Destripador, de asesinos célebres y olvidados, todos representados como santos oscuros. Las telas parecían frescas, como si alguien las hubiera pintado esa misma noche.

—Esto es un culto —susurró Salvatierra—. El edificio rinde homenaje a la violencia.

—O la exhibe como advertencia —replicó Montenegro, con la voz quebrada.

Fue entonces cuando los vieron: los vecinos fallecidos, espectros que emergían de las paredes, con cadenas arrastrándose y huesos expuestos. Sus ojos vacíos no mostraban odio, sino una súplica silenciosa.

—¿Qué quieren de nosotros? —preguntó Salvatierra, retrocediendo.

Uno de los muertos habló con voz gutural, como un viento que atravesaba siglos:

—No buscamos venganza… solo un entierro digno.

El silencio se volvió insoportable. Los científicos comprendieron que todo el horror —las mutaciones del edificio, los sonidos, las sombras, las pinturas macabras— era un lenguaje, un reclamo de justicia. Los muertos no descansaban porque nunca fueron enterrados con respeto.

Las paredes comenzaron a estrecharse, los pasillos a mutar. El edificio vibraba como un organismo hambriento. Las pinturas de asesinos se iluminaron con un resplandor rojizo, como si la violencia del pasado se mezclara con la súplica de los muertos.

Montenegro bajó la grabadora y miró a su colega:

—Si salimos, nadie nos creerá.

—Entonces no saldremos —respondió Salvatierra, con una calma extraña—. Seremos cronistas del edificio.

Los muertos se acercaron, rodeándolos sin tocarles. Las cadenas resonaban como un coro, y las voces repetían: “Un entierro digno… un entierro digno…”.

Los científicos comprendieron que su destino estaba sellado. Permanecerían allí, escribiendo, registrando, convirtiéndose en parte de la memoria del edificio. El horror no era solo un fenómeno: era una historia que debía ser contada.

El último registro de la grabadora fue un murmullo:

—El edificio nos ha elegido. Y ahora somos sus cronistas.

 

 Epílogo.-

El edificio es un altar de muerte y memoria.

Los muertos piden súplica, los vivos ofrenda.

Las bombillas-calaveras arden como velas.

Los últimos visitantes, sin poder escapar, se han vuelto escribas.

Custodian palabras que son ladrillos en la construcción de la dignidad:

que los huesos descansen, que la historia se escriba.

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