El Chofer
Hazel_CB
Conducía de regreso de una granja de borregos allá por Tepetlaoxtoc. Miraba la carretera mientras los carros pasaban en sentido contrario y las motos lo rebasaban de vez en cuando. El calor de ese día era infernal, de esos que hacen que el horizonte se vea borroso por las ondas que salen del asfalto. El sol le pegaba directo en los ojos y los entrecerraba para soportarlo. Parecía enojado, pero en realidad solo estaba cansado. La camioneta era un horno ardiente y los borregos que venían atrás no dejaban de hacer ruido. Parecía que la pasaban peor que él, todos encimados, apretados unos con otros, soportando el mismo calor. La música no era lo suficientemente fuerte para dejar de escucharlos. Le bajó al radio y volvió la vista al frente.
Mil pensamientos cruzaban por su cabeza. Mil cosas de las que se arrepentía y otras tantas de las que se sentía orgulloso. Han pasado ya dos años desde que dejé la escuela, pensó. Dos años que se fueron rápido. Dos años trabajando en cosas diferentes. Sábado, domingo y lunes siendo mesero y vendiendo barbacoa en el tianguis. Martes a jueves siendo prácticamente un vago, caminando por las calles del barrio, durmiendo hasta tarde o matando el tiempo con cualquier tontería. A veces trabajando en los rastros, matando animales, desangrando cuerpos, limpiando tripas, pelando patas, curando pieles. Otras veces cuidando animales cuando el patrón tenía que salir. Hay ocasiones en que las borregas vienen preñadas, paren y toca criar a las crías para que después terminen en el mismo lugar que las demás. Es cruel cuando lo piensas, pero también hay que comer.
La verdad no me va mal, se dijo. Pago mi renta. Compro la despensa. Nunca falta comida en la casa. Los fines me voy de briago y me gasto el dinero a lo desgraciado en alcohol, mujeres y cualquier otra cosa que se atraviese. Tengo más dinero del que imaginé tener cuando estaba en la escuela. No soy rico, pero tampoco ando sufriendo. Entonces, ¿por qué chingados me siento vacío?
La respuesta no llegaba.
Pensó en la hija de su patrón. Una muchacha flaquilla, medio güerilla, mamoncita para hablar, pero bonita como pocas. Tenía el cabello chino y unos ojos cafés que hipnotizaban. Todos los hombres que la conocían le tiraban la onda y a todos los mandaba al carajo, pero por alguna razón con él había sido diferente. Todavía no entendía por qué. Ella estudiaba en una escuela privada, venía de una familia con dinero y tenía pretendientes mucho mejores que él. Aun así, terminaba pasando por él en la troca de su padre para irse juntos a moteles y bares de mala muerte.
Lo más raro era que ni siquiera estaba enamorado de ella.
Le gustaba, claro.
Lo atraía.
Le gustaba presumirla.
Le gustaba que otros la vieran con él.
Le gustaba ver la cara de los otros cabrones cuando ella se sentaba en sus piernas o le sonreía delante de todos.
Pero amor no era.
Ni siquiera estaba seguro de serle fiel. Había perdido la cuenta de las veces que le había puesto el cuerno. Tal vez era un pendejo. Tal vez simplemente no le importaba tanto como debería.
Y aun así seguía sintiéndose vacío.
Miró por el parabrisas y recordó algo que le molestaba admitir. Le daba envidia ver a los chavos de su edad saliendo de la universidad. No entendía por qué. Ellos seguramente lo envidiarían a él si supieran cuánto dinero gastaba cada fin de semana o la novia que tenía. Pero cuando los veía salir de clases, sentados en cafeterías haciendo tareas, quejándose de profesores o hablando de proyectos, sentía algo raro en el pecho.
Envidia.
La misma envidia que sentía cuando su novia le hablaba de exámenes finales, tareas o exposiciones.
Tal vez pensaba que podía ser mejor.
Tal vez creía que si terminaba una carrera sentiría que era alguien.
O tal vez solo estaba deseando aquello que no tenía, igual que todos.
Porque si quisiera podría regresar a estudiar. Nadie se lo impedía. Podría hacer el examen, entrar a la universidad y terminar una carrera. Hasta se imaginó caminando por la calle con un título bajo el brazo. Sonrió.
Estaría chido ser maestro.
Que le dijeran maestro.
Que alguien le pidiera consejo.
Que alguien pensara que tenía algo que enseñar.
La UAEM abriría convocatoria el siguiente mes. Quizá haría el examen. Quizá hasta se quedaba. Quién sabe. Tal vez todavía estaba a tiempo.
Tan metido iba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que el semáforo había cambiado a rojo. Cuando levantó la vista ya era demasiado tarde. Escuchó la sirena detrás de él y vio las luces de la patrulla reflejadas en el espejo.
-Ya valió madre.
Se orilló.
No traía la licencia.
No traía los papeles en orden.
No traía nada.
Los policías tardaron poco en explicarle el problema y todavía menos en cobrarle la solución.
Seis mil pesos.
Seis mil pesos que desaparecieron en menos de media hora.
Regresó a la camioneta con peor humor del que tenía antes. Encendió el motor y volvió a incorporarse a la carretera. Los borregos seguían haciendo ruido. El calor seguía siendo insoportable. El sol seguía pegándole en los ojos.
Nada había cambiado.
Excepto una cosa.
Por primera vez en mucho tiempo no iba pensando en dinero, ni en mujeres, ni en la peda del fin de semana.
Iba pensando en la convocatoria de la UAEM.
Y mientras manejaba no pudo evitar preguntarse cuánto daría por sentir que todavía estaba a tiempo de convertirse en alguien más.
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