El cactus que no era un pepino
luisfloresportuguez895
El cactus que no era un pepino
El verano había llegado, y con él, los días de playa.
Cada vez que íbamos al mar, yo corría directo a la arena, porque ahí podía crear grandes obras de arte con mis manos.
La arena era mi lienzo.
Mi hermano Iguana, en cambio, amaba el agua.
Apenas llegábamos, se iba al mar con papá Beto, y juntos se dejaban caer entre las olas, riendo y jugando sin parar.
Mientras ellos nadaban, yo me quedaba quieto, mirando el horizonte.
Entonces mi imaginación comenzaba a viajar.
La playa desaparecía poco a poco y, en su lugar, aparecía un desierto inmenso, cubierto completamente de arena dorada.
En medio de aquel desierto vi algo extraño.
Era verde, alargado, como un pepino, pero estaba cubierto de espinas.
No sabía qué era, pero no podía dejar de mirarlo.
Quise traer esa imagen conmigo, así que dibujé en la arena del mar aquel pepino con espinas, tal como lo había visto en mi imaginación.
Corrí entonces donde mi abuela Francisca, que estaba sentada comiendo un vigorón.
—Abuela, abuela —le dije sin respirar—, vi un pepino con espinas.
Ella comenzó a reír, y mamá Ana también.
Pero yo sabía que lo que había visto era real, al menos en mi corazón.
—Es en serio —les dije—. Tienen que ver mi dibujo.
Cuando llegamos a la arena, mi abuela lo observó con atención y luego me preguntó:
—¿Dónde viste eso?
—En el desierto que imaginé —respondí.
Mi abuela sonrió con dulzura.
—Cierra los ojos —me dijo— y vuelve al desierto.
Obedecí.
Al cerrar los ojos, el viento del mar se transformó en silencio, y el desierto apareció de nuevo.
Allí estaba otra vez la figura verde.
Me acerqué despacio.
—¿Quién eres tú? —pregunté—. ¿Me escuchas?
—Sí, te escucho —respondió una voz tranquila—.
No soy un pepino con espinas. Soy un cactus.
Guardo mucha agua dentro de mí para poder vivir.
Abrí los ojos con una sonrisa, y al abrirlos vi que mi abuela también sonreía.
En sus manos tenía un pequeño cactus.
—Toma —me dijo—, este cactus es para ti.
Déjalo a la luz del sol y recuerda siempre que él ya tiene todo lo que necesita por dentro.
Desde ese día, cada vez que voy a la playa, sé que la arena puede ser mar…
o desierto.
Y que a veces, lo que parece un pepino con espinas, es en realidad un cactus lleno de vida.
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