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Dulce vicio

meursault

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02 May, 2026
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El vino


Sabado por la noche, la garganta empieza a carraspear, la vista se mueve por si sola, el pecho se siente seco, son esas ganas de beber de nuevo, otra botella de vino que destapó, le digo a mi madre que solamente tomare un poco para pasar la cena, pero en el fondo quisiera tomarme unas 5, gracias a la vida el sueldo me da para comprarme casi todo el alcohol que quiera, pero el vino....Dios mío, no se que tiene que me tenga tan adicto, su sabor, su calidez, es tan dulce, tan rico, me fascina, como me hace sentir alegre, romántico, más extrovertido, aunque con una botella ya el sueldo me este dando vueltas no puedo dejarlo, Me gusta beber hasta que la botella esté más vacía que yo y mi ser se sienta más completo que la copa.


Además me gusta que cuando estoy borracho puedo revivir esos momentos que tan feliz me hicieron, beber con amigos por ejemplo es una experiencia que me hace sentir tan vivo, olvidarme de todo, aunque el hígado ya a veces diga que es suficiente, que más da, nunca es suficiente, la manera en que hace latir mi corazón es una sensación que me mantiene adicto a su sabor.


En ocasiones digo no mas, voy a parar pero ofrezcanmen una copa y no se rechazarla, hubieron pocas ocasiones en que encontré sensaciones y emociones que me hicieron dejar el vino, pero como en todo hubo problemas y volví a recurrir a la bebida, de a poco, el vino dejó de ser una compañía cuando empezó a beberse mis noches antes que yo la botella.


El vino siempre tuvo algo peligrosamente hermoso. El color, la calma falsa que deja en la garganta, la sensación tibia de que por unos minutos el mundo pesa menos. Por eso nadie sospecha del principio. Nadie mira con miedo a alguien que sirve una copa mientras suena música triste en la madrugada. Todo parece poético hasta que deja de serlo. Hasta que el vino ya no sabe a celebración, sino a anestesia. Porque el verdadero problema del alcohol no empieza cuando te tambaleas; empieza cuando te acostumbras a necesitarlo para sentirte humano, cuando descubres que las noches son demasiado largas estando sobrio, cuando el silencio de la habitación empieza a sonar más fuerte que cualquier canción y entonces vuelves a llenar la copa, no porque quieras beber, sino porque no soportas escucharte pensar.


Y ahí es donde el vino te destruye con elegancia, No grita como otros vicios, no rompe puertas, no hace escándalo al llegar, vino te mata despacio, con clase, sentado a tu lado mientras finges que todavía tienes control, te convence de que una botella no es tan grave, de que mañana puedes detenerte, de que solo estás cansado, triste, confundido, pero un día miras alrededor y te das cuenta de que todas las madrugadas empiezan igual: la luz apagada, la cabeza hecha ruinas y una copa vacía que conoció más lágrimas tuyas que cualquier persona. El alcohol tiene esa crueldad: al principio te abraza, después te reemplaza. Empiezas bebiendo para olvidar a alguien y terminas olvidándote de ti mismo. Las conversaciones se vuelven borrosas, los recuerdos incompletos, los días repetidos. Ya no sabes si bebes porque estás triste o si estás triste porque bebes. Solo sabes que el vino se convirtió en el único ritual constante de tu vida.


Y lo peor no es la resaca, lopeor es despertar y sentir que sigues roto incluso después de dormir. Mirarte al espejo con los ojos cansados y entender que llevas meses destruyéndote lentamente con algo que todos llaman romántico, porque hay cierta tragedia en beber vino solo a las tres de la mañana: parece arte desde afuera, pero por dentro se siente como un suicidio lento y silencioso, hay botellas que no se abren para celebrar nada, se abren para sobrevivir una noche más y llega un punto donde el vino deja de acompañar tu tristeza y empieza a alimentarse de ella. Cada copa te vuelve más honesto, más vulnerable, más vacío, confiesas cosas que jamás dirías sobrio, recuerdas personas que deberías olvidar, lloras heridas que nunca cerraron. El alcohol no elimina el dolor; solo lo adormece mientras crece en silencio, Por eso algunos no toman por gusto, toman porque no encontraron otra forma de soportarse.


Y así pasan los días: un cuerpo cansado, las manos oliendo a vino barato, mensajes escritos a las cuatro de la mañana que jamás debieron enviarse, promesas de dejarlo mañana, otra botella escondida, otra excusa, otra noche intentando ahogar recuerdos en algo que ni siquiera tiene fondo,porque el vino nunca llenó vacíos. Solo enseñó a convivir con ellos mientras lentamente te iba vaciando a ti.


Y desgraciadamente querido lector soy adicto a eso.

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