desgarro
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No te volví a ver, y entre ese silencio pude conocer los gritos desesperados que daba mi alma al lado de ti.
Cuando apoyaba mi cabeza en tu hombro y mi peso se hacía liviano, tu corazón se encargaba de no sentir felicidad sino arrastrarme hasta un abismo de tristeza y amargura.
Y cada vez que las calles nos miraban y el humo de los cigarros se mezclaban con nuestras risas, se veía en tus ojos el anuncio de un inminente sentimiento de repudio, repudio que yo tomaba como cariño, como ese amor que necesitaba.
Y no te serví, no te serví las veces que te abracé y caminé junto a ti para hacerte sentir mejor, ni las veces que rompí y corté de mi cuerpo las piezas restantes para completarte, solo te fui útil para que tu lengua se mezclara con la hiel amarga de tu alma y lograras decir las cosas más cortantes que nunca jamás escucharé.
Y digo jamás, porque el peso de mi consciencia es tan fuerte que cuando recuerdo lo que viví desearía rajar mi cuerpo hasta dejar de sentir, y con la sangre restante hacer de mil obras mi llanto y el ruido sostenido en lo más profundo de mi pecho.
Pero, te aprecio. Y solo me culpo a mí, solo yo soy el culpable de haberte creado a la imagen capaz de destruirme con tan solo una palabra, y, hoy, tu pura respuesta es la ausencia; la mía, es el dolor de tener que escribirte una vez más.
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