Desde antes de nacer.-
William Doreé
Desde antes de nacer.-
Willian Doreé.-
Ella llegó al mundo en una madrugada de lluvia, en una ciudad costera donde los faros parecían custodiar secretos. Él nació bajo un cielo despejado, en una ciudad de montañas donde el viento hablaba en lenguas antiguas. No compartían idioma, ni cultura, ni tiempo. Pero compartían algo más profundo: una vibración que los unía como si fueran dos notas de una misma melodía cósmica.
Desde niños, ambos experimentaban lo inexplicable.
Ella soñaba con un niño que le hablaba en un idioma que no conocía, pero que entendía con el corazón. Él dibujaba una figura femenina que aparecía en sus sueños, siempre con un paraguas rojo y una sonrisa que lo hacía sentir en casa. Ninguno sabía que estaban soñándose mutuamente. Pero cada encuentro nocturno dejaba una huella: una sensación de haber vivido algo real, aunque invisible.
A lo largo de sus vidas, esa conexión se manifestaba como un hilo invisible.
Cuando ella lloraba sin razón, él sentía un peso en el pecho. Cuando él reía con plenitud, ella se despertaba con una inexplicable alegría. En momentos de soledad, ambos escribían cartas que nunca enviaban, como si el destinatario aún no tuviera rostro, pero sí presencia. A veces, al mirar el cielo, sentían que alguien más lo estaba mirando al mismo tiempo.
En sus sueños, se encontraban.
A veces eran niños que jugaban en un bosque suspendido entre dimensiones. A veces eran ancianos que se tomaban de la mano en una estación de tren que no existía en ningún mapa. Se hablaban sin palabras, se reconocían sin nombres. Eran uno. Y aunque al despertar no recordaban los detalles, sí conservaban la emoción: una ternura que no tenía origen, pero sí destino.
Ambos vivieron otras vidas. Amaron a otros. Sufrieron. Crecieron. Pero siempre había una nostalgia que no podían nombrar. Una sensación de que algo faltaba, de que alguien los esperaba en algún rincón del mundo.
Y entonces, un día, en París…
Ella caminaba por la Rue des Écoles, buscando una librería que había visto en sueños. Él, sin saber por qué, había decidido cambiar de ruta esa mañana. Se cruzaron frente a una vitrina donde un libro titulado Les âmes qui se cherchent parecía observarlos. Se miraron. No fue un encuentro. Fue un recuerdo.
No preguntaron nombres. No contaron historias. Solo se sentaron juntos en un café, como si el mundo hubiera estado esperando ese gesto. Ella dijo:
—Te soñé toda mi vida.
Él respondió:
—Yo también. Y ahora sé que no estaba loco.
Desde ese día, no hubo necesidad de explicaciones. Sus pensamientos seguían conectados, sus sueños se entrelazaban, y cada gesto era una ceremonia de reencuentro. No eran dos personas que se enamoraban. Eran dos almas que por fin se recordaban.
Y París, testigo silencioso, se convirtió en el altar donde el tiempo dejó de ser obstáculo, y el amor se reveló como lo que siempre fue: una memoria compartida entre dimensiones.
Comentarios (0)
Inicia sesión para dejar un comentario
Iniciar sesiónNo hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!