Deliro de viernes y sus fantasmas
arielcamachovedia
DELIRIO DE VIERNES Y SUS FANTASMAS
(Ariel Camacho V.)
Viernes 04 de julio son las 15:00 hrs., Carlos salta de la cama como si le hubiesen jalado la pata. La cabeza empieza a doler y el calor provocado por la chapa de calamina en un cuarto 5x8 mts hace su efecto. Aun el demonio no dejó su cuerpo; su boca le sabe a hospital, no siente aroma alguno, y el estómago lo retuerce otra vez de dolor. Su mente porta la resaca de su segundo intento de suicidio en lo que va del año, no hay tiempo que perder.
La noche anterior, se festejaba la serenata de Tarija a un par de cuadras de su casa. Estos recuerdos portan malas sensaciones, aunque su memoria aun borrosa, siente vacío. Mientras se encuentra tendido en cama y le da vueltas la cabeza, intenta mirar el póster de Charly García que tiene en el techo, que muestra la imagen del músico en blanco y negro que grita: “Si ellos son la patria, yo soy extranjero”.
Después de valiosos minutos de paz, propio de un momento de visibilidad como se diría en sociología, o apertura del tercer ojo, como señalaría una de estas hippies new age, que hoy abundan en Tarija. Su teléfono que no para de sonar y tras un arrebato busca alcanzarlo, mientras se escucha de su boca un susurro: ¡Carajo, que joden! Cuando lo levanta ve un mensaje: ¿Todo Bien? Era su mejor amigo, Plácido.
Carlos, mientras mira el mensaje con el ojo entrecerrado, se preguntó: ¿Qué pudiese estar mal? Con la santa gana de cualquier funcionario público, Carlos busca levantarse, chilla el catre, toma una ducha fría y viste con un pantalón jean gastado, polera negra básica y unas gafas del tamaño de sus ojeras. Mira al espejo, arregla su maltrecha melena mientras se aprecia un tatuaje en el antebrazo que denota la silueta de América Latina de cabeza, y una inicial “L”. Mientras apresuraba el paso para salir de casa, vio el rostro de su madre; un rostro que no decía nada, pero que su mirada reflejaba todo: una mirada penetrante de decepción y piedad de un alma atormentada. Carlos ya lo sabía: era el culpable de tan terrible expresión; aunque su cuerpo no lo mostrase, debía manifestar fuerza.
Caminaba meditabundo, por la calle Alejandro del Carpio mientras prendía su Derby antiguo, cigarro que mejor denotaba la actitud de Carlos: sabor fuerte, el cual a nadie le puede gustar en la primera pitada, que produce un humo tan denso que pocos pueden lograr ver si es que no se tienen los códigos correctos.
Mientras apresura el paso, las calles parecían cada vez más pesadas. Cada losa debía aguantar el peso de un elefante, y pues el protagonista pensaba un poco en su transitar, tantos años por las mismas calles: la tienda de Doña Juanita, anciana con dos largas trenzas y linda sonrisa, que tenía el mejor pan del barrio con su hijo, el loco, que nadie sabía qué le había ocurrido.
Más adelante, estaba la bicicletería cerrada de Don Díaz, la más conocida del barrio y quizás de la ciudad; punto de parada obligatoria cuando hay algún tipo de paro o acontecimiento que rompe con la normalidad de la ciudad, adornada por la colección de calendarios sugerentes de todas las mises del departamento. Díaz fue un hombre de pocas palabras.
Carlos pensaba en las chicas, el primer beso, las travesuras escolares contra la propiedad privada de los malos vecinos, pensaba en sus tiempos mozos, cobijado por los frutales de las calles de Las Panosas. Su mirada solo podía estar adelante, como si lo pasado se deshiciera. Pero el pasado siempre vuelve. Carlos no entiende por qué el mundo dice avanzar si usualmente los hechos, se repiten incesantemente; volviendo al punto de inicio. Parece que la historia en Bolivia transcurre diferente: la historia se bifurca en muchas otras que siempre se alejan, pero el horizonte visual las yuxtapone. Aunque en Las Panosas, afirman sus habitantes, que la historia se repite primero como tragedia y después como farsa.
El nombre del barrio, por ejemplo, dicen los mayores viene de las hermanas Panoso, dueñas de una chicheria en los límites del barrio, el hecho de ser dos hermanas muy lindas empezó a hacerse tradición “ir donde las panosas”, terminando en asentarse como nombre del barrio. Las chicherías fueron las verdaderas constructoras de la nación y mestizaje boliviano y también forjadoras de la patria más chica que es el barrio.
Tras su pesado caminar, Carlos llegó a destino: la plazuela de la Tercera Orden Franciscana. Mientras la atravesaba de norte a sur, una mano se levantó del banco fuera de la capilla. Era una mano y sonrisa fraterna. Emergió Plácido, mejor amigo de Carlos desde la cuna. Sus familias eran unidas empezando desde sus madres que tenían larga amistad, su cumpleaños era el 08 de noviembre. Plácido era un hombre de rasgos fuertes, un ceño pronunciado, ojos que miraban dentro de uno y alcanzaban lo más recóndito del alma: quizás un súper poder.
Tenía un carácter tranquilo y corazón puro. Esto hacía de Plácido cercano a cualquier héroe de película hollywoodense, fanático del Capitán América, Marcelo Martins y la samba argentina. Plácido era una luz, pero toda luz guarda oscuridad: Plácido de jueves a domingo sacaba a pasear a su demonio cabrío interno. Preparaba los mejores tragos patentados por él mismo: un chuflay exquisito, con el singani de su bodega La Quimera, el mejor de la ciudad; el famoso Martin Fierro, preparado de sobras de todas las botellas con limón; el clásico violonchelo, mezcla de vino blanco con cerveza; o su afamado singani por metro, hecho para quitarle la pureza a cualquier monja del convento.
En la plaza empezaba la charla. Se prendía un cigarro y sonaba el placentero sonido al abrirse la primera lata de Paceña. Plácido empezó riéndose de todo lo que había ocurrido la noche anterior, con la pregunta: ¿Qué pasó, hermano? ¿Te acuerdas lo de anoche?, la respuesta de Carlos fue obvia recordaba muy poco, sin embargo, ambos empezaron a hacer memoria con el sabor mágico de la cerveza y una buena amistad.
LA LIGA DE LAS SOMBRAS
Los recuerdos flashean. Un grupo de changos se acercaban al parque temático, eran vecinos del barrio, sujetos particularmente interesantes. Compañeros de kínder y colegio, cómplices de vida, en sus años estudiantiles solían verse los jueves en la casa de la profesora Fátima Pacheco en la esquina de la plazuela TOF para aprender matemáticas, destacada e implacable profesora de la ciudad, educo a muchas generaciones.
La liga la componía “el loco”, que habla con el fantasma de su habitación y riega celosamente su planta de marihuana diariamente. “el mocas”, experto en masoquismo y sadismo del que no se cuenta mucho porque odia a los chismosos. Está “pilas” farmacólogo de oficio del grupo. Estaba también “Ramses”, de voz gruesa, era la reencarnación de Juan Lechín después de 10 parrilladas, corredor de maratones chupisticos.
La liga de las sombras era la llamada al quilombo y la destrucción del ser, un descanso para salir de la cultura de auto explotación de nuestros días. Su nombre salió de uno de los delirios de Carlos y Plácido al ver la serie de Batman “Gotham”. La noche en el temático fue dura. Carlos recordaba que cuando llegaron a eso de las Hrs. 20:15, todos saltaban con la canción del grupo tarijeño Orgasmo mientras gritaban: “está muy bien, solo pienso en ti al despertar, ya vuelvo a existir”, mientras quedaban sin voz, Plácido preparaba su especial Moloko con singani la Quimera y no sé qué más, para iniciar el ritual de la liga de las sombras.
Empezaba el rito, Carlos lo recuerda como una escena propia de Kubrick. La ficción superaba lo material: en el parque todos saltaban y gritaban, el pueblo se hermanaba, las chicas una posibilidad de ligue, seguro lo que imaginaban los franceses al son de La Marsellesa. La risa del loco retrataba esta ficción: era Malcom McDowell mientras saltaba de una pata. Pilas parecía hablar en lenguas. Ramses hacía saltar el moloko en la ropa de todas las personas a su alrededor. Carlos y Plácido saltaban agitando sus frondosas melenas. Pasaron las 0:00 hrs. y la euforia de gritar el himno a Tarija, ver los fuegos artificiales y sentir cómo el aroma a cerveza derramada en el suelo se elevaba cual nube de algodón, Orgasmo volvió al escenario y empezó a tocar Blitzkrieg de los Ramones.
Pasaban el mejor momento de la fiesta, cuando apareció ella distante en el horizonte con su grupo de amigos. Parecía tan sonriente, disfrutaba tanto que, por largos momentos que pasaban en segundos, robaba toda la escena, siempre siendo opacada por su grupete de pendejos. Carlos no se pudo contener y empezaba a liberar la ira de los dioses, guardianes, wacas, achachilas, próceres, entre otros duros. Pensaba fugazmente en la era del hombre, pensaba en la dominación de este sobre la naturaleza.
Aunque en Tarija esto no es del todo cierto: la ciudad vive envuelta en profundos mitos, Sama que es un cerro, el Guadalquivir, que es un ¿río?, las campiñas, etc. En Tarija no se busca al otro, porque la naturaleza, lo inanimado abraza al hombre. El tiempo corre distinto porque el ciclo agrícola circular es aun dominante, aunque negarlo en razón de la modernidad y la diferencia sea la regla. A su vez, en la era del hombre en este valle, el instinto de poder en su estado más puro se mueve bajo la ficción de la sonrisa. El prestigio de ejercer la dominación está aún latente, aunque negarlo públicamente también es norma. Estas verdades pasaban muy rápidamente por la cabeza de Carlos ya extasiada por el buen moloko.
Mientras todos en el parque temático gritaban “Ey oh, let's go, ey oh, let's go”, Carlos, habiendo subido su “ki” al máximo, gritó: “Si piensan que ya vieron lo peor, no tienen idea”. Lanzó un vaso lleno de moloko chapaco al rostro de los amigos de ella. Cuando la expresión de alegría y euforia de estos cambió y visualizaron al objetivo, empezó el quilombo: volaron patadas, puñetes y sillas. La riña parecía la explosión del Big Bang. En menos de 1 minuto, todo el parque temático se volcó al conflicto; todos querían expresar algo reprimido dentro.
Mientras tanto, extasiados por el momento la banda seguía tocando, la Policía empezó la gasificación, mientras rugían las motos de 250cc de la UTOP. En un segundo, la memoria retrajo a la gente a Carnaval, Año Nuevo, o a la revolución, donde la policía intenta expulsar a la plebe de los espacios públicos para cuidar la “decencia” de la ciudad. Al gas lacrimógeno que sabía a anarquía, la gente le respondió con botellas, vasos y refrescos. En medio de la pelea, ella, que tenía mojados sus ojos, le gritó a Carlos con todas sus fuerzas: ¡Eres un boludo vos y tus amiguitos que le jodieron la fiesta al pueblo! ¡mejor desaparece! Toda resistencia tiene un límite. La liga de las sombras se dispersaba, mientras dejaba en el piso el vino divino que brotaba de la bodega de las narices de quilomberos y pacos.
Carlos escapo hacia la oscuridad para empezar su travesía errante, tenia dolor, pues había recibido una fuerte patada en las costillas del lado derecho y le dolía la nuca por otro golpe, mientras sus lagrimales brotaban con la fuerza de la represa de San Jacinto en época de lluvia por el gas. Al llegar al skate park con la fuerza que le quedaba, sacó la magia que había dejado caer Pilas. Sin pensarlo, o quizás pensando mucho, tomó toda la bolsa y trago.
ANATOMÍA DE LAS PANOSAS
Los recuerdos queman. Carlos camina acelerado; era el primer efecto. Cubierto por una chamarra de cuero, chalina roja, puchos y encendedor en el bolsillo, avanzaba por la oscura García Agreda el entenado de Las Panosas, un lugar presente y ausente del barrio, hogar de los “parroquianos”, seres extraños vencidos por el casco verde y quién sabe qué más vicios. Su dios viviente, es el mirador de la copa emplazado, se dice, en una waca precolombina.
Carlos, siempre sintió curiosidad por sus casas de cartón a orillas del río que denotan misterio, miseria y la realidad de una sociedad que decidió a quiénes hacer vivir y a quiénes dejar morir. “La García” es además escondite de parejitas que van a “champear” a las canchas cubiertas por el manto de la noche mientras juegan al gato y al ratón con los parroquianos del lugar. Así pues, la noche denota desesperación y silencio en la ciudad.
Durante el día, “la García” desborda vida y esperanza, desde que tuvo su primera cancha oficial a finales de la década de los 70s, su nombre proviene en honor del teniente coronel Rodolfo García Agreda, héroe de la guerra de chaco que vivió en el barrio, siendo a la vez, el nombre del equipo de las Panosas, fundado en 1948, en el hotel Quinta Viña del Mar que se encontraba ubicado en las calles Alejandro del Carpio y Colon, donde hoy se encuentran las famosas “hediondas”.
El protagonista, logra transitar airoso las canchas mientras se tambalea, hace que las gradas de piedra sientan su capacidad de desborde. Sube la bragueta y se encuentra con el rectorado, edificio de piedra que fue construido a principios del siglo XX para albergar la estación de tren de Tarija. Hoy cumple fines educativos, aunque no haya tren, ni se enseñe realmente. El edificio es el símbolo de la lucha por traer la modernidad a este pueblo.
Carlos miraba el rectorado y la recordaba, la causante del despelote del parque o quizás del despelote de su vida. “L” era su apodo, su nombre, dogma, religión, ideología, mito y vida propia y de Carlos. Dos años menor, fue la mujer con la que en algún momento Carlos pensó en sentar cabeza. “L”, extremadamente inteligente, tenía el cabello castaño, una mirada muy tierna, ojos cafés, nariz perfecta. Labios carnosos. Una cicatriz cerca del labio inferior, que denota, que la perfección es imperfecta. Sus curvas superiores a la Venus de Milo, era la venus chapaca, diosa de la belleza y el amor. Su belleza podía ser solamente superada por su mal genio social e indecisión.
Recordarla mostraba el espejismo de la unidad de los seres, que en realidad es dolor cual herida que no sutura En aquel momento, Carlos empezó a correr hacia la fuente de los deseos intentando escapar de sus demonios. Saca el teléfono, llama, grita: “No, no puedes ser feliz con tanta gente hablando a tu alrededor, dame tu amor a mí”. Pausa y grita de nuevo: “le estoy hablando a tu corazón”. No se escucha a nadie al otro lado de la línea. Carlos corta el teléfono y balbucea: “Al menos Charly dice la verdad”. Era obvio llamo a “L”, Cuando llega a la Calle Sucre, su visión está borrosa. Cree estar en la fase 2 de lo consumido.
La relación con “L” Fue además un amor muy difícil, que implicaba pruebas más complicados que juegos olímpicos, Él amaba a “L” ambos en algún momento vivieron lejos, les gano el cansancio y la realidad supero al amor, si bien, lo suyo había terminado, para Carlos esa ruptura fue uno de sus mayores fracasos, no lo supero, aprendió a vivir con eso.
La calma llega después de un par de gritos de ahogado. La calle está iluminada. Se sienten algunos taxis y autos con música a todo volumen. Ya son las 02:30 a.m. Mira la calle Abaroa. Su recuerdo es el contraste de la modernidad con el actual Dismac, ex supermercado Urkupiña vanguardias del consumo capitalista. Al otro lado, Abaroa y Daniel Campos, se ven las calles de las Contadoras, ex calle de imprentas y albergue de los locales de joda más antiguos del barrio. La Calle Sucre que marca el límite de Las Panosas es testigo de la migración a Tarija, pero de la “gente bien” como se llaman: la mayoría, argentinos, judíos o árabes que llegaron a Tarija entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, buscando su unión en santa comunión con la elite local y el progreso, fueron parte de la primera modernidad de la ciudad, quien tiene a Isaac Attie como su mayor exponente.
Carlos acelera en la Sucre, con dolor y una pesada cruz. Su maltrecha mente reflexiona. En la puerta del club social, aun adolorido por la pelea y eufórico, fase 3 encontró a Plácido, que apareció como salvación. Los dos se miraron. El abrazo de hermanos se hizo presente y continúa la historia. Plácido le dijo: “Qué jodido encontrarte en la puerta del club social”. Carlos le recordó a gritos: “La casa de la timba solo cambió, hermano. Se movió al frente y la apuesta cambió. Ya no se apuestan cargas de papa. Ahora se apuesta nuestro futuro. El Club Social fue impulsado por Isaac Attie, como varias obras de la plaza principal.
Plácido le respondió con una carcajada: “Aunque nos duela, entonces, las apuestas están en el Molino; vamos a morfar a las “hedis”. Mientras tomaban rumbo a la plazuela Sucre, Carlos le mencionó a Plácido que había tomado la magia de Pilas y los efectos ya eran notorios. La borrachera aún lo mantenía en pie, y su instinto de supervivencia animal. Plácido quedó frío, como si el invierno ruso se hubiese puesto encima de él. Su cuerpo temblaba mientras su cerebro le pedía reaccionar ante tan desastrosa noticia, el final estaba cerca.
PLAZUELA SUCRE Y ALGO MAS
La charla era intensa, en medio de risas, penumbra y cigarrillos, Carlos le preguntó: “¿Cómo terminamos acá, cumpa?” “¿Qué hay en nosotros?” “Viste a L”. El réquiem empezaba. Carlos manifiesta su hartazgo de todo: una sociedad que premia la incompetencia de sello familiar; una plaza que esconde en su rostro de modernidad la espalda de tantos indios que hace siglos se la reventaron poniendo las piedras de la ciudad con la Mita de Plaza.
Las Panosas ocultan lo más lindo de la Tarija decía, pero también el hedor de un cuerpo que ya no se puede seguir formolizando. ¿Cuánto más esfuerzo le pueden pedir a un individuo? ¿Cuánta sonrisa es importante mostrar para ser uno más? Carlos le dijo a Plácido: “Nosotros pusimos todo, cumpa. Ya no puedo sonreír. Me duele el cuerpo, mi alma está rota. Nadie acá puede discutir seriamente a Bourdieu, Foucault u otro francés que escribe difícil. ¿Es mucho pedir que alguien acepte que acá son Nietzscheanos? ¿Cómo hacemos, Plácido, si el rock que nos gusta y tiene sentido para todos, no es más que mierda? ¿Qué alma puede vivir así?”.
Antes, el Barrio, mencionaba, se resguardaba por las viejas habladoras de las esquinas, que a plan de chismorreo nos obligaban a ser. Carlos seguía preguntando como una ametralladora dialéctica: ¿Quién nos cuida? “La identidad nos volvió arrogantes y descuidados,” exclamó. “Hermano, estamos en un limbo: ni un poquito de esto ni un poquito de aquello. Nadie cerca, nadie lejos. Tibio en Tarija es siempre mejor, lo peor que acá son todos negacionistas siempre es mejor ocultar los problemas sociales y personales, por eso estamos como estamos, si no mira esta historia”
Llegaron a la plazuela Sucre que lleva su nombre desde 1893, ex plazuela de la merced y antigua chacra franciscana. En la esquina oscura vieron algo que les llamó la atención: un Magritte en plena esquina rodeado de manillas y collares. Sentado estaba un famoso personaje, Andrés, hombre despreocupado y maltrecho, caracterizado por su franqueza y pinta de hippie. Saludó y en un acento muy raro dijo: “¿Cómo es, Carlos?”. La pregunta ofendía. Carlos le respondió: “Obvio que todo jodido”. Andrés le dijo: “Bienvenido, ahora sos socio del naufragio” ya eran cerca las 03:00 am empezaba a sentirse el frio.
Carlos y Plácido rieron a carcajadas. Andrés dijo una verdad. Carlos se quedó hipnotizado en el Magritte. Le preguntó: “¿Son dos sujetos que se besan o es la imposibilidad de expresar su amor? ¿Son iguales, o es la esencia de novela mexicana cifrada por clases sociales? ¿O intentan hablar y no pueden porque portan códigos son diferentes? ¿o es mariguanada?”.
Andrés entendió y le dijo: “Fase cuatro: empiezas a alucinar, camarada. Pero tienes razón: estás viendo “Los amantes” de Magritte. Son formas de representar los discursos de sujetos que hablan en desigualdad, pero que a la vez se perciben iguales. Realmente es un cuadro igual a vos, que no se entiende. Es también lo que soy yo: una reproducción prohibida o, si quieres, mejor censurada, camarada”. El Magritte de Andrés representaba una de las obras maestras de una ciudad, que se negaba a creer que podían cambiar las cosas, que entendía que era mejor encontrar el error en el otro, que en sí mismo, que la tradición, aunque ya vapuleada por la modernidad, era el fin. era una obra que se adelantó a su tiempo, que no encontró la crisis necesaria para ser y hacer consigo a todos los tarijeños, renovar, quitar el pus de la herida que no sutura.
Por último, Andrés, con una cara larga y triste, casi llorosa, le dijo a Carlos: “Camarada, no se vaya. Quédese acá hasta que amanezca. No duerma, todavía hay fuego en esa vela”. Carlos le dijo a Plácido que continúen hacia Las Hediondas. Los recuerdos se hacían más vívidos. Carlos recordó, su último tiempo feliz en la plazuela Sucre: había sido hace un par de años. Su recuerdo comienza en la noche. Estaba Toto Vaca cantando con su guitarra cerca de las 21:00 hrs. Él la esperaba frente al colegio Campero. Ella “L” llegó sonriente, pasito a paso, con un vestido hermoso, sandalias con un peluche blanco. La noche era hermosa por las rosas florecidas y la vida del verano tarijeño, su sonrisa cuando se mostraba, en su triste mirada era preciosa volvía día la noche.
Fue el último tiempo feliz y de amor para Carlos. En ese momento, se le quebró el pecho y se puso a llorar en el hombro de su hermano. El camino continuaba. Llegaron a Las Hediondas, la fila de siempre: la llajua para zafar el final, las últimas risas de los buenos tiempos y recuerdos de las travesuras de changuitos. El momento llegaba a su fin. Carlos se despidió con un abrazo para toda la vida.
Cuando terminaba las papas bañadas en aceite reutilizado y sabor a medicina, llegó a su casa, abrió la puerta de calle que rechinaba. dejó su chamarra en el perchero, subió a su cuarto, mientras tambaleaba. Al quitarse la polera, sintió en su pecho a su perra Lola. Era la perra más leal e inteligente que se hubiese conocido. apegada a Carlos, vivió con él los peores y mejores tormentos de la vida por 18 años. Carlos antes de dormir recordó que, por más que amaba a Lola, había muerto y el no pudo acompañarla en su peor momento, la lealtad es de dos y el fallo cuando no se debe fallar. Su saliva que imaginaba era realmente las lágrimas que recorrían su rostro, de un cuerpo y alma que ya no puede más.
Mientras estaba quedando dormido profundamente, bajo diagnostico reservado por las pilas que consumió en exceso horas atrás: la Fase Cinco, proyectar, recordar todo y fin. Era el viernes 04 de julio, son las 15:00 hrs. Carlos salta de la cama como si le hubiesen jalado la pata. La cabeza empieza a doler, el teléfono a sonar y el calor provocado por la chapa de calamina en un cuarto 5x8 mts hace su efecto. El tiempo se terminó; su último suspiro estaba en aferrarse siempre al principio, un eco final de un alma que se desprende del cuerpo.
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