Cuando los átomos conspiraron a mi favor.
Brave
¿Has tenido esa sensación de querer correr hasta que tus pulmones no aguanten más?
¿No?
¡Santo Dios! Porque justo ahora mis pulmones no soportan una arcada de aire más. Acabo de pelear con mi incapacidad de olvidar y con esas ideas universales que sigo sin comprender.
Mi niña, hoy te escribo este pedazo de carta solo para acercarme un poco a ti… o para alejarme de la idea de que no estés aquí.
No sé.
No sé.
Hace un par de meses, caminando por un rincón literario de la ciudad, me encontré con una frase que desde entonces me persigue en poemas y canciones:
El mundo no está hecho de átomos.
El mundo está hecho de historias.
Quisiera decirte que fue solo una coincidencia más, un juego ligero de la casualidad. Pero no… o no sé, no sé.
La verdad es que me obsesioné con esa frase.
Y solo hasta hoy tuve las agallas de sentarme a deshilar ese enigma.
Resulta que, si hablamos de física y química, los átomos guardan información. Información de todo tipo. En teoría, eso nos llevaría a pensar que sí: que también están hechos de historias.
Pero para nosotros, los humanitos, no basta con eso.
O al menos para mí no basta.
Imagínate, niña bonita: nuestros átomos contienen años y años de historias. Y nosotros, que también estamos hechos de átomos, cargamos aún más historias dentro.
Por eso hoy quiero contarte una de las que me ayudó a resolver esta pequeña obsesión existencial.
Siéntate.
Cierra los ojos.
Y trata de viajar conmigo a ese espacio inundado de átomos que reproducen una historia… o tal vez que nos permiten vivirla otra vez.
No sé, no sé.
Todo empezó una tarde de domingo.
De esas tan “domingo” que ya sabes que aborrezco profundamente.
Ese día tuve unos minutos de conversación, de corazón a corazón, con dos personas: un hombre duro, cruel, perdido en su propia pérdida y ahogado en lágrimas que nunca quiso llorar; y una mujer tan llena de calma que parecía imposible.
Sus manos —sus manitos firmes, siempre con olor a rosas— se extendieron para recibirme.
Y entonces entendí algo.
Esa tarde yo también estaba ahogada.
Una jaula me había atrapado… y lo más doloroso era que ni siquiera había intentado abrirla.
Pero en algún punto comprendí que no quería morir ahí dentro.
Así que reuní la poca valentía que me quedaba y decidí salir.
Y no creerás, preciosa, lo que eso trajo a mi vida.
Los átomos conspiraron a mi favor.
Me animé a vivir.
A volar.
A soñar.
Esa noche me armé de un valor completamente absurdo y me acerqué, con amor, a tocar una puerta.
Hoy sé que esa fue, sin duda, una de las mejores decisiones de mi vida.
Con manos temblorosas marqué diez números que sabía de memoria, como si mi vida dependiera de ellos.
Y sí… de ellos dependía.
Con voz insegura pregunté:
—¿Te gustaría salir conmigo mañana?
Y como si esa respuesta hubiera estado esperando durante mucho tiempo, en menos de dos segundos, del otro lado llegó un rotundo:
—¡Sí!
Ese fue el inicio del día más lleno de átomos de mi mundo.
O al menos hasta ahora.
Tal vez quiero quedarme viviendo en esa respuesta para siempre.
No sé.
No sé.
La noche fue eterna.
La madrugada aún más.
Pero finalmente llegó el momento de encontrarme con esos ojos gigantes que, sin razón aparente, solo me miraban a mí.
Ese día pasó en un suspiro.
Y como los suspiros están llenos de cosas que no siempre sabemos decir, te contaré solo un pedacito de las historias que nacieron allí.
La mañana de ese lunes estaba llena de viento, de ese viento que acaricia las tristezas. Y mientras más me acercaba a esa alma, algo me halaba, como si un hilo rojo invisible nos estuviera uniendo.
Cuando llegué, sentí algo muy extraño:
Me sentí en casa.
Como si finalmente hubiera llegado al lugar al que pertenecía.
Caminamos por dos museos.
El primero me hizo llorar. Estaba lleno de fotografías dolorosas de la historia y de relatos de carne y hueso que me recordaban lo profundamente humana que soy.
El segundo museo fue distinto: me hizo bailar cumbia colombiana, jugar a personificarme y verme reflejada, tan natural, en unos ojos que —a pesar de tener todo un mundo para mirar— no dejaron de mirarme a mí.
Imagínate la escena, preciosa.
Cuando la tarde empezaba a despedirse, nosotros ya habíamos bailado 22.623 pasos por la ciudad.
No sentíamos hambre.
No sentíamos frío.
No sentíamos sed.
Todo era extrañamente perfecto, como si el alma ya tuviera su comida, su abrigo, su bebida y su abanico.
Cada átomo parecía estar exactamente donde debía estar.
Y cuando nos despedimos, un pedacito de los dos se quedó suspendido en esa eternidad.
Yo me fui feliz.
Y sé que esa alma aún más que yo.
Tal vez esta explicación suena un poco revuelta.
No sé… no sé.
Pero todo esto te lo cuento porque gracias a esa historia entendí algo que antes no comprendía:
El mundo, que está hecho de átomos, también está hecho de historias.
Y nosotros, que estamos inundados de átomos…
somos historias.
Lo más hermoso de descubrirlo es que mi humanidad dejó de sentirse insignificante.
Hoy trasciende desde el amor.
Desde la historia.
Desde la vida.
Desde la valentía.
Después de unos meses sintiéndome muerta, hoy puedo declarar la resurrección de la valentía que creí perdida.
O tal vez no estaba muerta.
Tal vez solo estaba dormida.
Y hoy está lista para despertar.
Lista para alimentar sus átomos.
Lista para traducir las historias que viven dentro de cada uno de ellos.
Niña bonita:
Cada persona es un mundo.
Y sí, el mundo está hecho de átomos.
Pero también está hecho de historias.
Ven.
Acompáñame a narrarlas.
Comentarios (0)
Inicia sesión para dejar un comentario
Iniciar sesiónNo hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!