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Angeles del Cielo

Claudina Herrera

Claudina

26 Ene, 2026
📚 Cuento corto


Diciembre de 1967, tarde noche de un día especial para la comunidad del Barrio Moderno, ubicado en la zona oeste del sector norte de la ciudad, con mucho entusiasmo todos caminaban hacia un mismo rumbo, el patio de la escuela Santos Ángeles Custodios, en ese lugar habría un gran acontecimiento, una fiesta memorable.

Reunidos allí, un directivo dio comienzo al acto con las siguientes palabras “ Hoy nos convoca un motivo por demás especial y agradable, el egreso de la primera promoción de bachilleres humanistas, la ampliación del establecimiento, y la inauguración de la nueva Iglesia, de más está decirles que este logro nos pertenece a todos, pero no podemos dejar de invocar la memoria de quien fuera pionera en la fundación de este establecimiento educacional y la Capilla, La madre María Teresa de las Heras, perteneciente a la congregación de la Sagrada familia.”, un aplauso interminable resonó en el patio de la escuela.

Seguidamente tomo la palabra la presidenta de la unión de padres, quién expresó: “a cincuenta y seis años (56) del inicio de su creación, quienes pertenecen a esta querida escuela, nunca dejarán de agradecer a quienes creyeron en la evangelización y en la educación como herramientas fundamentales para mejorar la vida de las personas, meta seguida firmemente por la Madre María Teresa, quien nos elevó en un sueño hecho realidad.  Hoy los invito a disfrutar de este momento.

Niños y grandes disfrutaban del encuentro; en el escenario, ubicado al frente había números artísticos con cantos y baile, a un costado funcionaban los puestos del kermes y al otro, los kioscos que vendían golosinas.

En uno de los puestos de la kermes, el premio era una postal del puente carretero que al dorso  tenía una breve reseña que decía “En 1903 el Intendente Alfredo Boasi se dirigió al ministerio de obras públicas de la nación, expresando vivamente la necesidad indispensable de la construcción de un puente sobre el Río Cuarto que divide la parte urbana de la ciudad, de la parte norte de la misma quedando un núcleo importante de población que a diario deben llegar a la ciudad con su producción agrícola y que muchas veces se lo impedían las crecientes. Expresaba también el vuelo que había adquirido la otrora Villa de la Concepción.

Fue en 1911 cuando se constituyó en la ciudad una comisión especial del puente, y en el mismo año se iniciaron las tareas bajo la responsabilidad de una empresa alemana. No se encuentran registro de la inauguración oficial del mismo, pero sí documentación donde se reclaman los accesos al puente en 1913, dejando claro que para entonces el puente ya prestaba un servicio inestimable.”

La fiesta se desarrollaba con gran algarabía, y  en medio de ella, cuando un grupo de alumnos bailaban una danza española luciendo un hermoso vestuario, el sonar de las castañuelas pareció detenerse interrumpido por una música angelical jamás antes oída por ninguno de los presentes, quienes boquiabiertos, perplejos, con la mirada extasiada, escuchaban en silencio; la música pareció salir del salón en busca de la calle y tras ella, fueron todos, caminaron siguiendo la dulce melodía, y un fuerte aroma a rosas, estaban anonadados, casi corriendo llegaron al puente carretero, fue allí cuando la melodía dejó de escucharse, uno de los presentes rompió el silencio con un grito, ¡El Canasto! ¡El Canasto! , todos se amontonaron alrededor, lo que veían era de no creer, la música los llevó al lugar exacto donde alguien había abandonado a dos niños recién nacidos, mellizos o gemelos tal vez, eran iguales, sus rostros aún lucían rosados, sus manitas tiernas parecían pedir ayuda, los cobijaba una manta celeste, una mujer se inclinó y recogió uno envolviéndolo contra su pecho, al momento otra tomo el otro niño entre sus brazos, el hombre que descubriera el canasto lo levanto y sacando la manta del piso del mismo, tapo al otro pequeño. El asombro no tenía dimensión. Una de las religiosas llegada al lugar dijo “le daremos agua de socorro”, y entre todos eligieron los nombres que le darían, uno se llamó Gabriel y el otro Miguel.

La emoción desbordó a grandes y chicos, con los rostros bañados por las lágrimas, miraron al cielo, en un gesto de agradecimiento; ese misterio divino, sembró alegría, bañó de amor a los niños, y acarició el alma de todos.

Gabriel y Miguel tocados por la varita mágica del amor han crecido felices.  

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