Agua vieja
luciabacci
Mi mente no es tormenta,
sino agua vieja:
un océano conectado a ríos de llanto
y lagunas mentales.
Pintaré sobre mi piel superficial,
cada gota dice las palabras
que no pueden escapar de mi boca.
El dolor anestesia mientras la cicatriz acompaña.
Mis pupilas se dilatan
hasta dejar mis ojos marrones completamente negros.
Dosis altas para desaparecer por momentos.
No hay temor a las consecuencias,
sino a despertar.
El corazón comienza a sufrir
cuando el alma se ha rendido.
Padre, hijo y espíritu santo,
¿por qué siempre estoy en deuda contigo?
La muerte grita,
la esperanza susurra.
Marco los senderos en mi brazo con tu desprecio.
Mi piel recuerda lo que vos negás,
pero cuanto más insisto en sentir,
más me alejo de lo humano.
Leer tu mente es un castigo,
crece tu sombra en mis gestos.
¿En qué me he convertido?
¿Soy tu reflejo?
Vivo como puedo,
pero parezco estar condicionada a morir.
No hay redención:
mis fallas son lo único honesto.
Gustosamente compartimos el sufrimiento por siempre.
Enséñame entonces:
¿cómo te camuflás en una farsa?
Entiérrate por encima de toda tu culpa.
Así miraré tu lápida
y quizás encuentre paz.
Viendo mi apellido grabado allí,
quizás yo también
ya haya muerto.
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